
Tras dos semanas de ceremonias y negociaciones, la conferencia anual de las Naciones Unidas sobre el clima (COP27) concluyó en Egipto el pasado domingo con un saldo muy poco estimulante. No se suscribieron compromisos globales sustantivos para mitigar el avance del calentamiento global, y la promesa de crear un fondo para afrontar sus peores consecuencias en los países pobres más afectados, aunque muy relevante, tardará varios meses en ser concretada en cuanto a aportaciones y beneficiarios. Es decir, la tónica fue actuar más sobre los efectos que en los orígenes del calentamiento global, pero sin un horizonte muy claro de cómo hacerlo.
Poco cambian este decepcionante resultado otras dos decisiones anunciadas que, aunque importantes, se quedan cortas en precisión y alcance. Una es que los bancos de desarrollo y organismos financieros multilaterales incrementen los recursos para proyectos de mitigación y adaptación climática; otra, el compromiso de un grupo de países ricos de canalizar $20.000 millones en fondos públicos y privados a Indonesia, para que reduzca su alta dependencia del carbón. Si lo anterior logra convertirse en realidad, algo avanzaremos, pero, dada la magnitud del desafío climático que enfrenta la humanidad, será absolutamente insuficiente.
Al término de la reunión, el secretario general de la ONU, António Guterres, expresó con claridad su justificado desaliento con el resultado. “Nuestro planeta aún está en la sala de emergencia —dijo—. Necesitamos reducir drásticamente las emisiones ahora, pero es un tema que esta COP no abordó”. Y fue más allá al afirmar que “un fondo para las pérdidas y los daños es esencial, pero no es la solución si la crisis climática hace desaparecer del mapa a pequeños Estados insulares o si convierte la totalidad de un país africano en un desierto”.
Los devastadores eventos climáticos extremos ocurridos durante este año son prueba más que suficiente —y mortífera— de las crecientes alteraciones y daños producidos por el calentamiento del planeta debido a la acción humana. En diciembre del 2015, en la COP21, celebrada en París, los casi 200 países y territorios parte de la Convención de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático se comprometieron con una serie de objetivos nacionales destinados a evitar que las temperaturas globales superen en 2 grados Celsius los niveles previos a la Revolución Industrial e impulsar iniciativas adicionales para bajar el umbral a 1,5 °C. Además, dispusieron revisar las metas cada cinco años, cosa que ocurrió en la celebrada en Glasgow, Escocia, en noviembre pasado, con un año de retraso por la pandemia.
La revisión concluyó que los compromisos habían sido insuficientes y que no se habían cumplido a cabalidad; por tanto, debían fortalecerse y avanzar con rapidez hacia ellos. Sin embargo, de acuerdo con un informe del Programa Ambiental de la ONU, emitido hace pocas semanas, solo 26 países alcanzaron las nuevas metas. El documento añadió que, incluso con su cumplimiento óptimo, a finales del siglo llegaríamos a un calentamiento adicional de entre 2,1 °C y 2,4 °C, y que sobrepasaríamos 1,5 °C en máximo dos décadas. Este destino no es irreversible, al menos hasta ahora. Sin embargo, solo podrá evitarse con drásticas reducciones de carbono y metano.
Con este propósito, en la COP de Glasgow se adoptó un “llamado” a los países para reducir gradualmente el uso del carbón como fuente de energía. La idea de muchas delegaciones era que en la de Sharm el Sheij, Egipto, ese llamado se extendiera a todos los combustibles fósiles, un paso indispensable en el proceso de mitigación. Sin embargo, los grandes productores de petróleo, en particular Arabia Saudita y Rusia, capitalizaron la crisis energética creada por la invasión a Ucrania, y frenaron siquiera una mención del tema en el documento final; menos aún, metas concretas.
Fue este tema, junto con la naturaleza del fondo para compensar por los efectos del cambio climático, lo que retrasó dos días el fin de la conferencia. Aunque se evitó que terminara sin la adopción de un documento final, el suscrito optó por un mínimo denominador común. De ahí la decepción. De ahí también la necesidad de que los países más responsables redoblen sus esfuerzos para eliminar los obstáculos hacia el avance y cambiar el peligroso rumbo que no hemos sido capaces de corregir.
