
Una fotografía publicada en La Nación el pasado 5 de febrero de 2026, muestra las puertas del Teatro Nacional retiradas de su lugar y transportadas en un pick-up, sin el resguardo que cabría esperar de un bien patrimonial: apoyadas directamente, expuestas, tratadas como piezas intercambiables y pobremente sujetadas. No hay en la escena nada que sugiera especialización, planificación ni cautela. La foto es elocuente, porque no requiere explicación ni contexto adicional.
Esa imagen no es un accidente; es un síntoma. Resume una forma de hacer (y de deshacer) que reconocemos demasiado bien: la chambonada elevada a método, la desidia administrada como rutina, la improvisación convertida en práctica habitual. El problema no es solo el daño material ya admitido, investigado y, en parte, irreversible, sino todo lo que ocurrió antes y que lo hizo posible: la renuncia al criterio técnico y en última instancia, al sentido común, cuando se trata de bienes que no admiten ensayo ni error y cuya intervención exige protocolos especializados y supervisión constante.
El Teatro Nacional no es un edificio más. Es parte de nuestra memoria construida, una herencia material de otros tiempos, un lenguaje arquitectónico que exige saberes específicos. Tratarlo como una obra corriente de ingeniería equivale a negar su naturaleza. Y desconocer su naturaleza es abrir la puerta –literalmente– al deterioro. Lo ocurrido con sus puertas no revela únicamente fallas en un procedimiento puntual; expone una cultura de gestión donde los controles técnicos aparecen ex post, cuando el daño ya está hecho y las explicaciones ya no reparan nada.
Las investigaciones en curso, las sanciones anunciadas y las explicaciones posteriores llegan tarde para lo que ya no se puede revertir. Pero sirven, al menos, para dejar al descubierto un patrón que se repite con enorme frecuencia y a todo nivel: advertencias ignoradas y decisiones tomadas sin respaldo suficiente, controles que se activan cuando la afectación ya es visible. El país se ha acostumbrado a corregir cuando ya es tarde, a explicar cuando ya se perdió algo, a calificar de “lección” lo que fue simple negligencia.
El caso recuerda el robo a pedazos, en el año 2012, de partes importantes del buque italiano Fella, hundido en las costas de Puntarenas durante la II Guerra Mundial. Buena parte de su cubierta, visible con marea baja, fue desmantelada en pleno mar, a vista y paciencia de todo el mundo, sin que la Dirección de Patrimonio Cultural tomara medidas efectivas tendientes a su protección. Estas medidas llegaron después del desmantelamiento y ante la denuncia pública, cuando incluso se llegó a aprobar una ley para declararlo patrimonio nacional. La ley y la declaratoria llegaron también tarde.
Existe un elemento adicional que vuelve el episodio aún más difícil de digerir. Costa Rica no es un país con un patrimonio arquitectónico vasto ni abundante. No lo fue por historia, por escala ni por modelo de desarrollo. Precisamente por eso, lo poco que existe debería ser objeto de un cuidado extremo. Que ni siquiera eso se logre proteger, que no seamos capaces de cuidar lo poco que hay que cuidar, no es solo un error técnico: es una señal preocupante de cómo el país se relaciona con su propia memoria.
Hay, además, una dimensión simbólica que no conviene pasar por alto. Cuando un bien patrimonial es tratado sin cuidado, el mensaje se extiende más allá de sus muros: nada es tan valioso como para exigir excelencia. Si eso ocurre con el principal teatro del país, ¿qué puede esperar el resto? La foto es incómoda porque sugiere que el problema no es la falta de recursos, sino la falta de rigor; no la ausencia de normas, sino la facilidad para ignorarlas.
En Costa Rica existen experiencias recientes que demuestran que la restauración patrimonial puede hacerse bien, con rigor técnico y respeto por el valor histórico de los inmuebles. El foyer del propio Teatro Nacional es un excelente ejemplo. Se trabajó con la debida planificación, siguiendo los protocolos internacionales de intervención del patrimonio histórico. Gestionado por el Departamento de Conservación del Teatro, el proyecto salió a concurso público en 2022, con múltiples requisitos técnicos y metodológicos, debido a sus particularidades.
Conarte-Restauración, empresa costarricense especializada en conservación, restauración y protección de bienes patrimoniales y artísticos, fue la elegida para llevarlo a cabo a lo largo de 14 meses (de mayo de 2023 a diciembre de 2024). En esta inversión de ¢242 millones, se intervinieron 217 piezas en los 302 metros cuadrados que abarca el salón. También se avanza actualmente en dotar al Teatro de un sistema contra incendios.
La mediocre remodelación de las puertas es, entonces, inexplicable e injustificable. No puede atribuirse a una incapacidad general ni a la falta de conocimiento. No fue solo una remodelación mal ejecutada. Es una imagen que funciona como espejo, y lo que devuelve no es agradable: un país que, muchas veces, confía su legado a la improvisación y luego se sorprende por las consecuencias.
