
Hay editoriales que informan. Y hay otros que absuelven sin decirlo, como esos jueces de pueblo que ya han decidido el veredicto antes de escuchar a los testigos. El texto reciente de La Nación sobre Líbano (17/03/2026) pertenece a estos últimos. Porque aquí no se narra un conflicto: se fabrica un culpable.
Israel no aparece como un actor que responde a hechos, sino como una figura condenada de antemano, marcada con palabras que se le pegan a la piel como amebas en busca de sangre fresca. No actúa, encarna “la incesante agresividad de Israel”. No ejecuta operaciones, se desplaza “sin objetivos claros ni planes de salida”. No enfrenta a un enemigo armado, sino que repite, como un eco condenado, una fuerza “similar a la aplicada contra la Franja de Gaza”, como si la historia fuera un círculo cerrado donde siempre se llega al mismo juicio.
No es análisis. Es un ritual. Un ritual que alcanza su clímax cuando el editorial dicta sentencia sin temblor: “las tácticas… han sido totalmente desproporcionadas”. Y, como si temiera que la condena no fuera suficiente, la recubre con un manto moral totalizante: “un enorme desdén por los civiles inocentes… la destrucción física… incluso la integridad del personal humanitario”.
El lenguaje aquí no describe los hechos. Los reemplaza. Y mientras reemplaza, borra. Porque antes de la respuesta hubo una causa. Y no fue un susurro ni un accidente. Desde el sur del Líbano, han salido cientos de cohetes y drones dirigidos contra Israel. Cientos. No como metáfora, sino como objetos de metal y fuego que buscan cuerpos concretos. Ese hecho, que debería ser el punto de partida, aparece reducido a una sombra que el texto cruza con prisa, como quien evita mirar un cadáver en la carretera.
Y entonces, con una ligereza que desconcierta, aparece la frase que desnuda todo el mecanismo: esos ataques habrían dado a Israel “la excusa perfecta para una campaña absolutamente injustificada en su extrema brutalidad”.
¿Excusa?
La palabra cae como una hoja seca sobre un incendio. Como si lo anterior no ardiera. Como si los cohetes fueran apenas una molestia. Como si la causa pudiera archivarse y la consecuencia, juzgarse en aislamiento.
Ahí el editorial deja de insinuar. Ahí confiesa. Porque mientras Israel carga con cada adjetivo, como un condenado que arrastra sus cadenas en plaza pública, el verdadero arquitecto del desastre se mueve en la penumbra del texto, casi intacto. Hezbolá no es “agresivo”. No es “desproporcionado”. No es “brutal”. Es una presencia difusa, como la humedad en las paredes viejas: todos saben que está ahí, pero nadie se detiene a nombrarla.
Pero Hezbolá no es humedad. Es cimiento torcido. Es quien decide cuándo se dispara y cuándo se escala. Es quien convirtió al Líbano en una casa ocupada, donde las puertas ya no responden a sus dueños. Es quien subordinó la voluntad de un país a una estrategia que no se decide en Beirut, sino en Teherán.
Y un país que no decide sus guerras ha empezado a perder, en silencio, el derecho a decidir su destino.
Por eso, resulta cómodo hablar de fuego cruzado. Pero es una comodidad peligrosa. El fuego cruzado sugiere dos fuerzas que se enfrentan. Aquí hay algo distinto: una captura lenta, como esas raíces invisibles que terminan por quebrar una casa desde abajo.
Esa es la tragedia del Líbano. No la que se escribe, sino la que se evita escribir.
Y, sin embargo, hay algo que el editorial no alcanza a contener: la realidad, esa vieja terquedad que sobrevive incluso a los adjetivos.
Porque hay una posibilidad que incomoda, una que el texto rodea sin atreverse a nombrar: que esta crisis no sea solo destrucción, sino revelación. Que el humo no solo oculte, sino que también deje ver. Que lo que hoy arde esté, en realidad, dejando al descubierto lo que durante años se quiso normalizar.
Y entonces aparece la imagen que el editorial no puede controlar. Líbano, aquel recuerdo gastado de la Riviera del Medio Oriente, ese lugar donde el mar alguna vez fue más noticia que la guerra, no ha estado nunca tan cerca de recuperar su libertad, su soberanía y la posibilidad de reconstruirse.
Por más que el texto insista en vestir la realidad con adjetivos, hay hechos que no se dejan domesticar. Y el hecho incómodo es este: Líbano, ese recuerdo marchito de la joya del Medio Oriente, no ha estado nunca tan cerca de sacudirse a quienes lo convirtieron en trinchera, no por lo que se escribe sobre Israel, sino por lo que finalmente empieza a quedar expuesto. Porque la verdadera ocupación no llegó en aviones, echó raíces, se llamó Irán, se organizó como Hezbolá y convirtió a un país entero en rehén de una guerra que no le pertenece.
Al final, no serán los adjetivos los que definan esta historia, sino los hechos, y los hechos, a diferencia de los editoriales, no necesitan adjetivos para señalar responsabilidades.
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Abraham Stern F. es ciudadano costarricense, judío y humanista.