América es un continente abrumadoramente republicano. La inmensa mayoría de nuestros países alcanzaron la independencia tras liberarse de monarquías europeas y adoptaron la república como forma de organizar el gobierno: primero, en Estados Unidos, que sentó la pauta y se convirtió en referente; luego, en los países hispanoamericanos.
Brasil, liberado de Portugal por el desterrado emperador Pedro I, en 1822, y que perduró como monarquía constitucional hasta 1989, fue una excepción. También lo han sido Canadá y otras excolonias del Caribe que aún reconocen a la Corona británica o de los Países Bajos como cabeza del Estado, pero ejercen absoluta soberanía. El resto nacimos y vivimos en un republicanismo ciertamente imperfecto, pero que es parte de nuestra identidad y, a la vez, torna impensables las monarquías en nuestro suelo, aunque grupos brasileños marginales aún sueñen con ella.
¿Por qué, entonces, destacar la trayectoria, personalidad e impronta de una reina que fue producto y actor depurado, y siempre leal, de una línea monárquico-imperial con múltiples claroscuros a lo largo de siglos? Existen múltiples razones. En esencia, refieren a la manera digna y prudente en que, desde el carácter meramente simbólico de su cargo, sometido a la voluntad del Parlamento, encabezó la jefatura del Estado a lo largo de las tumultuosas siete décadas que hicieron de ella la monarca más duradera en la historia de su país.
Isabel II ocupó el trono en febrero de 1952, tras la muerte del rey Jorge VI, y fue coronada oficialmente en junio de 1953. En esa época, el Reino Unido apenas había comenzado a recuperarse de la gran catástrofe que fue la Segunda Guerra Mundial, y el imperio, donde una vez nunca se puso el sol, estaba en proceso de desintegración: el esquema colonial se había vuelto insostenible moral, económica y políticamente. Los reclamos de las poblaciones sometidas al dominio británico, junto con su incapacidad de mantenerlas bajo control y las exigencias del nuevo mundo de la posguerra, dieron al traste con ese añejo orden.
La tarea no le correspondió directamente a la reina; sin embargo, gracias a su prudencia, decencia, afabilidad, tolerancia y sentido de realidad, ejerció un importante papel de unidad y una encomiable serenidad. Desde entonces, y durante todo su reinado, tuvo la enorme inteligencia e intuición de lograr el mejor balance posible entre tradición y modernidad; entre los ecos de un pasado que ya dejaba de ser y las exigencias del futuro en construcción, con un horizonte cargado de desafíos.
El arco que se extendió desde su llegada al trono, en 1952, hasta su muerte en el palacio veraniego de Balmoral, en Escocia, el pasado jueves, marca una época de enormes transformaciones políticas, económicas, sociales, culturales y militares; también, de profundos reordenamientos geopolíticos, entre ellos, el establecimiento de la Unión Europea, la tardía incorporación de su país a ella y el abandono del proyecto, mediante el brexit, en junio del 2016. Su estatura contribuyó a mantener un hilo de continuidad en medio de tantos desafíos, gracias al cual la estabilidad del Reino Unido se ha conservado hasta ahora, a pesar de tensiones internas, y su contribución al orden mundial, aunque debilitada, puede calificarse de trascendental.
Simultáneamente, Isabel II debió padecer y manejar las múltiples disfuncionalidades y rupturas que afectaron a su familia. Entre las más conocidas están el desastroso matrimonio del príncipe —hoy rey— Carlos y la princesa Diana, muerta trágicamente, los avatares extramaritales de ambos, el involucramiento del príncipe Andrés —octavo en la línea sucesoria— en escándalos de tráfico sexual a ambos lados del Atlántico y la cuasi ruptura con la casa real del príncipe Enrique y su esposa, Meghan Markle. Pero hubo otras.
Como jefa de Estado, le tocó lidiar con 15 primeros ministros, desde Winston Churchill, luego de su regreso al cargo, hasta Liz Truss, a quien encomendó el cargo apenas dos días antes de su muerte. Interactuó personalmente con 13 presidentes estadounidenses, desde Harry Truman en 1951, cuando era princesa, hasta Joe Biden, con la única excepción de Lyndon Johnson.
Con su muerte se abre una nueva era para la Corona, que inevitablemente tendrá repercusiones más allá del palacio de Buckingham. El nuevo rey, Carlos III, estará a cargo de conducirla simbólicamente. Tras el vacío que deja la reina, a él le corresponderá marcar otro estilo, en el que deberá vincular la claridad de propósitos con la empatía y mayor cercanía con la población, pero sin el aura de absoluta dignidad que acompañó a Isabel II: un gran reto.
El viernes, en su primer discurso tras la muerte de su madre, rindió cálido tributo a su legado y ejemplo, prometió servir con “lealtad, respeto y amor” a sus conciudadanos y se comprometió con “respetar los principios constitucionales” de la nación. Todo esto será necesario para los tiempos actuales y futuros, en que los desafíos probablemente serán tantos y tan cruciales como los asumidos por su predecesora.
El trabajo, fuerza inspiradora y rectitud de Carlos III serán esenciales para la unidad de un Estado multicultural y multinacional como es el moderno Reino Unido; también, para el mantenimiento de la monarquía constitucional británica, que simboliza como ninguna otra en el mundo un tipo de orden político distinto al prevaleciente en América. La esperanza es que lo logre, porque incluso los republicanos convencidos debemos reconocer el relevante papel que tendrá más allá de las fronteras británicas y europeas.
