Los recientes incendios forestales australianos cobraron más de tres decenas de vidas humanas hasta la fecha. Dejaron a miles sin vivienda, contaminaron fuentes de agua y devastaron los bosques, donde millones de animales perecieron. El área arrasada es, por ahora, un 28 % mayor que el territorio costarricense.
Es como si las llamas hubieran devastado a nuestro país de frontera a frontera y de costa a costa, con una apreciable porción del territorio nicaragüense (más de la décima parte) consumido para completar la destrucción. Es difícil imaginarlo, pero la temporada de incendios forestales en el lejano continente apenas comienza.
La tragedia, transmitida por televisión, es una ventana al inquietante futuro del planeta flagelado por el cambio climático. Cielos de color naranja y bolas de fuego impulsadas por el viento. La lluvia, una bendición al fin y al cabo, se precipita a tierra cargada de ceniza tóxica. Los pobladores de las zonas afectadas deambulan confundidos y muchos se refugian en las costas para procurar la protección del mar.
En medio del dolor y la incertidumbre, Craig Kelly, un parlamentario del partido conservador, aprovechó una entrevista televisada para negar toda relación entre los incendios y el cambio climático. La ciencia dice lo contrario, pero eso importa poco a quienes rechazan la influencia humana sobre la crisis climática, casi siempre en defensa del desarrollo económico generado por los derivados del petróleo y la explotación irracional de recursos naturales.
El calentamiento global aumenta la frecuencia y severidad de los incendios forestales. Los científicos lo advirtieron hace años. Las olas de calor y las sequías preparan la vegetación para arder con incontrolable rapidez. Australia comienza su temporada seca en condiciones particularmente propicias para las llamas.
El año pasado fue el más caliente y seco en la historia del continente y diciembre fue uno de los dos meses con mayores temperaturas registradas. En las afueras de Sídney, los termómetros marcaron 48,9 grados Celsius y en la capital, Canberra, llegaron a 43,6. Pasada la época lluviosa con escasas precipitaciones, las zonas más afectadas por los incendios tardarán meses para volver a ver un aguacero.
En la región, existe un fenómeno climático similar a El Niño, pero los cambios en las condiciones naturales lo han hecho más frecuente y violento. El dipolo del océano Índico es un ciclo natural paulatinamente alterado por el aumento en las temperaturas del aire y el mar producto de la acumulación de gases de efecto invernadero. El fenómeno, causante de sequías y altas temperaturas en Australia, se está presentando en años consecutivos, como no ocurría en el pasado.
La crisis climática también se ensaña con los tesoros marinos australianos. La maravillosa Gran Barrera de Coral, el mayor arrecife de su tipo en el mundo, está en grave peligro por el aumento en las temperaturas del agua y la acidificación de los mares a consecuencia de las emisiones de carbono.
No obstante, el diputado Kelly y otros actores de la política australiana se empecinan en negar la evidencia. Hay grupos similares en todo el mundo y son mucho más numerosos e influyentes en países donde la economía de las emisiones es particularmente lucrativa. Australia es el principal exportador de carbón en el mundo y no por casualidad sus autoridades han sido reacias a adoptar medidas frente a la crisis climática. Pronto, los ciudadanos deberán preguntarse si valen la pena las ganancias a corto plazo.
Ya los políticos comienzan a adivinar la respuesta de un país horrorizado por los acontecimientos recientes. El gobierno conservador se apresuró a tomar distancia de su copartidario Kelly. El tesorero Josh Frydenberg aseguró que para la administración la crisis climática es real. “Aceptamos la ciencia”, añadió. David Littleproud, ministro del Recurso Hídrico, enfatizó que Kelly no representa el punto de vista del gobierno. Queda la duda sobre el momento en que ese reconocimiento se traducirá en acción.