La eurozona, importantísima área comercial del planeta conformada por el subcciones de las naciones más pudientes para invertir en la lucha contra el virus en beneficio de todos onjunto de países de la Unión Europea que adoptaron el euro, debió operar al unísono, con una autoridad monetaria y una autoridad fiscal común. La primera se consiguió gracias a la creación del Banco Central Europeo, pero los países decidieron conservar independencia en política fiscal y esa sería la fuente de futuras complicaciones.
Como la moneda común obliga a coordinar en el campo macroeconómico, los países de la zona euro se comprometieron a mantener baja inflación, poco déficit fiscal (no más del 3 % del PIB) y un endeudamiento público controlado (60 % del PIB, como máximo). Esos compromisos no se cumplieron y algunos Estados tienen elevados déficits fiscales y endeudamiento público. Por eso, la supervivencia del euro comenzó a ponerse en duda.
Los del Mediterráneo fueron los primeros en desviarse del compromiso asumido. Gastaron más de lo debido y se endeudaron en exceso. Un caso notable fue el de Grecia, que estuvo a punto de dejar la eurozona. El llamado grexit, término acuñado para denominar la eventual salida, precedió al brexit, o abandono de la Unión Europea por el Reino Unido. Los socios de la eurozona hicieron todo lo posible por mantener a Grecia en el grupo y le ofrecieron apoyo a cambio de un fuerte ajuste macroeconómico.
Conforme pasó el tiempo, en la zona del euro se fueron constituyendo dos tipos de países: los frugales, notablemente Alemania, Austria, Finlandia y los Países Bajos, y los dispendiosos, entre ellos España, Italia y Grecia. En el primer grupo, surgieron opiniones contrarias al financiamiento del gasto excesivo de los segundos y una fuerte oposición a que el Banco Central Europeo y otras instituciones ofrecieran crédito a sus pares del sur si no se condicionaba a la adopción de reformas estructurales.
En el sur, los ciudadanos comenzaron a poner en duda la solidaridad del norte y emergieron grupos políticos euroescépticos con gran apoyo popular. Una medida de ayuda solicitada por los Estados del sur fue la emisión de eurobonos, es decir, bonos respaldados por la garantía de todos los países europeos, aunque fueran para dar recursos a Grecia o Italia. La idea detrás de la propuesta es que los bonos, con la fianza de Alemania y Finlandia, entre otros, no pagarían los altos intereses de títulos emitidos individualmente por alguno de los países del sur. En el norte, la idea no fue bien recibida porque implicaba una alta dosis de riesgo moral, que premiaba la conducta dispendiosa.
Pero vino la covid-19, un mal sin fronteras, y resucitó la idea del apoyo financiero para los países de menor ingreso promedio. Así, surgió la posibilidad de emitir coronabonos, destinados a recaudar recursos para atender la pandemia con la fianza de los países de la eurozona. La idea fue rechazada en la reunión del 9 de abril del Eurogrupo, conformado por los ministros de Finanzas de los países miembros.
Pero la pandemia afecta a las naciones con independencia de su situación financiera, y la solución requiere de un esfuerzo global, pues poco se gana si unos países actúan bien dentro de sus fronteras, pero otros no pueden hacerlo por carecer de recursos. Por eso, la emisión de deuda mutualizada para la lucha contra la pandemia pudo haberse justificado.
También, en el caso de Costa Rica y los países vecinos de ingresos medios y bajos, habría razones para que las naciones más pudientes dieran una muestra de solidaridad mediante donaciones cuya inversión en la lucha contra la neumonía por coronavirus no solo redundaría en nuestro bien, sino también en el de ellos. Los préstamos contraídos con instituciones internacionales tendrán serias consecuencias cuando el entorno vuelva a la normalidad y el elevado nivel de endeudamiento impida cumplir a cabalidad las tareas necesarias para conseguir la estabilidad política, económica y social.