
Desde siempre, cada vez que he leído sobre el surgimiento del nazismo en Alemania durante los años 30 del siglo pasado, y cada vez que he visto películas sobre el devenir del Tercer Reich, me he preguntado –y me sigo preguntando– cómo fue posible que un pueblo de grandes pensadores, culto, con ideas independientes y una larga historia de arte, literatura, música y ciencia, cuna de pensadores libres, fuera arrastrado por un grupo de fanáticos radicales hacia su propia destrucción tras el Holocausto, en la Segunda Guerra Mundial.
Joseph Goebbels y su maquinaria de populismo fascista, esbirro incondicional de un pseudolíder al que adoraba, insistían diariamente en que, con ese líder, reconstruirían su patria, otorgarían grandeza a sus habitantes y crearían un futuro grandioso, sin revelar sus verdaderos propósitos ni si el objetivo era únicamente perpetuarse en el poder. Este manipulador de masas logró que toda una nación cayera en la ceguera insensata de seguir un camino que condujo al caos y a la muerte de millones de personas de todas las razas, nacionalidades y pensamientos.
Nunca he encontrado –probablemente porque no existe– una explicación simple de lo que cambió la mente y el alma de un gran pueblo.
Hoy, sin embargo, observo en mi país vestigios de lo que pudo ocurrir entonces. Lo veo en la propaganda silenciosa, lenta pero constante, de ciertos líderes y sus allegados; en las acciones agresivas y diatribas contra opositores o quienes simplemente discrepan; o contra aquellos que, como yo, no entendemos qué buscan realmente con el poder total ni qué significa “devolvernos la patria”.
Hasta ahora, sus discursos son solo palabrería para atraer adeptos sin revelar los oscuros propósitos detrás de ellos. Tener un congreso con 40 monigotes que no piensen ni opinen, y que solo sigan autómatas los designios del poder detrás del trono, es un ejemplo de ello.
Santayana acuñó aquello de que “quien no recuerda su pasado corre el riesgo de repetirlo”, frase grabada lapidariamente en la puerta del campo de exterminio de Auschwitz. En Alemania, a mediados de los años 30, ocurrió la Noche de los Cuchillos Largos, cuando fueron asesinados opositores al régimen nazi, episodio llamado por la cúpula del partido “Operación Colibrí”. ¿Será que ahora solo cambiamos de animal? ¿De colibrí a jaguar? ¿Pronto sustituirán la esvástica y las camisas pardas por el jaguar y camisas blancas?
Solo espero que no se repitan anacronismos ajenos a nuestro tiempo y a nuestro sentir como costarricenses, amantes de la paz, defensores de la democracia y ciudadanos libres por derecho propio: libres de pensar, decir, opinar, creer, amar, odiar, vestirnos, trabajar o no, y vivir según la conciencia de cada uno, incluso libres para equivocarnos y gritar ofensas, sin miedo a represalias por pensar distinto. Que no nos intimiden quienes, sin explicar claramente sus propósitos, buscan perpetuarse en el poder de una nación digna, sufrida pero altiva, acosada por la delincuencia, pero siempre capaz de defender su libertad.
Sepamos ser libres, no siervos de ideologías manipuladas por pseudolíderes megalómanos, gritones y autocomplacientes, que exigen obediencia ciega al “librito de estrategias” (¿Mein Kampf?). No temamos a quienes amenazan con perpetuarse “por las buenas” y, veladamente, “por las malas”.
El pueblo honrado y libre de Costa Rica ha demostrado que sabe luchar, y la historia nos dice que siempre que lo ha hecho, ha ganado.
Nuestro más poderoso arsenal son los votos de un pueblo noble, inteligente y sabio, capaz de defender su libertad en los momentos más críticos de su historia.
rprotti@geotestcr.com
Roberto Protti Quesada es geólogo.