Pienso en las mujeres que admiro. Pienso en mi madre, en mi pareja, en mis hermanas y en mis sobrinas. Pienso en todas las mujeres que luchan por un espacio en una sociedad machista, que trabajan el triple para lograr lo mismo, que sueñan con ganarse la vida con dignidad, con alcanzar el mismo éxito al que todos apuntamos, sin tener que temer los abusos de los hombres con poder.
Pienso también en nosotros, los hombres buenos, o al menos en los que nos creemos así, que callamos cuando vemos los horrores que otros cometen. Que bajamos la mirada. Que justificamos con frases suaves lo que sabemos que está mal y que forzamos risas a burlas que cargan el sufrimiento ajeno.
Hay algo profundamente roto en la forma en que el poder se ha confundido con el derecho, y hay una vasta diferencia entre un líder y un pachuco con poder. Un líder es un maestro. No necesita imponer miedo para ser respetado, ni alzar su voz para ser escuchado. Un líder no exige: inspira. Un líder levanta, acompaña y deja espacio para que otros brillen. Un abusador, en cambio, hunde, anula y humilla.
Hay hombres que, cuando llegan a la cima, creen que su autoridad les da permiso para invadir espacios, para probar límites y para doblar voluntades. Se creen por encima de las leyes; invencibles, incuestionables. Lo hacen con sutileza, con cálculo, “en el vacilón” y, en su juego, esperan que las mujeres, esas mismas que en un principio apostaron por su “liderazgo”, acepten, callen y se culpen a sí mismas por sus pervertidos caprichos machistas.
Detrás de cada historia de acoso hay una mujer que carga con un peso injusto: la culpa de no haber reaccionado distinto, el miedo a perder el soporte de sus hijos, la vergüenza de que se dude de su palabra y la angustia de saber que su silencio protege al acosador, no a ella, haciéndola doblemente víctima y cómplice contra sí misma.
Cuando una mujer ha construido con amor un hogar, el golpe es aún más duro y la herida más profunda. Qué injusto que todo lo que una mujer y su familia han levantado con sacrificio, pueda tambalearse por el antojo de un hombre reprimido que confunde poder con deseo y autoridad con propiedad.
El abuso es doblemente perverso porque además de cruzar una línea profesional, atraviesa los valores básicos de humanidad. Cuando se toca a la familia y se amenaza la paz de un hogar, no hay perdón que valga. El daño es permanente. Lo más irónico y triste es que muchas veces ese hombre también tiene un hogar, una esposa y unos hijos que no imaginan el daño que su doble vida provoca. Su flaqueza destruye a la víctima y también a su familia, que, sin merecerlo, cargará también con su vergüenza. Solo alguien enfermo de ego, y vacío de conciencia, puede jugar con eso. Solo alguien carente de integridad puede mirar a otra persona a los ojos y seguir adelante como si nada. Y lo más sucio es que sabe perfectamente el daño que causa, por eso lo hace en silencio, con mensajes ambiguos, en supuestas “confianzas”, oculto en un elevador. Él sabe que el mundo siempre la juzgará a ella primero.
Silencio cómplice
Y, mientras tanto, nosotros observamos y callamos. Si existen palabras más fuertes que cobardía y vergüenza, esas son las que caben aquí. Callamos por cobardía. Callamos creyendo que el silencio nos hace diferentes, cuando en realidad solo nos hace viles cómplices. Porque cada vez que un hombre con autoridad usa su cargo para insinuar, coquetear o acosar, y nosotros lo dejamos pasar, les estamos diciendo a nuestras compañeras: siguen luchando solas. No es justo. No más.
Aprendamos, de una vez por todas, a romper ese vergonzoso pacto invisible entre hombres que callan. Entendamos que proteger a quien comete abusos no es lealtad: es traición. Que una organización sin ética es un cáncer para una sociedad muy maltratada. Que el respeto no se mide por quien paga la cuenta, ni por la sonrisa pública, ni por los discursos bien armados, sino por lo que hacemos cuando nadie nos ve. Los verdaderos hombres transforman con el poder, no dividen. Los verdaderos silencios, los únicos que merecen honra, son los que guardan amor, no los que encubren abusos.
A las mujeres, a todas: PERDÓN.
Por no tener el valor para acompañarlas en esta lucha desde su trinchera, porque “acompañarlas” desde el ego machista no nos acerca, todo lo contrario.
Por haber sembrado miedo. Por haber permitido la humillación de un papá, de un esposo, de un jefe, de un presidente.
Por perpetuar sistemas y silencios que las siguen lastimando.
Ojalá seamos capaces de escucharlas sin sentirnos atacados, porque esto nada tiene que ver con nuestro cochino ego. Ojalá podamos actuar para que el miedo y las consecuencias cambien de lado y para que finalmente la justicia divina y social pese donde tiene que pesar. Y que cuando nuestros hijos crezcan, sepan que la hombría no se mide en fuerza, ni en conquistas, sino con el coraje de mirar de frente la vergüenza de lo que hemos permitido y tener la sabiduría para hacer algo distinto.
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Carlos A. Valverde Brealey es máster en Inteligencia Emocional.