Han bastado pocos días para que León XIV revele varias de las rutas centrales por las que se propone desarrollar su pontificado. La dirección trazada hasta ahora es estimulante. A grandes rasgos, se puede calificar como una continuidad, atemperada en unos casos, pero más marcada en otros, respecto a la labor de su predecesor.
El Papa ha guardado prudente discreción en aspectos doctrinales y litúrgicos, en los que su abordaje luce más contenido que el de Francisco. No es algo que deba sorprender, porque son estos los temas que han generado mayores distanciamientos en el seno de la Iglesia católica, incluido el Colegio Cardenalicio.
Su elección fue, precisamente, una apuesta a alguien con justificada fama de conciliador y moderado, capaz de balancear perspectivas, convicciones y aspiraciones entre los sectores tradicionales y reformistas en su seno. Por esto, entre otras cosas, sus llamados a la unidad dentro de la diversidad y a la construcción de puentes. También se ha manifestado a favor de mayor colaboración entre los líderes eclesiásticos, y de su diálogo con los laicos.
León XIV sí ha dejado mucho más claros los fundamentos en que se asentará para guiar lo que podríamos llamar el magisterio universal y humanista de la Iglesia; es decir, el mensaje y los compromisos que se esperan de esta más allá de su grey. Es sobre todo en este sentido que ha manifestado su intención de continuar, e incluso ampliar, aspectos centrales de la labor de su predecesor Francisco.
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Como reflejo de las tareas misioneras a las que dedicó tanto tiempo, sobre todo durante casi dos décadas en Perú, el nuevo pontífice ha reiterado su compromiso con la justicia social, con los pobres, los desposeídos, los marginados y los perseguidos. Se ha interesado por el mundo del trabajo y sus retos tecnológicos; ha llamado a proteger el ambiente de la “casa común” que es la Tierra, y se ha expresado con insistencia contra la guerra y a favor de la paz, no solo como realidad tangible, sino también como cultura; no solo como compromiso colectivo, sino también como deber individual.
La primera señal reveladora de este compromiso fue el nombre escogido como papa por el hasta entonces cardenal Robert Francis Prevost Martínez, un estadounidense de 69 años con raíces italianas, francesas y españolas, y con una visión cosmopolita de la realidad.
La selección de León XIV constituyó un claro homenaje y reconocimiento a León XIII, quien, durante su pontificado, entre 1878 y 1903, emitió la encíclica Rerum Novarum. El texto, publicado en 1901, abordó, desde la óptica cristiana, los problemas sociales y la situación de los trabajadores. Por esto, se le conoce padre de la doctrina social de la Iglesia. Utilizar sus enseñanzas como fuente para iluminar los cambios en la dinámica laboral desatados por la revolución tecnológica, en particular los desafíos éticos planteados por la inteligencia artificial, es parte de lo que se propone el nuevo pontífice.
Su llamado a la paz fue la primera frase que pronunció al dirigirse a los fieles que lo vitorearon en la plaza de San Pedro, tras su elección del jueves anterior. A él añadió llamados a la unidad, el diálogo, el amor, el encuentro, la caridad y la búsqueda de “una Iglesia misionera (...), siempre abierta a acoger, como esta plaza, a todos”.
Además, agradeció a su predecesor Francisco, del que fue cercano colaborador. Esta ha sido una constante en el resto de sus alocuciones. En esa oportunidad, León XIV también destacó su condición como “hijo de San Agustín”, y tuvo un mensaje especial, en español, a los fieles de la diócesis de Chiclayo, en Perú, de la que fue obispo.
En un mensaje a los cardenales, el sábado 10, se hizo eco de un llamado hecho por Francisco, poco después de tomar posesión, en 2013, en favor de un incremento en la “colegialidad” de la Iglesia, de la piedad pública y de un “diálogo valiente y confiable con el mundo contemporáneo”. También calificó a su predecesor como “un humilde servidor de Dios, sus hermanos y hermanas”, ejemplar en “su completa dedicación al servicio y a la sobria simplicidad de la vida”.
El domingo, al dirigirse nuevamente a los fieles en la plaza de San Pedro, no solo llamó a la paz y el respeto a la vida en Gaza y Ucrania. También, en relación con este conflicto, pidió la liberación de los presos y el retorno de los niños separados de su familia, un claro llamado a los invasores rusos, mucho más definido que los emitidos previamente por Francisco.
Al tejer estos mensajes, surge la figura de un papa comprometido con una parte fundamental de la realidad actual; también, de los desafíos de la Iglesia ante ella, como referente y guía para los creyentes, pero también como una voz necesaria más allá de su grey. Faltan muchos aspectos en los cuales deberá definirse, y muchas decisiones que deberá tomar ante retos internos y externos. Cuando todo eso esté claro, será más oportuno emitir un criterio amplio sobre su impronta. Por el momento, las señales, aunque todavía parciales, resultan altamente positivas.

