
Al momento de nacer, el cerebro inmaduro únicamente cuenta con los sentidos para comenzar a entender el mundo que nos rodea. La naturaleza, siempre sabia, hace que los principales cuidadores respondan a esas necesidades a través de palabras suaves, arrullos y movimientos que confortan y mecen hasta caer dormidos: un canto y una danza que se repiten de generación en generación y de cultura en cultura.
Ahí, desde ese primer día de vida, empieza el contacto con el arte y su profunda influencia en el desarrollo. Esas canciones y esos movimientos se convierten en estímulos fundamentales que, poco a poco, enseñan sonidos que luego serán palabras; gestos que más adelante se transformarán en habilidades; experiencias que darán paso a aprendizajes cada vez más complejos. No es casualidad: la evidencia científica ha mostrado que estas experiencias tempranas no solo acompañan el desarrollo, sino que lo moldean, fortaleciendo funciones como la atención, la memoria y la capacidad de aprender.
Llega la edad de ingresar a la educación preescolar y, nuevamente, aparece un mundo lleno de estímulos artísticos: música, baile, dibujo, pintura. Actividades que se convierten en aprendizaje significativo precisamente porque van de la mano del disfrute y la creatividad. A través de ellas se aprenden incluso las bases de la lectura, la escritura y las matemáticas, cuando se descubre que el cuerpo es capaz de producir, crear e imaginar, de servir como instrumento y como medio de expresión.
Luego se llega a la primaria. El entorno cambia, aparecen las asignaturas y, con ellas, un aprendizaje más estructurado, pero que siempre puede ser más profundo y significativo cuando se involucran las artes.
Diversos estudios han demostrado que el arte no es un complemento, sino una herramienta que potencia el aprendizaje académico y el pensamiento crítico. Más adelante, en la adolescencia, las artes se transforman en identidad y en un mecanismo de expresión. Para muchos jóvenes, son también un refugio, un espacio seguro que canaliza emociones y los aleja de caminos de riesgo. No es una suposición: la investigación ha demostrado que el arte fortalece la regulación emocional, la empatía y las habilidades sociales, especialmente en contextos de vulnerabilidad.
“¿Para qué tractores sin violines?”, dijo muy sabiamente don Pepe Figueres hace ya cinco décadas. Hoy, esas palabras no solo siguen siendo vigentes, sino que las neurociencias y la neuroeducación las respaldan con fuerza. Países con sistemas educativos exitosos han integrado las artes como un eje transversal, entendiendo que no solo mejoran funciones ejecutivas como la memoria y la atención, sino que también forman ciudadanos más empáticos, creativos y capaces de pensar de manera flexible.
Por eso, duele encontrar centros educativos que excluyen o relegan las artes dentro de su currículo. Y duele aún más percibir que, desde las políticas educativas, se están enviando señales que podrían disminuir su prioridad en la formación integral. Es cierto: existe una deuda importante con muchos niños y jóvenes que no están recibiendo una educación equitativa. Pero reducir el espacio de las artes, aunque sea de forma indirecta, al priorizar únicamente ciertas áreas, no corrige esa injusticia; corre el riesgo de ampliarla.
No existen materias más importantes y menos importantes. Existen niños y jóvenes en formación que necesitan un entorno educativo integral, uno que les permita desarrollar no solo conocimientos, sino también habilidades, sensibilidad, pensamiento crítico y humanidad.
Las artes han acompañado el desarrollo y la historia de la humanidad desde siempre. Ojalá se tenga el buen juicio de asegurar que sigan ocupando el lugar que les corresponde en la educación costarricense.
Tatiana Barrantes Solís es médica especialista en Pediatría.