Editorial

Editorial: Examen a Banca para el Desarrollo

Una banca para el desarrollo atendiendo actividades que la banca comercial ya cubre solamente es útil para alimentar el discurso populista

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Considerar la cantidad de dinero invertido en préstamos, el número de personas y grupos beneficiados y la mora crediticia brinda una fotografía incompleta de la labor del Sistema de Banca para el Desarrollo (SBD), creado en el 2008 para financiar proyectos productivos. Catorce años después, es preciso evaluar el impacto en el empleo, la creación de nuevas empresas, los encadenamientos y la productividad.

Un dato relevante para calificar la labor del SBD a lo largo de estos años, aunque no es el único, es el comportamiento de las exportaciones, ancladas aún en productos y mercados tradicionales. Una cartera con ¢529.253 millones (a octubre del 2021) debió haber incorporado hace tiempo a otros actores de conformidad con uno de sus principales objetivos: fomentar la innovación, la transferencia y la adaptación tecnológica con el propósito de elevar la competitividad de los beneficiarios.

Entre sus fallas figura la falta de coordinación entre las muchas entidades administradoras de los fondos: todos los intermediarios financieros públicos, el Instituto de Fomento Cooperativo (lnfocoop), instituciones públicas prestadoras de servicios no financieros y de desarrollo empresarial e instituciones u organizaciones estatales y no estatales que canalizan recursos públicos para el financiamiento y la promoción de proyectos productivos. Es el mismo efecto archipiélago presente en otros ámbitos del Estado, donde cada parte se gobierna sin comunicarse con las otras y la dispersión perjudica gravemente la consecución de un mismo fin.

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