Vale la pena reflexionar sobre lo que queremos y merecen los adultos mayores, si se considera el acelerado envejecimiento de la población y la previsión de un millón de habitantes de más de 65 años de aquí al 2050.
Una expectativa de vida semejante a la de los países desarrollados es inútil si esos años no se viven con bienestar y la capacidad de desenvolverse plenamente para disfrutar la existencia hasta el final.
Lo primero que merece nuestra población adulta mayor, y en general la sociedad, es un envejecimiento saludable, mantener las capacidades necesarias para ser y hacer lo que se desea con la mayor independencia y autonomía posible.
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Esto se dice fácil, pero son muchas las situaciones necesarias para alcanzar el objetivo, como brindarles un sistema de salud con atención integrada y centrada en ellos, intervenciones adaptadas a las personas y sus capacidades y con el fin fundamental de optimizarlas para mantenerlas, mejorarlas y, en última instancia, disminuir hasta donde sea posible el deterioro.
Para cumplir estos requisitos, se ha ido fortaleciendo la Red de Atención Geriátrica, incorporando especialistas en la materia. Está pendiente la conformación de equipos interdisciplinarios que los acompañen en la atención integral requerida y la capacitación y fortalecimiento de la atención primaria, que contribuye a la detección temprana de los riesgos que inciden en el desempeño diario de las personas mayores y el tratamiento oportuno.
Si deseamos el envejecimiento saludable de la población, no basta con las intervenciones del sistema de salud. Las personas de más de 65 años merecen una coordinación clara entre instituciones públicas y organizaciones privadas, que garantice su participación activa en todos los ámbitos de la sociedad, la tutela de sus derechos y cubrir sus necesidades en los campos social, económico, político, cultural y emocional.
La inclusión de diferentes actores sociales derivará en entornos amigables y seguros, que promuevan el bienestar y la independencia para ser activos en sus comunidades y desarrollarse plenamente.
El objetivo es inalcanzable sin un verdadero cambio cultural, que comienza en la educación de las generaciones más jóvenes y que, basado en un enfoque en derechos, conduzca a respetar, proteger y garantizar esos derechos y al rechazo absoluto a toda forma de discriminación en razón de edad.
Este tipo de discriminaciones tienen como consecuencia obstaculizar o dejar sin efecto el reconocimiento, goce o ejercicio, en igualdad de condiciones, de los derechos humanos y libertades fundamentales en todos los ámbitos de la sociedad y exponen a los adultos mayores a la exclusión social, al abandono y la agresión.
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Debemos pronunciarnos vehementemente en contra de considerar la vejez una enfermedad, porque promueve la discriminación debido a la edad y perpetúa los estereotipos relacionados con el envejecimiento.
Debemos, por el contrario, favorecer actitudes positivas hacia los adultos mayores, y asumir el envejecimiento como un proceso natural, que no necesariamente se asocia con un detrimento físico y social inexorable, sino inherente a nuestra condición de seres humanos.
Tenemos mucho que hacer como sociedad a fin de abordar las necesidades de la población adulta mayor para mejorar su calidad de vida y mantener su participación social en beneficio de todos.
El primer paso es la determinación política que guíe las acciones y el compromiso de las instancia públicas y privadas con miras a lograrlo.
La autora es directora del Hospital Nacional Geriátrico.