
Hoy Venezuela vuelve a ocupar titulares, pero para muchos de nosotros no es una noticia más, es la confirmación de una realidad que lleva años gritando y que durante demasiado tiempo fue ignorada, relativizada o romantizada en nombre de discursos ideológicos que poco tenían que ver con la vida real de su gente.
Apoyo las acciones de Estados Unidos no desde el entusiasmo bélico ni desde una lógica de imposición, sino desde una convicción incómoda pero necesaria: cuando un régimen cierra todas las puertas internas, la presión externa deja de ser una opción y se convierte en un límite moral. No se puede hablar eternamente de soberanía cuando esta ha sido utilizada como excusa para aplastar a un pueblo entero.
Venezuela no llegó a este punto de un día para otro; llegó por la negación sistemática de la democracia, por la persecución del disenso, por el uso del hambre, del miedo y del exilio como herramientas de control; llegó porque el diálogo fue utilizado como estrategia dilatoria, no como voluntad real de cambio, y llegó, sobre todo, porque el mundo miró demasiado tiempo hacia otro lado.
No se trata de celebrar la intervención ni de ignorar los riesgos que toda acción de este tipo conlleva; se trata de reconocer que la inacción también mata, que la neutralidad frente a la injusticia no es imparcialidad, sino complicidad silenciosa. Cada año de espera ha significado más pobreza, más trauma, más familias rotas, más generaciones creciendo sin horizonte.
Como ser humano consciente, no puedo dejar de pensar en el daño profundo que deja una vida vivida bajo opresión constante: la normalización del miedo, la desesperanza aprendida, la pérdida de sentido colectivo; eso también es violencia, aunque no siempre aparezca en las imágenes más crudas.
Apoyar estas acciones no es apoyar la guerra; es reconocer que hay momentos en la historia en los que poner límites es una forma de responsabilidad ética, y decir “basta” es más humano que seguir pidiendo paciencia a quienes ya no tienen nada.
Venezuela merece algo más que comunicados tibios y análisis cómodos; merece una oportunidad real de recuperar su dignidad, su voz y su futuro, y si esta acción abre una grieta en un sistema que parecía inamovible, entonces no puede ser leída únicamente como amenaza, sino también como posibilidad. La historia no suele juzgar con benevolencia a quienes “entendieron el contexto” pero decidieron no actuar; tampoco absuelve a quienes confundieron prudencia con comodidad moral. América Latina conoce demasiado bien el costo de los silencios prolongados y de las dictaduras sostenidas por la indiferencia internacional. No se trata de elegir bandos por conveniencia, sino de asumir que hay momentos en los que no elegir es, en sí mismo, una elección y hoy, frente al sufrimiento sistemático de millones de venezolanos, mirar hacia otro lado ya no es una postura ética defendible.
El silencio prolonga el dolor. La presión, cuando todo lo demás ha fallado, puede ser el inicio de un cambio.
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Derry Peñaranda es especialista en Oratoria y Gestualidad Humana.