Crisis y esperanza

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Como ocurriría más tarde en las ciudades atlánticas cuyo esplendor decimonónico se debió en buena parte al tráfico de esclavos africanos, a partir del siglo XIII los palacios de algunas ciudades italianas, especialmente Venecia y Génova, fueron financiados con la sangre y el sudor de esclavos traídos desde las costas orientales del mar Negro. A partir de Tana, ciudad fundada por los venecianos en la desembocadura del Don, y de Kaffa, colonia genovesa en la península de Crimea, los italianos establecieron una red comercial que les permitió explotar el trasiego de esclavos adquiridos en Asia Central y en parte de lo que hoy es el sur de Rusia. Fue tan importante este comercio que, en Venecia, el Senado ejercía directamente su supervisión. Todo fue bien para las economías globalizadas de ambas potencias italianas durante el siglo XIII; sin embargo, la gran oportunidad comercial de los insignes coyotes medievales se presentó cuando –globalización es gloria–, un día de 1347 cierto viajero desembarcó en Kaffa.








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