
Estimado lector, ¿se ha preguntado cuánto realmente nos cuesta una carretera, un puente, una planta de tratamiento o un tanque de almacenamiento? ¿Por qué tantas obras no avanzan, pero nadie parece saber la verdadera razón?
Hoy le hablo del costo invisible: los retrasos, la burocracia, la falta de planificación estratégica y, sobre todo, la desconexión entre lo técnico y lo social. Este es un problema estructural del que poco se habla, pero que nos afecta directamente.
En Costa Rica, como en muchos países, los proyectos de infraestructura pública siguen viéndose como asuntos meramente técnicos: planos, materiales, presupuestos, cronogramas. Pero esta visión reducida es parte del problema. Cuando se ignora la participación ciudadana, la sostenibilidad ambiental o el mantenimiento a largo plazo, los proyectos se transforman en símbolos de ineficiencia y frustración.
Este artículo no busca desmerecer la ingeniería ni los contratos, sino señalar una realidad incómoda: las obras públicas no fracasan por falta de cálculos, sino por falta de visión. Desde mi experiencia profesional en gestión de proyectos, he observado una preocupante indiferencia por parte de muchos actores: profesionales sin compromiso ético ni sensibilidad hacia las personas que terminan pagando los costos sociales de decisiones tomadas entre escritorios.
A continuación, resumo las causas más frecuentes de este problema:
El mito del plano perfecto
En papel, todo parece funcionar. Pero cuando los planos no son verificados adecuadamente y se omiten estudios esenciales (como geotecnia, hidráulica, tránsito o hidrología), los proyectos nacen mal planteados. La presión política suele llevar a iniciar obras con errores evidentes. ¿Qué pasa cuando se construye primero y se piensa después? El costo final para los ciudadanos se multiplica.
Contrataciones que repiten errores
Es común ver empresas que fallan y luego son recontratadas, ya sea en diseño o construcción. Las supervisiones muchas veces no tienen herramientas legales suficientes para defender el interés público. ¿Por qué aceptamos esta cadena de errores como si fuera inevitable?
Falta de personal idóneo
Contamos con profesionales con títulos avanzados que, sin embargo, no poseen la capacidad para liderar proyectos complejos. No existen evaluaciones de idoneidad que garanticen su competencia. Además, muchos carecen de habilidades blandas fundamentales: comunicación, empatía y manejo de conflictos. Un ingeniero puede diseñar una carretera, pero si no sabe dialogar con la comunidad afectada, el impacto será negativo, aunque el diseño sea impecable.
Mala gestión de los involucrados
Uno de los errores más costosos es la poca o nula gestión de los actores implicados. Comercios, transportistas y comunidades son informados tarde o nunca. Esto genera pérdidas económicas, molestias y daños que nadie quiere asumir: accesos bloqueados, inundaciones inesperadas, ruido y polvo que afecta la producción y la salud. En lugar de integrar a la ciudadanía desde la planificación, se le trata como un obstáculo. El resultado: protestas, desinformación y obras impuestas que generan más problemas de los que resuelven.
Burocracia: un mal necesario
Cada cambio en un proyecto requiere trámites formales, y la burocracia, aunque necesaria para asegurar controles, muchas veces entorpece más de lo que protege. Existen procesos absurdos, con criterios contradictorios entre instituciones. Un trámite mal gestionado puede detener un proyecto por meses y convertirse en objeto de investigaciones. Este laberinto no se explica a la ciudadanía, que solo percibe la parálisis.
En conclusión
La infraestructura pública debe planificarse con visión estratégica, no solo técnica. Es hora de abandonar la lógica del parche, de la mediocridad, y pensar en un país capaz de ejecutar proyectos adecuadamente, con responsabilidad y propósito. La mayoría de los ciudadanos desea que las obras se hagan con calidad, dentro del plazo y presupuesto previstos. Sin embargo, no entiende por qué, pese a contar con leyes, profesionales e instituciones, tantas obras no llegan a buen término. Eso no se explica, no se publica, y por eso sigue ocurriendo.
Es momento de romper el silencio. De exigir transparencia, planificación real, participación ciudadana y decisiones informadas. Porque la infraestructura es más que obra civil: es calidad de vida, es desarrollo y es justicia social.
lucresantana@gmail.com
Cinthia Lucrecia Santana Sánchez es ingeniera en construcción y gestora de proyectos de infraestructura.