Velia Govaere. 25 septiembre, 2018

¡Cómo cuesta que el teclado se resista a los buenos deseos! La tentación de escribir finales felices es demasiado grande. Pocos autores se atreven a terminar un relato en duelo. Así me ocurre ahora, cuando en el horizonte veo signos de una tormenta perfecta: crisis fiscal, disfuncionalidad legislativa y un Estado ineficiente en el entorno escabroso de la tragedia de Nicaragua, con su crónica anunciada de un alud humano en nuestras fronteras. Pero la cigarra nacional prefiere seguir cantando: “El pueblo unido jamás será vencido”.

Ortega es retratado al borde del colapso. Lo mismo Maduro, varias veces declarado moribundo. La OEA condena esto y aquello. Con cada censura, salta el corazón sobre el teclado para declarar victoria. Eso hace popular a los escritores. Pero 60 años y tres generaciones fueron necesarios para que el refugiado cubano perdiera el apetito de consumir risueñas expectativas literarias. Es duro sobrellevar la impotencia frente al infortunio. Darío no lo soportaba y pedía que se abominaran “los ojos que ven solo zodíacos funestos”.

Ese sunami que viene, imposible de detener con cantos y panderetas, tampoco nos dejará excepcionales. Nos pondrá, más bien, en el lugar que nuestra indolencia nos depara

Pero hoy mi teclado se resiste a la prosa optimista. Un crudo realismo desgarra los mejores sueños. Ni los avances de la ciencia con nuevas fronteras nos pueden rescatar de la trampa política que todo lo enturbia y todo lo esteriliza.

Ese es el nudo gordiano del mundo: el desfase de nuestra cultura política con el universo del espíritu creativo de la tecnología. Amarramos lo intangible con burocracia y nos quedamos atrapados, también nosotros, en esa telaraña.

Con qué dolor se ven compatriotas marchando contra el plan fiscal, acuerpando el bloqueo de un, ya de por sí, pusilánime intento de saneamiento de nuestras finanzas públicas, desdentado desde su cuna, para romper la coalición de los privilegios.

Manipulación. Se cercenó aquí para que no se oponga este; allá, para que no salte aquel y, entre corte y corte, nos quedamos cortos. Gigantes industriales, como la Dos Pinos y grandes financieras, se guarecen bajo la perversa sombrilla del cooperativismo y terminan colegiados con la franquicia de salud, beneficiaria automática de todo aumento salarial. Pero como los privilegios hay que disfrazarlos, cada cual viene con su “pobrecito” de la mano, como los industriales del arroz, lobos disfrazados de “ovejas”, en la forma de pequeños agricultores, en perjuicio de todos los consumidores, en especial los más pobres. Consigna del día: ¡Busque su “pobrecito” y póngalo de bandera en el estandarte de las falsas causas!

Estamos frente a un proyecto de reforma fiscal con más portillos que lo que habríamos deseado, educación privada incluida. Con todo y plan fiscal aprobado, el déficit será de un 7,2 % del PIB al final de este año; la deuda, un 53,8 % del valor de todo lo que producimos, y pagaremos por ella un 17 % por concepto de intereses. Tal cual, es insuficiente; mejorarlo, utópico; y su demora, catastrófica. Aun así, falta, para un veredicto final, el enfrentamiento inevitable con quienes quieren sepultarlo. Ni suizos, ni irlandeses, somos más latinoamericanos de lo que nos gustaría aceptar, proclives en la irresponsabilidad a dejarnos amansar solamente por catástrofes. ¡Valiente rebeldía!

Mientras tanto, la incertidumbre política regional nos acecha en las fronteras. Una avalancha de refugiados prediseña el espectro político de la intolerancia que ya define las atmósferas electorales de países más avanzados. La otredad pareciera insoportable. Cuando tenemos a los “otros” en el vecindario, ya no los queremos. Es fácil la narrativa solidaria, pero la realidad de miles de refugiados nicaragüenses aplasta la retórica y nos confronta con la necesidad de mayor gasto social y mayor tensión de nuestros ya tirantes recursos hacendarios. Es la tormenta perfecta.

Otras víctimas. Cuatro millones de refugiados venezolanos han penetrado Brasil, Colombia, Perú y Ecuador. Pequeñas ciudades vieron llenar sus calles de miles de emigrantes, con la desesperación y angustia de abandonarlo todo por un trozo de pan que el socialismo petrolero del siglo XXI ya no puede garantizar para sus hijos. Ninguna descripción de esa tragedia es suficientemente cruda. La política internacional tiene amagos de peste y su hedor llegó a nuestra frontera norte. Ahí se dibuja un escenario similarmente dantesco, frente al cual el listado de pensiones de lujo publicado por La Nación ofende las fibras más elementales de nuestro sentido no solo de equidad, sino también de sostenibilidad.

Triste consuelo, pensar que, faltos de vigor y voluntad de acuerdos, a esa bestia también la domará una catástrofe financiera. Ese sunami que viene, imposible de detener con cantos y panderetas, tampoco nos dejará excepcionales. Nos pondrá, más bien, en el lugar que nuestra indolencia nos depara.

En esas aguas turbulentas, un capitán dirige la nave. La tormenta no es el mejor momento para promover motines a bordo. Así lo han comprendido todos los capitanes que dirigieron nuestro destino y se unieron para acuerpar su faena. La crisis se acerca en una coyuntura menos favorable que la griega. La incertidumbre internacional se suma a la hecatombe financiera autoinfligida y se agrava con la ineficiencia patética de nuestro Estado, enfermo de opacidad y convenientemente atrasado de modernidad.

Impedidos de cambiar el rumbo de Nicaragua y amarrados a la disfuncionalidad legislativa, solo quedamos como voz que clama en el desierto por una hermandad que no tenemos y una disposición al sacrificio solidario que no alcanzamos. ¿Dónde encontrar la esperanza, en esta entreabierta caja de Pandora? Los antiguos griegos lo dijeron: preciso es que primero salgan desbocadas las desgracias. A pesar de ello, quiero creer que aún existe un poder ciudadano oculto que no defienda intereses y nos desate de las amarras de la mezquindad. Ya bien decía Nietzsche que cambiaría un reino por una palabra sensata. Al fin y al cabo, solo somos humanos, demasiado humanos y nada excepcionales.

La autora es catedrática de la UNED.