9 marzo, 2018

El odio, aunque disfrazado de protesta y justo reclamo, es fácil de identificar. Los lemas pintados en iglesias del centro de San José son una expresión inequívoca de intolerancia religiosa y una agresión contra los católicos. El rosario, la efigie de Juan Pablo II, ya canonizado, y las iglesias mismas son objeto de devoción de cientos de miles de costarricenses y, siquiera por eso, merecen respeto de los creyentes de cualquier denominación y de quienes, en ejercicio del derecho a la libertad de culto y pensamiento, deciden no creer.

Ese respeto, base del verdadero civismo, no nace de las convicciones religiosas, sino de la consideración debida a quienes las cultivan en una nación democrática, bien enterada de la relación entre la convivencia pacífica y la escrupulosa observancia de los límites impuestos por el derecho de los demás.

Las pasiones de los delincuentes no se saciaron con el daño causado a las iglesias

Si, como dijo Juárez, el respeto al derecho ajeno es la paz, los responsables de los actos vandálicos ejecutados el jueves no la tienen entre sus objetivos. La Iglesia, vilipendiada por los vándalos, demostró un espíritu bien diferente: “Instamos a los fieles católicos a no responder con violencia a estos actos. Al contrario, les pedimos mantener la calma y vivir la virtud de la tolerancia y el respeto”, dijo monseñor Daniel Blanco, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José.

Pero las pasiones de los delincuentes no se saciaron con el daño causado a las iglesias de La Merced, La Soledad y barrio Luján. Tampoco les bastó el dolor infligido a fieles como María Teresa González, de 86 años, quien se mostró consternada al saber del ataque contra la parroquia donde ha profesado su religión “toda la vida”. Todavía insatisfechos, la emprendieron contra la estatua de Juan Pablo II. Con este último acto vandálico lesionaron la efigie de un santo especialmente venerado por los católicos costarricenses, que no olvidan su visita al país en 1983.

El odio irracional quizá les impidió reconocer la agresión perpetrada, en el mismo acto, contra uno de los máximos exponentes del arte nacional en la actualidad. El conjunto escultórico es obra de Jorge Jiménez Deredia, quien se impuso la tarea de no hacer una representación clásica del Papa, sino reflexionar, en 25 toneladas de mármol blanco de Carrara, sobre la humanidad y espiritualidad de Juan Pablo II.

Los vándalos lesionaron la fe y la cultura, para no mencionar la propiedad, pero también exacerbaron las tensiones de un momento político delicado, a solo tres semanas de una trascendental elección. Eso añade a sus actuaciones la más crasa irresponsabilidad y denota menosprecio por la democracia.

En sí misma, la banda de la latita de pintura, con todo y su mala ortografía, no representa mayor peligro. En su infantilismo hay, incluso, algo de comicidad. No sabe deletrear “decido” ni imagina la existencia de cámaras capaces de captar el momento de la travesura. Tampoco visualiza el daño a las causas que dice defender. En un instante logró poner de acuerdo en el repudio a las dos fuerzas políticas enfrentadas en la justa electoral, así como a la gran mayoría de ciudadanos. Pero la semilla que siembra está envenenada y no se le puede permitir la germinación.

En particular, es importante impedir que estos odios generen violencia y que las justas reivindicaciones de la mujer se vean asociadas con la intolerancia y la violencia. Esas reivindicaciones fueron expresadas con mucha más inteligencia y sensibilidad por las artistas que intervinieron los monumentos de San José con mensajes alusivos a la desigualdad, la agresión y la subordinación impuesta a las mujeres por una sociedad todavía urgida de cambio.