Mi generación de médicos conoció principalmente en los libros la poliomielitis, la difteria y muchas de las complicaciones del sarampión. No fue casualidad. Costa Rica comenzó a vacunar tempranamente, alcanzó buenas coberturas, incorporó nuevas vacunas y entendió la inmunización como una política de Estado. Así, infecciones que habían enfermado, incapacitado o matado niños fueron desapareciendo de nuestros hospitales y también de nuestra memoria.
Ese es uno de los grandes éxitos de la salud pública. Pero encierra una paradoja: cuando dejamos de ver una enfermedad, podemos olvidar por qué dejamos de verla.
Por eso importa lo que está ocurriendo en Estados Unidos. Donald Trump impulsa cambios profundos en el calendario infantil y utiliza a Dinamarca como referencia: si ellos vacunan rutinariamente contra menos enfermedades, ¿por qué Estados Unidos no?
La pregunta parece sencilla. La respuesta no lo es.
Dinamarca no es Estados Unidos. Cada país construye su calendario según su epidemiología, sus riesgos, su sistema sanitario y su capacidad para garantizar seguimiento y acceso oportuno. Estados Unidos, además, llega a esta discusión en un momento particularmente delicado: las coberturas infantiles han disminuido y, al 13 de agosto de 2026, acumulaba 2.566 casos confirmados de sarampión. Precisamente, una enfermedad tan contagiosa que exige coberturas cercanas al 95% con dos dosis para evitar brotes.
No se pueden comparar calendarios contando vacunas. Sería como comparar dos tratamientos contando medicamentos, sin conocer a los pacientes.
Hay, además, una paradoja interesante. Dinamarca, utilizada ahora para justificar menos vacunas, posee algunos de los mejores registros epidemiológicos del mundo. Un estudio que incluyó a 657.461 niños no encontró asociación entre la vacuna triple viral (sarampión, paperas y rubéola) y el autismo. Dinamarca no nos enseñó que debamos temer a las vacunas; nos ayudó a demostrar que no causan autismo.
Aquí aparece la ley de las consecuencias imprevistas. Separar vacunas puede presentarse como prudencia, pero significa más consultas, más retrasos y más oportunidades perdidas. Reducir las recomendaciones universales puede presentarse como libertad individual, pero, si disminuyen las coberturas, regresan las enfermedades. Entonces, la decisión deja de ser únicamente individual.
Quien se vacuna también protege al recién nacido, todavía demasiado pequeño para completar su esquema, al paciente inmunosuprimido y a quien no puede recibir determinada vacuna. Mi vacuna también protege a otros.
¿Y Costa Rica?
No debemos copiar a Estados Unidos ni a Dinamarca. Tenemos nuestra propia epidemiología, nuestra Ley Nacional de Vacunación y una institucionalidad que durante décadas comprendió algo fundamental: las vacunas son una intervención médica y, al mismo tiempo, una herramienta de salud pública. Debemos protegerla, porque los virus cruzan fronteras, pero las ideas y la desconfianza también.
Quizá esa sea la consecuencia imprevista que más debería preocuparnos: haber vacunado tan bien que terminemos olvidando por qué vacunamos.
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María L. Ávila Agüero es pediatra infectóloga, jefa del Servicio de Infectología del Hospital Nacional de Niños y miembro de la Academia Nacional de Ciencias y de la Academia Nacional de Medicina.
