Editorial

Editorial: Uniformidad en el empleo público

La Contraloría no encuentra razón para eximir a los funcionarios de instituciones sometidas a la competencia de empresas privadas.

Trabajadores de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) iniciaron una huelga general este lunes contra las medidas de empleo público implementadas con la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas. Fotografía: Unión Nacional de Empleados de la Caja (Undeca).
Trabajadores de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) iniciaron una huelga general este lunes contra las medidas de empleo público implementadas con la Ley de Fortalecimiento de las Finanzas Públicas. Fotografía: Unión Nacional de Empleados de la Caja (Undeca).

El camino hacia el desorden en el empleo público está empedrado de excepciones y concesiones sectoriales. A lo largo de décadas, el Estado hizo proliferar los beneficios salariales en una u otra institución hasta llegar a tener 260 pluses, incontrolables disparadores del gasto público. Las convenciones colectivas —a veces negociadas por quienes se beneficiarían de ellas y otras por administradores indolentes, preocupados exclusivamente por evitar conflictos— contribuyen al caos y añaden costosos beneficios a los pluses.

El resultado de tantos años de desorden es una insalvable brecha entre salarios públicos y privados, además de grandes diferencias entre funcionarios con idénticas tareas y atestados, y el crecimiento del insostenible gasto público. El salario, en demasiados casos, no depende de calidades, responsabilidades o desempeño, sino de la institución empleadora.

En general, la compensación por el trabajo en el Gobierno Central palidece frente a la retribución en instituciones autónomas. En el 2018, dice un informe de la Contraloría, un vigilante de la administración central ganaba ¢277.800 mientras su par en una institución descentralizada devengaba casi ¢1,2 millones.

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