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China en Centroamérica, una historia de promesas frustradas

Los recursos económicos puestos sobre la mesa por Pekín resultan muy apetitosos para las élites políticas y económicas centroamericanas

Carlos Piña es politólogo.
Carlos Piña.

En el siglo XXI Centroamérica ha sido testigo, a la vez, del desplazamiento de Taiwán y de la irrupción de China. La región no solo es estratégica para el comercio mundial, sino también zona de pugna geopolítica entre las dos principales potencias, China y Estados Unidos. Y fue el principal bastión sobre el que Taiwán depositó sus últimas esperanzas de ser reconocido como el legítimo representante del Estado chino. Sin embargo, China ha logrado diluir esta expectativa con su diplomacia, poder político y músculo financiero.

En su apuesta regional, el gobierno chino ha cultivado lealtades a través de sus redes de contacto con partidos políticos, asociaciones empresariales, grupos de amistad parlamentarios y vínculos con otras entidades. También concedió cuantiosas donaciones a los países que cambiaron el reconocimiento diplomático a Taiwán por China. Entre ellas, la Biblioteca Nacional de El Salvador, el Estadio Nacional de Costa Rica, el Centro de Convenciones de Amador (Panamá) o la construcción de carreteras en Nicaragua, además de donaciones monetarias en Honduras y la República Dominicana.

La contribución china ha sido también significativa en infraestructuras. Por ejemplo, la represa hidroeléctrica Patuca III en Honduras, la carretera San José-Limón en Costa Rica o el cuarto puente sobre el canal de Panamá, sin olvidar la disposición china a construir un faraónico canal interoceánico en Nicaragua que competiría con su vecino panameño. Además de préstamos e inversiones, incluida la veintena de empresas chinas con centros regionales de distribución en puertos de ambos océanos, la integración económica se ha consolidado con los intercambios comerciales: $21.700 millones en el 2022, frente a $195 millones en el 2000.

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