
Hay dos Costa Ricas económicas. Una crece a tasas que generan titulares, impulsada por las exportaciones de dispositivos médicos, software y servicios de alto valor desde las zonas francas. La otra crece apenas... cuando crece. Es la Costa Rica del café, del banano, de la agroindustria, de la manufactura local y del turismo fuera de los principales polos. Es la del régimen definitivo. Y en los últimos años, esa segunda Costa Rica ha enfrentado los efectos de una apreciación cambiaria significativa que ha alterado sus condiciones de competitividad.
Desde mediados de 2022, el colón se fortaleció aproximadamente un 25% frente al dólar, pasando de niveles cercanos a ¢690 a valores alrededor de ¢500, según datos del Banco Central de Costa Rica.
Para el importador, esto reduce costos. Para el consumidor urbano, contribuye a contener la inflación. Para el fisco, reduce el costo en colones del servicio de la deuda externa. Pero para quienes producen localmente y venden en mercados vinculados al dólar, este cambio altera de forma significativa su estructura de costos relativos.
El mecanismo es directo. Una empresa que paga su planilla en colones pero compite en mercados internacionales ve cómo sus costos medidos en dólares aumentan automáticamente cuando el colón se aprecia. Una planilla mensual de ¢500 millones equivalía a aproximadamente $722.000 en julio de 2022. Con un tipo de cambio cercano a ¢500, ese mismo gasto equivale a cerca de $1 millón. No hubo aumentos salariales. No hubo expansión de operaciones. Lo único que cambió fue el valor relativo de la moneda. Y como estas empresas son tomadoras de precios en los mercados internacionales –no pueden trasladar ese mayor costo al comprador externo–, la apreciación opera sobre sus márgenes sin posibilidad de compensación.
Las encuestas empresariales reflejan esta realidad. La Encuesta de Perspectivas Empresariales de la Cámara de Industrias señaló el tipo de cambio como uno de los principales factores que afectan negativamente la competitividad del sector manufacturero local (un factor que, antes de 2022, no figuraba entre las preocupaciones centrales del sector).
Paralelamente, el Índice de Tipo de Cambio Efectivo Real (Itcer), publicado por el propio Banco Central, muestra una apreciación real sostenida desde ese año, lo que implica un encarecimiento relativo de los bienes producidos en Costa Rica frente a sus competidores internacionales: Colombia, México, Chile y República Dominicana, entre otros.
El impacto no ha sido uniforme. Mientras las exportaciones del régimen especial han mantenido tasas de crecimiento elevadas, las del régimen definitivo han crecido a un ritmo considerablemente menor. Esta divergencia refleja diferencias estructurales en productividad, integración internacional y, de manera relevante, en el grado de exposición al tipo de cambio real. Los sectores que producen con mayor arraigo territorial –los que generan empleo en más regiones del país– son precisamente los que mayor exposición tienen.
El efecto sobre el empleo es más difícil de observar directamente porque no se manifiesta como despidos visibles, sino como menor creación de nuevos empleos, menor expansión productiva y decisiones de inversión postergadas. Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos, el periodo posterior a la apreciación cambiaria coincidió con una reducción significativa en la participación laboral, particularmente en sectores intensivos en producción local. Son empleos que no se crearon, no empleos que se perdieron: una distinción que las estadísticas agregadas no siempre capturan con claridad.
Es importante señalar que este resultado no responde únicamente a decisiones de política monetaria. También refleja la interacción de múltiples factores: flujos de capital, financiamiento externo del sector público, el dinamismo de sectores exportadores específicos y la propia dinámica del mercado cambiario global. El Banco Central, conforme a su mandato, ha intervenido en el mercado con el objetivo de preservar la estabilidad macroeconómica y evitar fluctuaciones abruptas, un objetivo legítimo y necesario.
Sin embargo, reconocer la legitimidad de ese objetivo no implica ignorar que los movimientos del tipo de cambio tienen efectos reales y diferenciados sobre la estructura productiva del país. Una apreciación prolongada puede beneficiar a algunos sectores y afectar a otros. Esa es una realidad inherente a economías abiertas, y no implica por sí misma un error de política. Pero sí subraya la importancia de un debate informado sobre sus implicaciones: sobre qué sectores absorben el costo, sobre qué regiones quedan rezagadas y sobre qué instrumentos (como un mercado de cobertura cambiaria más desarrollado o criterios más transparentes de intervención) podrían distribuir mejor ese costo entre quienes tienen capacidad de gestionarlo.
El tipo de cambio no es solo un precio financiero. Es también un precio que influye directamente sobre la estructura productiva, el empleo y la competitividad del país. Costa Rica ha construido, durante décadas, instituciones macroeconómicas sólidas. El reto hacia adelante consiste en asegurar que la estabilidad macroeconómica sea compatible con un crecimiento productivo amplio e inclusivo, uno que alcance también a la segunda Costa Rica, la que no aparece en los titulares, pero que sostiene el tejido productivo de las regiones.■
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Oswald Céspedes Torres es economista.