
Vamos a reescribir la historia. Venía Colón muy bien acompañado con sus tres caras bellas: la Niña (que no era tan niña), la Pinta (que sí era muy pinta) y la Santamaría (que de santa no tenía nada). Se montó en una fuerte corriente de inversión extranjera y llegó a Cariari, donde fue muy feliz. Pero se sentía solo.
A la sazón, la Sugef prohibía la poligamia. En vez de dejarlo flotar libremente con la Niña y la Pinta (como hubiera hecho yo), fijó su paridad con la María. Y la María, claro, le daba vuelta a la maquinita. Al tiempo, el hechicero de la tribu requisó la maquinita para usarla contra Colón. Por 20 años lo llevó por la calle de la amargura devaluándolo y haciéndolo caer. Colón sufrió estoicamente. Pero, al fin, se redimió. Y se apreció. Pero fue una victoria pírrica. En vez de alentarlo: Colón, levántate y anda, lo empujó, de nuevo, sin ninguna necesidad.
Colón era mercantilista. Ansiaba navegar libremente con sus tres caras bellas llevando especies, tiliches y pepitas desde Yucatán a Tierra del Fuego. Al brujo le molestaba. Entonces, fijó su barca a dos boyas de flotación y un tipo de cambio (en unidades de cacao) ajeno al mercado de los 7 mares. Luego, comenzó a inflar la economía para demeritar a Colón y llevarlo a la boya inferior. La Pinta, la Niña y la (simplemente) María corrieron, en taparrabo, a consolarlo, según narra con lujuria de detalles el historiador Fernández Guardia. Dijo que el brujo había excedido sus funciones y había provocado efectos perversos en la distribución del ingreso de los indios mochilones.
A Colón le cortaron la retirada. Y el brujo se empeñó en usar una poción monetaria expansiva. Cortó a machete las tasas de interés y dio crédito a cuanto taparrabo pasaba. El IPC calculado por los cábecar subió 9,7% (anualizado) frente a la meta hechicera de 8% (en esa época no había petróleo). Al tintineo de las monedas se recalentó la tribu entera. Las indias, como locas, veían su dicha en la chicha y compraban taparrabos inspirados en el diminuto modelo de la Pinta (muy exclusivo).
En Cadiz, la Reina sufría al saber del castigo deliberado a su querido Colón, por haberse escapado (sin permiso) de las boyas. Y, como en toda historia de crimen y castigo, pagaron indios por mochilones. Sufrió el fondo de pensiones huetar, perdieron los pies descalzos ahorradores y ganaron los dispendiosos guerreros ricos. Fue una página oscura en la historia. Perdimos la oportunidad de fortalecer a Colón, bajar el IPC y estabilizar las tasas de interés, sin castigar el ahorro, premiar el consumo ni zarandear la riqueza mochilona. Y Colón, fuerte y erecto, se habría podido fugar con sus tres caras bellas.