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Una dosis de eurorrealismo

En Europa, huir de la complacencia se confunde muy a menudo con abrazar un pesimismo paralizante, cuando debería conllevar una evaluación rigurosa y ecuánime de nuestras fortalezas y debilidades

Hace tiempo que la imagen se ha hecho familiar: Estados Unidos y China presentadas como dos fuerzas en permanente colisión, pugnando por la supremacía global. En la tecnología, en el comercio, en el ámbito militar, en el ciberespacio o incluso en el espacio exterior, la rivalidad entre estas dos potencias es más que patente y, sin duda, definirá la trayectoria de la humanidad en el siglo XXI. Pero el mundo no es solo cosa de dos, y representar nuestra caleidoscópica realidad en blanco y negro es más propio de épocas ya superadas.

En el actual escenario internacional, la Unión Europea pasa más desapercibida de lo que debería, pero menos de lo que ella misma cree. Hay que admitir que la UE se expresa a menudo de manera cacofónica y que, cuando logra transmitir una armonía, su voz suele sonar algo apagada.

También es cierto que Europa no está a la altura de EE. UU. y China en lo que se refiere al desarrollo de tecnologías estratégicas como los semiconductores y la computación cuántica. Sin embargo, quizá porque los europeos seguimos evocando los tiempos en que —para bien o para mal— éramos el indiscutible centro de atención del planeta, ahora tendemos a desdeñar nuestras aportaciones e infravalorar nuestro margen de maniobra.

¿Qué mejor ejemplo que el comercio? Incluso quienes tienen una visión reduccionista del proyecto europeo deberán reconocer que, cuando menos, hemos establecido un mercado único cuya regulación depende en exclusiva de las instituciones comunitarias.

En buena lógica, por tanto, el peso comercial de la UE en el mundo debería mostrarse siempre de forma agregada. No obstante, los marcos analíticos tradicionales —que otorgan primacía a los Estados— y la «guerra comercial» que se desató entre EE. UU. y China nos han llevado a exagerar el alcance de estos dos países en detrimento de Europa, dibujando una panorámica deformada del comercio internacional.

Ciñámonos, pues, a los datos: en comercio de mercancías, la UE es la mayor exportadora y la segunda mayor importadora (ligeramente por detrás de EE. UU.) a escala global.

En servicios, la Unión lidera con solvencia tanto en exportaciones como en importaciones. A esto se añade que la UE se codea con EE. UU., y se halla muy por delante de China, como proveedora y como receptora de inversión extranjera directa (excluidas las inversiones entre Estados miembro).

Por otro lado, en lo concerniente a la ayuda oficial al desarrollo, la UE se sitúa de nuevo claramente al frente, con un montante colectivo más de dos veces superior al de EE. UU.

Una de las críticas más recurrentes a la UE es que le falta «poder duro». Hay algo de verdad en ello: al fin y al cabo, la UE nunca fue pensada como alianza militar, a diferencia de la OTAN. La debacle afgana resalta la necesidad de desarrollar unas capacidades militares europeas que siguen adoleciendo de una excesiva fragmentación y dependencia externa.

Pero eso no significa que sean irrelevantes, como evidencian nuestras numerosas misiones en el exterior. Tampoco conviene pasar por alto la dimensión económica del poder duro, porque ya hemos comprobado que la UE —la segunda economía mundial tras EE. UU., en términos nominales— tiene poco que envidiar a sus competidores.

En cuanto al «poder blando» de atracción y persuasión, a primera vista puede parecer demasiado etéreo para un contexto marcado por crudas tensiones geopolíticas. Pero, de hecho, no deja de ser un reflejo de tendencias políticas, sociales y económicas que condicionan el desempeño de toda potencia a corto y largo plazo.

El reputado índice Soft Power 30 contempla esencialmente seis categorías: el atractivo cultural, la infraestructura digital, el potencial educativo, el ecosistema empresarial y económico, la destreza diplomática y la calidad de la gobernanza.

De acuerdo con la última versión del índice —que data del 2019—, 4 de los 10 primeros países (y 16 de los 30 que integran la lista) pertenecen a la UE. Estados Unidos ocupa la quinta posición y China la vigesimosétima.

Si se elaborara el mismo índice en el 2021, a buen seguro se otorgaría más relevancia a la salud pública. Acerca de esta cuestión, sobran los paños calientes: la UE ha sufrido la pandemia en mucha mayor medida de lo que podía esperarse. El fracaso, no obstante, se ha visto atenuado por la adopción de un ambicioso plan europeo de recuperación económica, así como por la actual campaña de vacunación, que ha tomado impulso apoyándose en unos sistemas sanitarios de primer orden.

Los cuatro países más poblados de la UE —Alemania, Francia, Italia y España— ya superan a EE. UU. en porcentaje de población vacunada con pauta completa. Además, nuestros compromisos de donación de vacunas están ganando en ambición.

La UE también está ejerciendo su liderazgo en otras materias que marcarán lo que queda del siglo. Entre ellas destaca la transición ecológica, que la Comisión Europea pretende acelerar mediante el paquete Objetivo 55, anunciado recientemente. Dicho paquete prevé una actualización del marco legislativo europeo con tal de garantizar, como mínimo, un 55 % de reducción de emisiones de aquí al año 2030 (respecto a los niveles de 1990).

De adoptarse, podría devenir una nueva muestra del potencial regulatorio de la UE, que se ha acostumbrado a exportar sus estándares al resto del mundo. Este fenómeno, que se extiende a ámbitos tan diversos como la protección de datos o la política de la competencia, constituye lo que la profesora de Columbia Anu Bradford llama el efecto Bruselas.

La especialidad de la UE no es atraer el foco internacional, sino operar entre bastidores. Aunque sigamos ocupando una posición vulnerable en ciertas cadenas globales de suministro, y aunque hayamos desatendido algunos conflictos que nos afectan directamente (como el de Siria y el de Libia), generalmente nuestra influencia se hace notar.

Y el mundo la suele apreciar, porque trae aparejados incentivos más que sanciones, porque emana de un espíritu cooperativo y multilateral, y porque supone un soplo de aire fresco frente a quienes conciben el sistema internacional como si de una dicotomía se tratara.

En Europa, huir de la complacencia se confunde muy a menudo con abrazar un pesimismo paralizante, cuando debería conllevar una evaluación rigurosa y ecuánime de nuestras fortalezas y debilidades.

Como nos recuerda la brillante actuación de nuestros atletas en los Juegos Olímpicos de Tokio, Europa sigue teniendo una presencia más que notable en el mundo. Reforzarla depende de reivindicar una idea fundamental: la Unión es mucho más que la suma de sus partes.

Javier Solana es distinguished fellow en la Brookings Institution y presidente de EsadeGeo-Center for Global Economy and Geopolitics.

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