El incremento de la violencia que envuelve a israelíes y palestinos desde los ataques terroristas de Hamás, el sábado 7, deja claras dos realidades innegables. Asumirlas y actuar en consecuencia resulta vital para la integridad y convivencia de ambos pueblos, su futuro político y la estabilidad de la zona.
La primera realidad es que solo a Hamás, con su despiadada acción de ese día, cabe la responsabilidad del comienzo de una dinámica de muerte que causa justificado rechazo, frustración, indignación y solidaridad internacional con Israel. A ella nos sumamos desde el principio. Ante tan brutal ataque, su gobierno tiene tanto el derecho como el deber de defenderse y, más aún, de neutralizar lo más posible a la organización terrorista responsable.
Esta reacción, sin embargo, debe evitar por todos los medios convertirse en una operación punitiva tan intensa e indiscriminada que convierta en sus principales víctimas a la población civil. Los muertos en ambos pueblos ya son demasiados: según estimaciones conservadoras, 1.300 israelíes y 1.900 palestinos. El número de estos últimos crece después de cada nuevo bombardeo a la Franja de Gaza. Ni que decir de una posible invasión y del impacto originado por el desplazamiento de cientos de miles de sus habitantes, más la falta de alimentos, agua y atención médica. De ahí a una gran tragedia humanitaria, la distancia es corta.
Bienvenidos, por ello, los pedidos de prudencia y contención. Israel es un Estado democrático, con poderosas fuerzas armadas y gran capacidad de defensa. Con las posibilidades y responsabilidades que esto implica, es que debe actuar, lo cual conlleva evitar todo exceso que torne a personas inocentes en víctimas dobles: de los terroristas y de sus acciones punitivas.
La segunda realidad es que no existirá paz posible en la zona si no se resuelve el problema palestino, y esto no será posible a menos que se avance con rapidez, responsabilidad, garantías y estricto acompañamiento internacional hacia el reconocimiento de un Estado soberano viable e integrado, que dé cobijo a la población palestina y le permita desenvolverse con paz y dignidad. Mientras su condición sea la de vivir hacinada en una franja sitiada (Gaza), en un territorio crecientemente desmembrado por asentamientos judíos ilegales (Cisjordania), o como desplazados en otros países, su frustración solo aumentará. Por ende, el caldo de cultivo para las peores formas de terrorismo, como el de Hamás o la Yihad Islámica, nunca dejará de hervir.
Por desgracia, las posibilidades de avanzar en tal sentido cada vez se alejan más. El 13 de setiembre de 1993, el primer ministro israelí Isaac Rabin y el presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) Yasir Arafat se dieron la mano en la Casa Blanca, con el presidente Bill Clinton como testigo, luego de firmar la Declaración de Principios sobre Acuerdos Interinos de Autogobierno, conocida como Acuerdos de Oslo. Se abrió así una ruta para la creación de un Estado palestino, mediante pasos paulatinos que culminarían a finales de esa década. Incluso, se acordó la posterior negociación sobre el estatus de Jerusalén, ciudad de enorme importancia religiosa para judíos, musulmanes y —en menor medida— cristianos. Fue un momento de esperanza. Pero pronto comenzó a esfumarse, hasta su agonía actual.
Benjamin Netanyahu, que ese mismo año asumió el liderazgo del Partido Likud, estuvo entre sus primeros opositores. El éxito electoral de 1996 lo convirtió en primer ministro, y aunque en algunos de sus gobiernos dio ciertos pasos que indicaban un posible cambio de posición, nada sustantivo ocurrió. Peor aún, la coalición que encabeza en este momento, que desde los puntos de vista religiosos, nacionalistas e ideológicos es la más radical que ha tenido el país, estimula nuevos asentamientos y permite agresiones de colonos contra la población palestina.
Por su parte, los sectores fundamentalistas palestinos, entre ellos Hamás y la Yihad Islámica, también han hecho todo lo posible por torpedear la posible solución de dos Estados, porque ni siquiera reconocen el derecho de Israel a su existencia. A esto se une el pésimo desempeño de la Autoridad Nacional Palestina, creada a raíz de los acuerdos de Oslo, que controla Cisjordania. Ha apostado sensatamente por la moderación; sin embargo, está anquilosada, deslegitimada y sin relevos con visión de futuro, razón por la cual la población joven cada vez confía menos en su liderazgo y se inclina más hacia grupos como Hamás.
Es en estas condiciones que se produjo el asalto terrorista y que empezó a desarrollarse la respuesta israelí. Con sensatez, podría pensarse que la situación límite actual llevaría a un cambio de postura y la búsqueda de opciones realistas para la paz. En esto podrían influir los líderes centristas opositores Benny Gantz y Gadi Eizenkot, quienes, convocados por Netanyahu, se incorporaron a un gobierno de unidad nacional provisional.
Hasta ahora, sin embargo, no hay señales en tal sentido. Algunos prominentes demócratas israelíes temen que, por el contrario, Netanyahu aproveche la coyuntura para radicalizar más su postura y no solo seguir su política de asentamientos, sino también de debilitamiento de la institucionalidad democrática israelí. De este modo trataría, además, de neutralizar las severas y justificadas críticas en su contra por la incapacidad de los servicios de inteligencia para prever el ataque, y de las fuerzas armadas para reaccionar con más rapidez.
En medio de un conflicto bélico es difícil pensar en la paz, sobre todo si ya han ocurrido tantas atrocidades. Pero es precisamente en estas coyunturas cuando más atención debe dársele y, como resultado, mayores esfuerzos deben desplegarse para responder sin excesos y actuar sobre las raíces que alimentan el conflicto y nutren de cuadros y apoyo a los terroristas. De ahí la importancia de una gran presión internacional, junto con propuestas imaginativas y realistas para romper el nudo gordiano de la violencia y la parálisis. También, la importancia de que, superado el terrible trauma, los demócratas israelíes redoblen sus esfuerzos no solo a favor de la paz, sino también de la salud política de su país.
