
Hoy se conmemoran 25 años de los atentados terroristas más mortíferos registrados en la historia de la humanidad. En este doloroso y emblemático aniversario, debemos recordar a las víctimas que cobraron, el horror que sembraron, la conmoción global que generaron, las reacciones dispares que se sucedieron y los enormes cambios en las concepciones geopolíticas y de seguridad global a que condujeron.
El martes 11 de setiembre de 2001, en alrededor de una hora, cuatro acciones concertadas, sorpresivas y brutales, cobraron 2.996 muertes –incluyendo los 19 perpetradores–, casi 25.000 heridos y enormes pérdidas materiales. La gran catástrofe se produjo en Nueva York, eje del poder económico global, pero también pudo haber alcanzado incluso su epicentro político: la Casa Blanca.
Los atentados, perpetrados por el grupo terrorista islámico al-Qaeda, tuvieron sorprendente precisión y espectacularidad cinematográfica. A las 8:46 a. m. del martes 11 de setiembre de 2001, un avión de American Airlines, secuestrado por cinco terroristas, impactó la torre norte del Centro Mundial de Comercio, en Manhattan. Apenas 17 minutos después, otra aeronave, de United Airlines, lo hizo contra su “hermana” del sur.
A las 9:37 a. m., el vuelo 93, de la misma aerolínea, chocó con el lado oeste del Pentágono, sede del Departamento de Defensa, en las afueras de Washington D. C. La nave destinada a la Casa Blanca, también de American, no alcanzó su objetivo: la resistencia heroica de sus ocupantes hizo que se precipitara en un campo de Pensilvania. Todos murieron.
Las Torres Gemelas, icónicos símbolos arquitectónicos neoyorkinos y globales, se desplomaron en medio de una ola destructiva que arrasó con edificios aledaños. Muy pocos ocupantes, de múltiples nacionalidades y condiciones, lograron salvarse. El Pentágono sufrió daños apreciables, pero controlados; sin embargo, no hubo sobrevivientes del avión que lo impactó.
Nunca Estados Unidos había sufrido un trauma colectivo tan profundo y extendido.
Hoy, de nuevo, honramos a las víctimas, renovamos el apoyo solidario a sus seres queridos, rechazamos el fanatismo asesino, condenamos sin fisuras el uso de la violencia indiscriminada como instrumento de acción o reivindicación, y confiamos en que el récord establecido por tan enorme crueldad nunca llegue a ser emulado.
El sentido de vulnerabilidad generado por los ataques, el inaceptable fracaso del aparato de inteligencia estadounidense para impedirlos, el justificado clamor por castigar a sus responsables y la exigencia de garantizar la seguridad interna a toda costa condujeron muy pronto a una serie de profundas transformaciones en las concepciones políticas y estratégicas de Estados Unidos y sus aliados.
Muchas de esas respuestas fueron necesarias; otras condujeron a decisiones políticas desacertadas y hasta traspasaron límites intolerables en materia de derechos humanos.
La “guerra contra el terror” acaparó una obsesiva atención de la política exterior estadounidense e impactó en el resto del mundo. Pocas semanas después de los ataques, el entonces presidente, George W. Bush ordenó invadir Afganistán, madriguera de Osama bin-Laden, cabecilla de al-Qaeda.
La OTAN, gran alianza defensiva occidental, invocó por primera vez su cláusula de solidaridad con un miembro agredido y respaldó la invasión. Poco menos de diez años después, el 2 de mayo de 2011, fuerzas especiales estadounidenses eliminaron a bin-Laden en Pakistán.
En marzo de 2003, Estados Unidos invadió Irak para desplazar del poder al dictador Saddam Hussein. Lo lograron. Sin embargo, el vacío creado generó mayor inestabilidad en el Cercano Oriente e incrementó la influencia de Irán en su vecino.
Decenas de supuestos cómplices de los atentados del 11-S fueron apresados y quedaron en un limbo legal, la mayoría de ellos recluidos en la base naval estadounidense de Guantánamo, Cuba. El uso de técnicas de tortura en múltiples interrogatorios de presuntos terroristas, sobre todo en prisiones iraquíes, fue notorio.
La Ley Patriota, aprobada por el Congreso estadounidense en el mismo año 2001, abrió el camino a métodos de vigilancia interna impensables hasta entonces. Al año siguiente, la Ley de Seguridad Nacional estableció el departamento (ministerio) con ese nombre, que concentra enormes poderes y ha servido de plataforma, entre otras cosas, para la represión migratoria.
Como resultado, las acciones del terrorismo islámico disminuyeron considerablemente. Sin embargo, han surgido nuevos focos de inestabilidad, junto a otras modalidades de violencia terrorista y estatal, además de guerras civiles e interestatales.
Ha quedado demostrado que solo el uso de la fuerza actuará como eficaz contención inmediata, pero tendrá menores efectos positivos a largo plazo. Las respuestas más eficaces deben basarse en alianzas permanentes, límites adecuados, abordajes más balanceados e integrales y mayor coordinación global, con apego a la legalidad internacional.
La tarea resulta compleja, pero emprenderla –aunque sea sin certeza de éxito total– sería el mejor tributo a las víctimas de hace 25 años. Vale la pena recordarlo hoy, cuando sus nombres sean leídos hoy en el memorial que las honra, con conmovedora sobriedad, en el sitio antes ocupado por el Centro Mundial de Comercio.
