Editorial

Editorial: ¿Salida negociada en Venezuela?

El régimen y la oposición comenzaron el viernes un complejo proceso negociador para salir de la parálisis. La prueba inicial, y esencial, será otorgar garantías a los demócratas en las elecciones regionales de noviembre

Tras la firma, el 13 de agosto, de un «memorando de entendimiento», representantes de la oposición democrática venezolana y del dictador Nicolás Maduro comenzaron el pasado viernes, en México, lo que augura ser un complejo y no muy auspicioso, pero necesario, proceso de negociaciones. Complejo, porque la posibilidad de llegar a acuerdos básicos depende de la resolución de una gran cantidad de asuntos en un ambiente de desconfianza y de objetivos contrapuestos entre las partes. Poco auspicioso, en particular para la oposición, porque hasta ahora otras cuatro iniciativas negociadoras no han producido resultados y, más bien, han dado aire y comprado tiempo al régimen. Necesario, y también oportuno, porque la parálisis actual no parece sostenible, sobre todo para los opositores

Desde que su principal líder, Juan Guaidó, asumió, por mandato de la Asamblea Nacional elegida democráticamente, la titularidad formal del gobierno como «presidente encargado», en enero del 2019, su ímpetu inicial, el sólido reconocimiento internacional y las arrolladoras demostraciones de apoyo popular que lo acompañaron, se han debilitado progresivamente. Mientras tanto, Maduro, mediante unas elecciones legislativas espurias en diciembre del 2020, represión, control material de las instituciones del Estado y lealtad de las fuerzas armadas, ha logrado mantenerse en el poder. Lo ha hecho a pesar de su impopularidad y de la peor crisis política, económica, social, sanitaria y de seguridad en la historia de Venezuela.

La real explicación de esta catástrofe humanitaria, que ha erosionado las bases estructurales del régimen, es su incompetencia. A causa de ella, primero Hugo Chávez y luego Maduro lograron el «milagro» de sumir en la miseria a uno de los países más ricos del hemisferio, ocasionar enormes daños ambientales y reducir al mínimo su capacidad productiva. También, las sanciones internacionales, en particular de Estados Unidos, al petróleo y las transacciones financieras, han restado instrumentos de control a Maduro y sus secuaces. Hoy, aunque están consolidados en su control del poder «duro», no tienen suficiente viabilidad para salir de la crisis en la que han hundido a los venezolanos. Por algo se calcula en seis millones los que han abandonado el país. Como consecuencia, el dictador está urgido de alivios económicos externos, de romper su aislamiento, airear el enrarecido entorno político interno y obtener mayor reconocimiento internacional.

En este contexto, los delegados opositores tienen posibilidades de presionar para que, como primera medida de buena voluntad democrática, las elecciones regionales del 21 de noviembre se realicen con garantías mínimas durante la campaña y, principalmente, las votaciones y el conteo. Pareciera que han mejorado las condiciones y disposición para que algo así ocurra. Por esto y por su debilitamiento creciente, el 30 de agosto la Mesa de Unidad Democrática, de la que forman parte los principales partidos de oposición, incluido el de Guaidó, manifestó su voluntad de participar en la contienda. Bajo qué condiciones lo harán, es algo que está por verse. Las negociaciones en México serán un foro esencial para discutirlas. Sin embargo, el tiempo de aquí hasta los comicios es tan corto que, si no se otorgan adecuadas seguridades con prontitud, la asimetría entre oficialismo y oposición será descomunal.

Cómo se aborde y, finalmente, solucione la cuestión, será clave para medir, desde el puro principio, si el nuevo proceso negociador tendrá razonable éxito. Un buen augurio, además de la disposición inicial de las partes, es la seriedad con que el gobierno de Noruega lo ha impulsado y organizado, y el acompañamiento otorgado por distintos actores internacionales, tanto partidarios como adversarios de Maduro.

Estamos ante una oportunidad para salir del «impasse». No existe ninguna garantía de éxito. Dudamos de la real voluntad de apertura oficial, y tenemos certeza de la debilidad actual de los sectores democráticos. Aun así, vale la pena emprenderla y desafiar al régimen en todo lo posible. Lo que se ha intentado hasta ahora no ha funcionado. No está de más hacer una prueba distinta.