
Igual que ocurre con las hojas de los árboles en otoño, uno imagina que las planas de papel de los calendarios caen al vacío, reverdecen en un sitio ignoto donde el pasado se manifiesta… y la memoria recobra su identidad. Así interpreto la conversación que experimenté una noche de estas, en duermevela, con el ángel del teclado de quien reseñé jornadas épicas y pasajes de soledad en distintas entrevistas, semblanzas y reportajes de La Nación.
Por más de cuatro décadas desde 1962, hasta su fallecimiento, el 25 de julio del 2006, hace veinte años, Francisco Navarrete Ortiz ejerció un liderazgo indiscutible en la música popular. Fue el artista que marcó la transición de las orquestas a los grupos juveniles, luego de que los muchachos que amenizaban las tardes sabatinas del Costa Rica Tennis Club escalaron al estatus profesional de Paco Navarrete y su Conjunto Show.
Este es el guion onírico de un reencuentro con el músico costarricense que dignificó a los de su estirpe, pues exigía buen trato y respeto para sus compañeros, en la época en que a los músicos se les consideraba trabajadores de menor rango. He aquí un extracto de la vigilia entre el divo y este escribidor:
–¿Te gusta este título, El eterno sonido de Navarrete?
–Sí, es ingenioso, una variación de El nuevo sonido de Navarrete.
–Así es. La producción de ese elepé (El nuevo sonido de Navarrete) marcó una reinvención en tu carrera musical.
–Veo que me conociste bastante, Roberto.
–¡Claro que sí, maestro! Habíamos planeado escribir tu biografía a finales del 2005 e inicios del 2006. Queríamos que la obra literaria se ofreciera en las librerías, simultáneamente con el relanzamiento de tu carrera, como habíamos previsto, hasta que…
–Hasta que mis dolencias se complicaron y comenzaron mis idas y venidas al hospital.
–Unas dos semanas antes de tu agonía, volvimos a hablar del proyecto en tu casa, en Moravia, ¿te acordás?
–Cierto. Llegaste con Marianella, mi sobrina.
–Marianella consultó con tu señora si podíamos ir a verte y, por supuesto, María Teresa nos recibió con calidez. Entré en tu habitación y me conmovió el esfuerzo que hiciste para incorporarte. Mas tu abrazo y tu sonrisa no se hicieron esperar.
–Esa tarde comenté con vos, Roberto, la sensación de soledad que me invadía después de cada exitosa presentación del grupo. El mismo recinto de festejo y luminosidad derivaba gradualmente en un reducto gris y semivacío, mientras los empleados terminaban de barrer y subían las sillas sobre las mesas.
–En 1977, Paco, previo a un viaje que te disponías a emprender en pos de nuevos horizontes, ustedes se presentaron en el Hotel Costa Rica. El último tema de la noche fue tu versión instrumental de My Way, legendaria composición de recuento y destino. Tu interpretación en el teclado fue tan sentida y magistral que, enloquecida, la concurrencia aplaudía y lloraba a la vez.
”Pero no nos pongamos tristes, Paquito. La senda musical de tu familia sigue pujante y fecunda. El sábado 25 de abril, en la fiesta de cumpleaños de tu hermana Flory, tus hijas, Laura y Rita María, cantaron Vivamos hoy, una de tus más bellas creaciones, letra de doña Flory y música de tu autoría”.
–Claro, desde mi reducto de eternidad, disfruté con la presentación de mi nieto Daniel Francisco en el teclado y ni qué decir de mis adorables sobrinos del Clan de Mamá con Flory, mi hermana del alma.
–Como te digo, Paco, “el eterno sonido de Navarrete” sigue vigente.
–Gracias, Roberto, por compartir esta evocación sempiterna.
–Gracias a vos, añorado maestro…
Igual que ocurre con las hojas de los árboles en otoño, uno imagina que las planas de papel de los calendarios caen al vacío, reverdecen en un sitio ignoto donde el pasado se manifiesta… y la memoria recobra su identidad.
roberto.comunic@gmail.com
Roberto García H. es periodista y comunicador.
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