Julio Berdegué y Pablo Aguirre. 4 febrero, 2018

No pasa un día sin que los medios de comunicación denuncien en sus titulares las condiciones de inseguridad prevalecientes en muchas comunidades de América Latina y el Caribe. Pero hay un asesino mayor, que hasta ahora ha permanecido casi invisible: nuestro sistema alimentario.

Un análisis en veintisiete países de la región, hecho por la Oficina Regional de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) muestra que el sobrepeso y la obesidad son responsables de 300.000 muertes cada año en estos países, comparado con 166.000 personas muertas por asesinatos. ¡Casi el doble!

El único país de los veintisiete analizados donde hay más muertes por homicidios que por obesidad es Honduras.

En Guatemala, El Salvador, Venezuela, Colombia, Belice y Brasil, las muertes por obesidad superan entre un 4 % y un 86 % las muertes por causa de homicidios, y en Barbados, Uruguay, Chile, Cuba y Argentina las muertes por obesidad superan entre 10 y 19 veces las de la violencia criminal.

Epidemia regional. La obesidad es una epidemia regional. En el 2014, había 96 millones de personas en esta condición en América Latina y el Caribe. Una cifra aterradora. Lo más grave es que la obesidad crece aceleradamente en todos los países de la región y en todos los grupos sociales. Si se mantiene la tasa anual de aumento en estos 27 países, cada año se sumarían 7.000 personas más a las defunciones que ya causa la obesidad.

El costo económico de esta epidemia es igualmente desolador. Según un reciente estudio de la Cepal y el PMA, los costos asociados al sobrepeso y la obesidad para los sistemas de salud en el 2014 alcanzaron $6.000 millones en México; $1.500 millones en Ecuador y $330 millones en Chile.

¿Qué podemos hacer para detener esta epidemia? Lo primero es desterrar la idea de que se trata de un problema exclusivamente de responsabilidad personal. Tanto sus causas como sus consecuencias superan cualquier decisión individual. Se trata, sin duda alguna, de un problema de interés público de la mayor importancia.

Lo segundo es olvidar la noción anticuada de que la obesidad es un problema de países ricos y sectores de mayores ingresos. El país que tuvo el mayor incremento en su tasa de obesidad entre el 2005 y el 2014 fue Haití, que no solo es el más pobre del hemisferio occidental, sino que tiene la mayor tasa de subalimentación.

Lo tercero es apuntar a la causa principal del problema: las profundas transformaciones que han vivido nuestros sistemas alimentarios, especialmente a partir de la década de 1980.

Esta transformación facilitó una mayor disponibilidad de alimentos, y una oferta más diversa, a precios más bajos, pero sus beneficios han sido empañados por niveles cada vez mayores de obesidad, pues un porcentaje importante de los alimentos que están disponibles en nuestra región no son sanos.

Descuido público. Un factor esencial para entender el panorama actual es que los cambios que afectaron a los sistemas alimentarios en los últimos cuarenta años se dieron en la ausencia casi total de políticas públicas orientadas a asegurar que lo que comemos nos alimente sanamente y no nos cause daño. Esto no puede seguir igual.

La industria alimentaria ha declarado reiteradamente que quiere ser parte de la solución a esta epidemia, y tiene la oportunidad de demostrar su compromiso con la salud de la población venciendo resistencias internas a proponer y apoyar políticas públicas que son necesarias incluso para que el desarrollo a mediano y largo plazo de las empresas sea sustentable.

Esta epidemia sí tiene solución. Hay opciones de políticas públicas y de estrategias empresariales al alcance de la mano de quienes quieran revertir el crecimiento explosivo de la obesidad. Estas serán debatidas por los países de la región durante la Conferencia Regional de la FAO, que se celebrará en Jamaica entre el 5 y el 8 de marzo.

Es perfectamente posible lograr que nuestros alimentos sean más sanos y seguros. Debemos cambiar nuestra alimentación de forma urgente. O empezar a temer más a la obesidad que al crimen organizado.

Julio Berdegué es representante regional de la FAO y Pablo Aguirre es consultor de la FAO.