Roberto Sasso. 20 diciembre, 2018

Existe una tendencia a medir el ancho de banda únicamente por la velocidad de bajada, es decir, la velocidad de descarga de contenido de Internet.

La de subida suele ser mucho menor. Podría deberse a que en los medios de comunicación antiguos los usuarios éramos solo consumidores, nunca productores de información. Pero también habría otras razones, más o menos nefastas y conspirativas.

Si bien la banda ancha está mucho más generalizada que hace 13 años, la velocidad de subida sigue siendo angosta

En junio del 2005, escribí, en esta misma página, un artículo titulado “Digitalicémonos”, donde exhortaba a una más rápida adopción de las tecnologías digitales, así como un cambio cultural donde los medios digitales fueran la manera estándar de hacer las cosas, y los análogos –como trámites presenciales– solo de uso en circunstancias excepcionales.

En estos 13 años, hemos, como país, adoptado las tecnologías digitales bastante bien, sobre todo, las móviles, pero el cambio cultural ha sido lento.

Recientemente, tenía una cita en el centro de San José, y como el tránsito es totalmente impredecible, llegué temprano y decidí contratar un limpiabotas. Mientras me lustraba los zapatos, se acercó un muchacho y puso su oído muy cerca del limpiabotas, quien le susurró varios números.

El muchacho rápidamente digitó los números en su tableta e imprimió un recibo en una pequeña impresora que traía ajustada al cinturón, a cambio de lo cual recibió unos colones. Todo en menos de 30 segundos.

Es probable que la transacción que observé haya sido algún tipo de lotería informal, no quise preguntar, pero evidenció que, en algunos círculos, la tecnología digital se está enraizando.

En el sector formal casi todos usan facturas digitales. A pesar de los problemas presentados, el avance es positivo. Descubrir que esa factura no tiene valor ante los tribunales no es sorprendente porque a menudo descubrimos entuertos semejantes, pero es decepcionante ya que atenta directamente contra la creación de la cultura digital, especialmente, en el Estado, donde más falta hace.

Progreso a medias. El expediente de salud es sin duda un gran avance –aunque no sea único, pues hay montones de expedientes de salud en el sector privado–. Pero seguimos sin tener expediente de educación; los sistemas de papel siguen siendo la norma.

Considero que el mayor problema de todos es la infraestructura digital. Con frecuencia se escuchan comentarios sobre las tecnologías disruptivas de la Cuarta Revolución Industrial y cómo enfrentarlas o aprovecharlas, pero ni siquiera contamos con la infraestructura digital de la Tercera Revolución, que es precisamente la digital.

La situación de nuestra infraestructura vial es, tal vez, lo peor que tenemos. La calidad de vida de los ciudadanos se ve gravemente disminuida todos los días cuando se trasladan de un lugar a otro.

Unos reclaman que hay demasiados vehículos, otros que el transporte público es ineficiente. Todos concuerdan con que la educación vial es un desastre y esperan que más y mejores calles alivien el problema, mientras el ruido y el humo siguen su crecimiento exponencial.

Yo insisto en que el teletrabajo es la única respuesta a corto plazo. Pero el teletrabajo tiene muchos peros. Falta experiencia en administración por productividad en vez de presencia, falta una ley, faltan oficinas en las afueras de la ciudad donde trabajadores de distintas empresas e instituciones compartan espacios debidamente acondicionados sin tener que sufrir la entrada y salida a la ciudad todos los días. Pero, principalmente, falta experiencia en la utilización de una tecnología muy vieja: la videoconferencia.

La videoconferencia es una tecnología vieja y barata. Debería ser de las más populares, pues evita muchos traslados que se efectuarían solo para conversar, las reuniones (casi todas) se harían si más gente pudiera aprovechar los beneficios de la videoconferencia.

Para que la videoconferencia funcione, es necesario contar con banda ancha. Si bien la banda ancha está mucho más generalizada que hace 13 años, la velocidad de subida sigue siendo angosta, mientras que las conexiones simétricas (igual velocidad de subida que de bajada) son ridículamente caras.

Obviamente, para obtener una buena experiencia de una videoconferencia es necesario contar con banda ancha en ambos sentidos (subida y bajada). Una conexión que ofrece, digamos, 5 Mbps de bajada y 0,5 Mbps de subida, si bien puede servir para ver Netflix, no funciona para una videoconferencia.

Hace unos años un funcionario de la Superintendencia de Telecomunicaciones (Sutel) me comentó que el 90 % del costo de una conexión a Internet es la porción internacional (el cable submarino). Si eso es así, se hace bastante obvia la posibilidad de brindar servicios de videoconferencia locales a un costo mucho menor.

Servicio. La masificación de este recurso le daría un buen empujón al teletrabajo, pero probablemente no sería suficiente. Se me ocurre que el teletrabajo debería ofrecerse como un servicio, que incluya, además de conexión de banda ancha simétrica y barata, el uso de escritorios virtuales, micrófonos y cámaras especiales para salas de reunión, servicios se administración del cambio y acompañamiento sicológico.

El pago de dichos servicios podría, también, enmarcarse como un porcentaje de los beneficios logrados. Los beneficios son cuantiosos.

Un trabajador que pierde 90 minutos de ida y otro tanto de regreso diariamente, si todos teletrabajáramos dos días a la semana, ahorraríamos tres horas diarias en esos dos días y media hora diaria los otros tres días (ya que habría 40 % menos tráfico), o sea 7,5 horas a la semana, es decir, más de 370 horas al año.

Si el valor de la hora promedio es de ¢5.000 y somos medio millón de personas perdiendo el tiempo en el tráfico, solo el ahorro del tiempo de los trabajadores es cercano a $1.500 millones anuales.

A lo anterior debemos sumarle el ahorro de combustible, el ahorro en espacio de oficinas, el ahorro en los servicios de salud dedicados a problemas respiratorios causados por el humo, el beneficio para el medioambiente, el aumento en productividad y, el más difícil de medir, la mejoría de nuestra calidad de vida.

El autor es ingeniero, presidente del Club de Investigación Tecnológica y organizador del TEDxPuraVida.