
Me pondré en “modo abuelita” y comenzaré este artículo diciendo: “¡Ah, las cosas que se ven en estos tiempos!”.
No sé si decir que los humanos somos seres utópicos o unos cínicos desvergonzados.
Lo primero implicaría que, si bien no lo alcanzamos la mayor parte de las veces, nuestro impulso ético y hacia el bien es lo que guía nuestras vidas. Lo segundo, que somos capaces de exigir determinados estándares a los demás, e incluso de mostrar horror frente a lo que merece ese nombre, aunque en el segundo anterior o en el siguiente hayamos dicho o hecho exactamente lo mismo o peor.
Lo cierto es que los recientes sustos a propósito de los llamados therians me han dejado todavía más confundida.
A las personas, generalmente jóvenes, que ensayan esta “novedad” en nuestra aldea, e inclusive a otras que no lo hacen pero que no pertenecen al partido político de quien las señala, se les atribuye una presunta renuncia a su humanidad e, incluso, haber perdido la sanidad mental (“es gente medio tocada”).
Pero quien lo dice se jacta de ser un jaguar, ha emitido rugidos endebles en la televisión pública tratando de aparentar ser uno, y considera que sus seguidores son, todos y todas, animales de esta especie. Pero esta variante de therian no causó ningún amago de pánico moral, sino todo lo contrario, un hálito de supuesta superioridad moral.
Efectivamente, ni novedad ni exclusividad. Ustedes y yo vivimos desde hace varios años ya en sociedades en las que muchas familias tienen “perrhijos” y “gathijos” en vez de hijos humanos y a nadie se le ha ocurrido cuestionar la elección de estas personas como resultado de alguna “ideología de género”, de la locura o de la deshumanización.
Cada mañana, cuando salgo a caminar por mi barrio, me veo obligada a bajarme de la acera porque quien viene frente a mí la ocupa toda con su infante de cuatro patas, que, además, levanta una y orina los arbustos dejándolos pestilentes. Ni qué decir de los “recuerdos” más sólidos que siembran junto a la acera esos hijitos, tan queridos, cuando sus papás y mamás optan por no recogerlos, sino por dejárnoslos como la ofrenda más preciada.

Es cierto que no soy una dulce ancianita, sino que me parezco más a la dueña del canario Piolín, que le daba sombrillazos al gato Silvestre cada vez que este intentaba comérselo, pero, hasta donde supe gracias a la educación cívica que se impartía y valoraba en el pasado, la preferencia en el uso de las aceras la deberían tener los seres humanos sobre los animales, sin importar el sexo o la edad. Es un asunto de pura educación.
En fin, a muchos hombres les gusta referirse entre ellos, en broma o en serio, como a “perros”. Conozco al menos un billar que invita a consumir este maravilloso juego con una gran pintura de un can con sombrero y anteojos oscuros sujetando el largo palo con el que es retado a meter las bolas en los huecos.
Por cierto, a mí me apasiona jugar billar y una vez entré allí y empecé a divertirme con los desafíos de la geometría y la física que implica ese juego, pero pronto me tuve que ir, o, mejor dicho, me echaron, porque los varones comenzaron a contarse, es decir, a ladrarse, anécdotas cada vez más obscenas e inenarrables.
En otras ocasiones, aunque las personas no sean therians por su propia voluntad, son convertidas en animales por alguien. El caso más emblemático fue cuando una diputada del oficialismo le dijo a un diputado de oposición que él y su bancada parecían “Don Gato y su pandilla”, y este, con el sentido del humor que le faltaba a la primera, le contestó que “miau”.
De lagartijas y otros
Pero, bueno, decía que las variantes de therians –con su perdón— están entre nosotros desde hace muchísimo tiempo y no se limitan a perros y gatos.
Ya vimos que hay felinos depredadores. Pero también existen otros perseguidores de carne mucho más antiguos, quienes, para remarcar su masculinidad –que quizá solo ellos cuestionan–, suelen proclamar que “de lagartija para arriba, todo es cacería”. En su versión extrema, incluso caen en la zoofilia.
El psiquiatra Richard von Krafft-Ebing, considerado el inventor de la sexología, estudió esta manifestación, y el filósofo francés Michel Foucault la interpretó más modernamente en el contexto de la variabilidad de nuestros pánicos morales.
Pero quien está dando la más reciente lección magistral de cómo desenmascarar a los humanos que se creen fieras cuando están amparados en la cobardía del anonimato y del uso abusivo de la fuerza, pero se esconden como cucarachas cuando los obligan a mostrarse, es Gisèle Pelicot.
Como recordarán, esta ama de casa francesa fue sedada por su esposo y su carne fue ofrecida por este a decenas de hombres para que la consumieran como si se tratara de una “lagartija”. Pero ella exigió que su juicio fuese público para que “la vergüenza cambiara de bando”.
En nuestra propia fauna urbana, pues, encontramos gente que se siente gato, perro, jaguar, caballo, burro o algún otro animal desde mucho antes de que se hablara de los therians.
Y estos fenómenos relativos a las identidades y a los géneros –en este caso, a los géneros animales– tampoco se les pueden achacar a los ”progres”, los comunistas o las feministas, como hacen algunos que ya desaparecieron del mapa parlamentario.
Desde los tiempos más antiguos, las prácticas religiosas han asociado a sus divinidades con distintas especies: serpientes emplumadas, gatos, halcones, chacales, monos, elefantes, cocodrilos, peces o palomas. Y nadie consideró therians a sus feligreses.
Pero hoy, no solo hay humanos que quisieran ser animales, aunque ya lo son –nuevamente, con el perdón de los therians–, sino que varios se piensan como carros o motos. Quizá es porque sus propias voces no truenan lo suficiente y por eso escogen “rugir” mediante sus vehículos sin muflas o con estas modificadas. Y, de paso, agreden a oídos sensibles como los suyos y los míos.
En vez de horrorizarnos a conveniencia, deberíamos hacer el trabajo necesario para estudiar esta clase de manifestaciones como los síntomas y llamadas de atención que son acerca de cosas que andan muy mal en nuestras sociedades.
Termino aquí mi artículo, entonces, con la esperanza de que hagamos algo para volver a sentirnos bien con nuestras humanidades, aunque sean todas diferentes. Y con el deseo de que, en adelante, nos generen pánico social los insultos, la chabacanería, el acoso, las violaciones, los femicidios, las faltas de respeto a la libertad y a los derechos de cada persona, de modo que dejemos de ser culturas tan hipócritas.
Red X: @MafloEs
María Flórez-Estrada Pimentel es doctora en Estudios Sociales y Culturales, socióloga y comunicadora.
