
La Copa Mundial de Fútbol 2026 deja una enseñanza que trasciende el deporte. Aunque la FIFA aplicó por segunda vez su sistema de inteligencia artificial para filtrar miles de mensajes de odio en las redes sociales dirigidos contra jugadores, selecciones, árbitros y aficionados, la tecnología no pudo impedir que algunos dirigentes políticos del planeta continuaran alimentando el racismo, la xenofobia, la discriminación y otras expresiones de intolerancia desde sus tribunas públicas.
El torneo demuestra que la primera línea de defensa contra el lenguaje ofensivo no depende de un algoritmo, sino de la responsabilidad de líderes nacionales que, por la naturaleza de sus cargos, reciben atención pública y tienen una capacidad extraordinaria para moderar el tono del debate público.
Su obligación, entonces, es recordar que hablan para una sociedad que observa, escucha e interpreta qué conductas son admisibles; es recordar que las redes sociales funcionan como una caja de resonancia de aquello que se considera aceptable expresar en público. Si quienes ejercen el poder hablan con intolerancia, miles de ciudadanos interpretan que ellos también pueden hacerlo y comienza un efecto de cascada.
Las dos figuras políticas que más embarrialaron la cancha del Mundial, al menos en Occidente, fueron la senadora paraguaya, Celeste Amarilla, por sus insultos contra el jugador francés, Kylian Mbappé, después de que Francia eliminara a Paraguay en octavos de final; y el expresidente del gobierno español, Mariano Rajoy (2011-2018), quien reprodujo ese mismo patrón al salir a ofender a los franceses antes de la semifinal Francia-España.
En un planeta con más países de rasgos autoritarios que democráticos, con guerras interminables en Oriente Medio y Europa del Este, migraciones masivas, nacionalismos excluyentes y crecientes conflictos regionales, lo último que necesita la humanidad es convertir el deporte —uno de los pocos espacios donde todavía conviven personas de todos los continentes— en otra plataforma para alimentar la confrontación.
Las cifras de la FIFA demuestran los extremos a los que hemos llegado. De 3,8 millones de publicaciones analizadas en redes sociales durante la fase de grupos, la federación mundial tuvo que ocultar 388.000 comentarios para proteger a sus futbolistas, jueces y aficionados. Incluso, reportó que el porcentaje de expresiones racistas aumentó con respecto al Mundial de Catar 2022.
Esos datos, por sí solos, deberían bastar a cualquier autoridad política para convencerse del enorme peso de sus palabras. En pleno siglo XXI, es inaceptable que el color de la piel, el origen étnico o la ascendencia familiar sigan utilizándose como motivos para desacreditar a un ser humano.
Si Mbappé incurrió en una actitud antideportiva al no estrechar la mano del arquero paraguayo tras el pitazo final; critíquese esa conducta. Si tuvo un mal partido, critíquese su rendimiento futbolístico, pero eso no daba argumentos a una política paraguaya para cuestionar su origen.
Las personas deben ser juzgadas por lo que hacen, nunca por lo que son.
Rajoy nunca debió afirmar que Francia era una selección de “altísimo nivel”, pero “sin franceses”. Evidentemente no estaba analizando el fútbol de su rival; estaba poniendo en duda la condición de franceses de muchos de sus jugadores por su apariencia física. Ya fuera por ganar notoriedad o por ganar likes, trasladó al terreno de juego la falsa idea de que la nacionalidad puede medirse por rasgos étnicos y no por la ciudadanía.
Que esa afirmación provenga de un exjefe de Gobierno la hace mucho más grave. Quien ha dirigido un Estado democrático sabe —o debería saber— que la ciudadanía está definida por la Constitución y las leyes, y que supone la pertenencia plena a una misma comunidad política, con iguales derechos, deberes y dignidad. De ninguna manera la raza influye.
Francia sí jugó con ciudadanos franceses que representan la diversidad de un país forjado, como tantos otros, por siglos de migraciones, colonización, descolonización y mestizaje. Negarlo es desconocer la historia.
Y la historia también demuestra que los trágicos episodios de discriminación nunca comenzaron con un disparo. Comenzaron antes, cuando el lenguaje de voces influyentes convirtió a determinadas personas en “otros”; cuando los rasgos étnicos, el origen o la religión se convirtieron en motivos de exclusión.
Con tantos actos atroces que arrastra la humanidad, el deber de un dirigente consiste también en cuidar el lenguaje; considerar que el liderazgo auténtico no se mide por la capacidad de incendiar las emociones colectivas, sino por la valentía de impedirlas cuando amenazan la dignidad humana y la convivencia.
Y eso enseña este Mundial 2026: las palabras también gobiernan. Unas pueden abrir espacios para la paz y otras preparar el terreno para el odio. Y los políticos, precisamente por disponer del privilegio de ser escuchados, tienen una mayor responsabilidad para elegirlas bien y, sobre todo, dar ejemplo.
