23 octubre

Tras varios meses de turbulencias y riesgos, la democracia en Bolivia recibió un renovado impulso gracias a las elecciones celebradas el domingo 17 de este mes. A pesar de un ambiente crispado y lleno de desconfianza, las votaciones se realizaron con normalidad, los resultados, aunque lentos, fluyen sin obstáculos y nadie ha puesto en duda el claro triunfo del candidato presidencial izquierdista Luis Arce, del Movimiento al Socialismo (MAS), partido que también obtuvo mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado, aunque más reducida que hasta ahora.

No es el desenlace que habríamos deseado, no tanto por Arce, quien ha evitado la retórica incendiaria, efectuó una campaña sensata y cuenta con buenas credenciales para asumir los enormes retos del país. Lo que nos preocupa es que el expresidente Evo Morales, dirigente histórico del MAS y principal responsable —por lo menos al inicio— de la inestabilidad boliviana, se empeñe y consiga imponerse nuevamente en el partido. Su sucesor tomó razonable distancia de él y asegura que Morales no tendrá participación en su gobierno; sin embargo, es un riesgo que se mantiene.

Pero más allá de nuestras preferencias, el resultado fue contundente y legítimo. Revela, además, la profundidad y amplitud del apoyo al MAS y de la menor confianza en otras agrupaciones. El mensaje debe ser escuchado. Lo que resta es que los principales sectores de la sociedad boliviana, en primer lugar los partidos, se comporten a la altura de las circunstancias.

Bolivia vive un momento extremadamente difícil, potenciado por tres grandes factores. El más puntual es el demoledor impacto de la pandemia de covid-19. Otro es la inestabilidad sociopolítica iniciada desde que Morales decidió desconocer los resultados de un referendo que prohibía un nuevo intento de reelección, impulsó su candidatura con complicidad de sectores judiciales afines y manipuló los resultados a su favor. Se produjeron entonces fuertes presiones cívico-militares, que condujeron a su renuncia, exilio y sustitución por una presidenta interina, Jeanine Áñez, de débiles convicciones democráticas.

Todo lo anterior se ha producido en un contexto de gran desaceleración económica, generada por la caída en el precio de los hidrocarburos, principal fuente de ingresos para un país con poca diversificación económica.

Parte de la popularidad de Arce se basa en que, como ministro de Economía y Finanzas de Morales, le correspondió administrar un período de bonanza en las exportaciones, que generaron tasas de crecimiento muy por encima del promedio latinoamericano. Además, a pesar del autoritarismo del entonces presidente y de su discurso acartonado de izquierda revolucionaria, no incurrió en los proyectos descabellados, ineficientes y dispendiosos de otros dirigentes autocráticos, como Hugo Chávez y Nicolás Maduro, en Venezuela, y Rafael Correa, en Ecuador, quienes desperdiciaron mucha de la riqueza producida por las exportaciones de petróleo y gas.

Podemos esperar, entonces, que Arce siga su línea de responsabilidad económica y fiscal, pero en condiciones sumamente desventajosas, que lo obligarán a una administración mucho más eficaz y eficiente, y a un abordaje de la política realmente democrático y abierto a sectores múltiples. Cuando menos, esto es lo deseable. Todo dependerá de qué ocurra en el seno de su partido, de cuánto consolide su independencia respecto a Morales y de cuál sea la actitud de la oposición boliviana.

Son interrogantes abiertas. Pero la certeza es que la democracia, por ahora, salió fortalecida en Bolivia y esta, por sí sola, es una excelente noticia.