
Durante un viaje reciente en el que tuve que transitar por varios aeropuertos, me llamó la atención la cantidad de viajeros con perros. En dos aeropuertos estuve curioseando en tiendas de ropa exclusivas para mascotas, y en uno de los vuelos un perrito viajaba en el regazo de sus amos.
En Buenos Aires, en aceras y parques, el mismo fenómeno: perros llevados con correas, en brazos o coches, con indumentarias adaptadas a ellos. Recorriendo la ciudad observé a los paseadores de canes; su trabajo es recoger cuatro, cinco o más perros, de diferentes edificios, y llevarlos a caminar. Según indagué, algunos los pasean varias cuadras y luego los regresan a cada casa. Al ser tantos perros, y todos ajenos, en ningún momento los liberan de la correa. Pensé en los míos, que viven sin collar ni cadena y que –dichosos– diariamente persiguen, escarban, descubren y juegan sobre terreno natural.
Percibí tristeza y tensión en aquellos perros de ciudad, pues la mayoría de los cuidadores caminan apuradamente. Cuando alguno quería detenerse para husmear al pie de un árbol en la acera, o para hacer sus necesidades fisiológicas, el celador tiraba pronto de él, haciéndolo seguir la marcha forzada del grupo.
En las grandes ciudades, las personas generalmente moran en viviendas de reducidas áreas, sin patio. Las mascotas tienen mínimas oportunidades de ejercitarse, como su naturaleza demanda, de manera que cuando sus amos o cuidadores los llevan por la ciudad, es su momento para hacer ejercicio, aunque presumo que el paseo suele ser insuficiente y mayormente sobre concreto.
Realicé otra observación; enumeré, empíricamente, cuántas parejas jóvenes paseaban con sus perros el fin de semana, en comparación con las parejas jóvenes con niños pequeños. No consideré personas de tercera edad con mascotas, cifra que tampoco era despreciable. Solo jóvenes. Me sorprendió calcular más perros que niños.
El problema de las pensiones
Constaté lo que los científicos sociales señalan para una amplia cantidad de países, Costa Rica incluida: la pirámide poblacional se está dando vuelta vertiginosamente. Para muestra, un botón: la familia de mi padre constaba de 12 hermanos. Yo, en cambio, dos hijos y cuatro perros. Si a ello agregamos la multiplicación del trabajo informal, sin garantías ni aporte a la seguridad social, se atiza el problema del déficit de cotizantes.
En 1970, en el país contabilizábamos 32 trabajadores activos por cada pensionado; actualmente, la cifra cayó a cinco trabajadores por pensionado, y para el 2050 se estima que serán 2,4 por jubilado. En Argentina, el índice ya se encuentra en 2. Una carga insostenible para tan pocas espaldas.
Nuestros sistemas de pensiones están en crisis y su ajuste será doloroso: una mezcla de ampliación de la edad de retiro y menores montos, dada la insuficiencia de trabajadores para pagar incluso las raídas pensiones. El problema es multifactorial; su solución no pasa por la demagogia político-electoral. No se acaba eliminando las pensiones de lujo, que, aunque implican una asimetría entre trabajadores, el total de ellas no mueve la aguja ni medio milímetro, pues pesan prácticamente nada en términos del PIB. Urge integrar un grupo de notables con los mejores científicos sociales y actuarios, y que propongan acciones, con el compromiso de la clase política, ahí sí, de seguirlas stricto sensu.
Ver tantas mascotas me hizo sentir nostalgia por las mías, pero ver parejas jóvenes con bebés me reprodujo los más cálidos recuerdos de mis hijos, desde el indescriptible momento de su nacimiento; luego, la fiesta con cada nuevo descubrimiento en su desarrollo: la primera sonrisa, el primer diente, la primera palabra. A pesar de cuánto acompañan y alegran las mascotas, la felicidad por nuestros retoños representa una dimensión mucho mayor, que compensa todo esfuerzo y responsabilidad. Y aquí el mensaje que los jóvenes deben tomarse muy en serio: bienvenidas las mascotas, pero aún más los niños.
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Víctor Chacón Rodríguez es director del Instituto de Gobierno Corporativo.