Deyvid Ribeiro. 2 julio, 2018

Nací a inicios de los 80, en una pequeña ciudad del norte de Brasil. Era de los tipos de comunidades donde todo lo novedoso llega tarde. Aun así, yo tuve el privilegio de presenciar el ascenso meteórico de la evolución digital. Sin duda, es mucho más práctico recibir un mensaje por WhatsApp que por telegrama.

La velocidad con la cual la tecnología avanza siempre me encantó. Mi generación fue testigo de inventos que apenas eran posibles en los cómics, películas y series .

Recuerdo con nostalgia las horas que pasé en las bibliotecas públicas leyendo novelas, ciencias e historia. No lo hacía solo por el gusto por la lectura, sino porque deseaba tener argumentos sólidos y actuales para usarlos en las conversaciones entre amigos y familiares. Para obtener conocimiento en aquella lejana época de los 80 y 90, era necesario leer libros, revistas o dialogar con alguien que dominara el tema. Ser un nerd en los 90 no era fácil.

La era de la información se ha vuelto la era de la desinformación, y cada vez que leemos, no aprendemos: desaprendemos

De todas las innovaciones de las cuales fui testigo, Internet fue la más grandiosa. No solo por facilitar la comunicación a larga distancia, sino por la difusión rápida del conocimiento. A finales de los 90, aumentaban las personas que dominaban los temas científicos y contemporáneos. Este fenómeno se incrementaba conforme aumentaban los usuarios de Internet.

Este hecho fue el inicio de la era de la información, donde todos teníamos acceso fácil al conocimiento gracias a Internet. Ya no era necesario ir a una biblioteca a leer libros y libros; bastaba con buscar el tema en específico para obtener millares de fuentes de información. Hasta mis amigos dominaban asuntos complejos sin haber leído ningún libro sobre eso. La Internet es un magnífico aporte para la educación y difusión de la ciencia.

Desvirtualización. Infelizmente, en la actualidad, se observa un efecto contrario, nocivo y penoso. Con la democratización de los contenidos en Internet, muchas personas creen prácticamente todo lo que se publica ahí. Eso ha creado una generación que consume informaciones falsas o erróneas. En la última década, he observado el aumento gente defensora del conocimiento falso.

A lo largo de la historia han existido comunidades cuya base de conocimiento proviene de fuentes inseguras y falsas. Podríamos afirmar que esto ocurría por falta de formación académica de calidad para clasificar adecuadamente la información. Pero dicha circunstancia es inadmisible en pleno apogeo de la era de la información.

Incluso académicos y profesionales defienden a capa y espada absurdos como que la tierra es plana, el nazismo bueno, la relación eclipse versus malos augurios, un planeta invisible próximo a la Tierra, las razas de lagartos inteligentes entre nosotros y el Estado laico es sinónimo de Estado ateo.

Las personas no diferencian lo lógico de lo ilógico o lo real de lo irreal, cuando se trata de información obtenida de Internet, en especial de redes sociales como Facebook o WhatsApp.

Creer en lo que ya estamos predispuestos a creer es natural en el ser humano. Este fenómeno abarca a todos los niveles académicos. Pero creer en algo falso y buscar fuentes para sostenerlos es inaceptable para un académico, en especial para quienes ostentan un título de doctor, pues estos últimos conocen algo del método científico o por lo menos del método de selección de información. Aun así, algunos también defienden el falso conocimiento.

Además de no utilizar el sentido lógico para clasificar los datos, las personas están siendo bombardeadas constantemente con información. Un estudio del 2008 llevado a cabo por la Universidad de San Diego concluyó que cada estadounidense consume diariamente 38 gigabytes de información provenientes de distintas fuentes, entre ellas Internet. Esta cantidad equivalente a 68 películas o a leer 34.000 libros de 200 páginas. Absorbemos tanta información diariamente que no podemos analizarla de forma adecuada. Entonces, acabamos haciendo un análisis superficial.

Acríticos. Nicholas Barr, analista de la información digital, en su libro The Shallows: What Internet is Doing to Our Brains, afirma que “cuando estamos conectados, nos sumergimos en un ambiente que promueve una lectura superficial, apresada y obviamente un aprendizaje superficial. Por tanto, leer desde Internet nos está dejando más superficiales y con menor capacidad de pensamiento crítico”.

Debido a todo lo anterior, la era de la información se ha vuelto la era de la desinformación, y cada vez que leemos, no aprendemos: desaprendemos.

Jaime Balmes dice: “En la lectura debe cuidarse de dos cosas: escoger bien los libros y leerlos bien”, sin embargo, debe ser actualmente adaptada a “en la Internet debe cuidarse de dos cosas: escoger bien la fuente y leerla racionalmente bien”. Si adoptamos este concepto, se evitará el aprendizaje de falsos conocimientos científicos, crear o difundir noticias falsas o promover el odio y la discriminación.

El autor es consultor.