
Pareciera que los parques se pusieron de moda. Alcaldes y municipalidades anuncian nuevas plazas, parques y bulevares. En principio, deberíamos celebrarlo: necesitamos recuperar lo público. Mas, debemos preguntarnos: ¿estamos haciendo espacios públicos o simplemente estamos haciendo obra?
Un parque no es una colección de bancas, adoquines y árboles, ni una geometría atractiva vista desde arriba. Es uno de los pocos lugares de la ciudad donde podemos encontrarnos sin tener que pagar por estar ahí. Es escenario de convivencia, juego y reconocimiento entre personas diferentes. Es infraestructura para la democracia.
Por eso, preocupa recibir más de lo mismo: exceso de pavimento, poca sombra y geometrías antojadizas que se ven bien en una imagen, pero responden poco a cómo habitamos. En el trópico, una plaza dura y expuesta al sol no es solo una decisión estética: es una contradicción elemental.
La discusión comienza antes de diseñar. ¿Cómo seleccionamos a quienes proyectan nuestros espacios públicos? ¿Estamos adjudicando esta responsabilidad a quien cobra menos? Cuidar los recursos es indispensable, pero lo barato no puede ser sinónimo de lo conveniente. Deberíamos valorar trayectoria, portafolio, sensibilidad ambiental, capacidad interdisciplinaria y trabajo con comunidades. La calidad debe ser un criterio de contratación pública. Lo mejor debería estar donde más se necesita.
Diseñar no puede reducirse a imponer círculos, diagonales y patrones de pavimento porque “se ven bien”. ¿Dónde están la gente, la sombra, el agua y la biodiversidad? ¿Dónde están el niño, la persona mayor o quien utiliza silla de ruedas? Jan Gehl ha estudiado cómo habitamos las ciudades. Jane Jacobs nos recordó los “ojos en la calle”: la seguridad también se construye con actividad, diversidad y apropiación, no cerrando y privatizando.
La naturaleza tampoco es decoración. Un árbol es infraestructura: da sombra, reduce temperatura, infiltra agua y construye paisaje. En nuestros climas, el agua puede ser parte del diseño en vez de un problema que escondemos. Debemos pensar el espacio público como sistemas interdependientes: naturaleza, agua, movilidad, accesibilidad, confort y apropiación social.
La participación merece la misma revisión. Participar no significa convocar a mucha gente, llenar una sala, tomar una fotografía y cumplir un requisito. Convocar sin claridad sobre para qué, cuánto podrán incidir las personas o qué sucederá después genera desgaste y pérdida de confianza.
Por eso, es fundamental conformar equipos núcleo desde el inicio: gobiernos locales, facilitadores técnicos y, sobre todo, actores de la comunidad capaces de llevarle el pulso al proyecto. No sustituyen la participación amplia: la articulan, dan seguimiento a acuerdos y mantienen continuidad. No se trata de convocar a todos todo el tiempo, sino de saber a quién convocar, cuándo, para qué y con qué capacidad real de incidencia.
Jorge Mario Jáuregui, desde Favela-Bairro, mostró la necesidad de comprender integralmente territorios complejos. Paulo Freire nos enseñó el valor del diálogo: el profesional aporta conocimiento técnico, pero la comunidad posee otro igualmente indispensable. La gente sabe dónde se inunda, dónde da miedo caminar, dónde juegan los niños y qué redes mantienen unido su territorio. Escuchar a la comunidad no significa renunciar a diseñar; significa diseñar mejor.
Zaida Muxí nos invita a pensar la ciudad desde los cuidados. Anna Heringer lo sintetiza: “Form follows love”. Diseñar también es cuidar.
El proceso importa, pero el resultado también. Cuando, después de meses de participación, una comunidad recibe un espacio incómodo, árido, mal construido o distante de aquello que ayudó a imaginar, no solamente fracasa una obra: se rompe la confianza.
Debido a ello, no podemos inaugurar y desaparecer. Debemos volver, observar, evaluar y preguntar qué funcionó y qué necesita cambiar. Los buenos espacios públicos deben poder transformarse con el tiempo.
Un parque no puede ser un instrumento electoral, una oportunidad de negocio o un monumento personal. Es símbolo y proceso: antes, durante y después. Cuando construimos espacio público, estamos diciendo quién merece calidad, quién puede participar, cómo queremos convivir y qué relación queremos tener con la naturaleza. Estamos construyendo –o destruyendo– confianza.
Lo público merece nuestro mejor diseño porque nos pertenece a todos.
arq.m.smith@gmail.com
Michael Smith Masís es arquitecto, Loeb Fellow de Harvard, director de Entre Nos Atelier Central y Justicia Espacial, profesor de la UCR y consultor en urbanismo social.