Fernando Araya. 22 mayo, 2018

Las ideologías, sean seculares o religiosas, levantan altares donde mueren los inocentes. Camuflaje, carnaval de disfraces y de poses mediáticas. Desde todos los feudos de poder se promueve la vida como manipulación de los más débiles y reino de la mentira.

Es así como se genera la tiranía de la dialéctica amigo-enemigo, y se olvida que la paz nace cuando se abandonan los odios, las mezquindades, los fanatismos. Sea este el preámbulo para escribir sobre el Estado laico, aquel que existe con independencia de las religiones y es neutral respecto a ellas.

En el marco de la civilización occidental de raíces griegas, helenísticas y judeo-cristianas existe un amplísimo consenso cultural global favorecedor de la creación de un Estado laico en Costa Rica

Siguiendo el consejo de Bernard-Henri Levi —que sugiero instalar en la puerta de entrada de cada partido político y de cada iglesia—, liberémonos de todas las máscaras, preparémonos para innovar, cambiar las generaciones y descubrir nuevas posibilidades.

Reinvención política. Al rechazar la transformación del Estado costarricense en un Estado laico, las jerarquías de distintas confesiones religiosas, y sus aliados en los partidos políticos, cometen un grave error estratégico porque de ese modo se alejan de una parte considerable de la ciudadanía que apoya la laicidad del Estado y del gobierno, renuncian a liderar un proceso de cambio para el cual cuentan con suficientes razones para justificarlo y entregan la iniciativa política y social en favor del Estado laico a otros actores sociales portadores de narrativas ideológicas antirreligiosas y antipolíticas.

El error indicado y sus consecuencias deberían ser suficientes motivos como para que los dirigentes religiosos y políticos opuestos al Estado laico reconsideren su posición.

En corrientes políticas globales como la socialdemocracia, el socialcristianismo y el liberalismo, abundan las razones para justificar la laicidad del Estado, y en el ámbito religioso los principales líderes mundiales se han pronunciado a favor de ser independientes de toda organización o confesión religiosa o de toda religión exceptuando, por supuesto, los dirigentes vinculados a regímenes teocráticos.

Abandono. Conviene recordar que alguien igual o más religioso que muchos dirigentes políticos nacionales opuestos al Estado laico, me refiero al papa emérito Benedicto XVI, desde 1965 sostiene que el Estado confesional es un anacronismo histórico y jurídico; planteamiento que también defendió Juan Pablo II y hoy lo hace Francisco, coincidiendo con Benedicto XVI en proponer y defender la creación del Estado laico, considerado por los tres como un avance sustancial en materia de derechos humanos y una oportunidad para impulsar el reencuentro de las religiones entre sí y de ellas con la modernidad científica, tecnológica y humanista.

Los papas arribaron a la tesis de abandonar los Estados confesionales luego de que la modernidad había logrado avances sustanciales en ciencia, tecnología, humanismo, educación, régimen de libertades y derechos humanos.

Decir que los papas se equivocan en este punto o que su planteamiento obedece a las condiciones europeas, es un acto de soberbia y desconocimiento mayúsculo porque la modernidad cultural no es solo un fenómeno europeo, sino mundial.

Las glorias del futuro. Aferrarse a la tesis premoderna de la confesionalidad del Estado le da la espalda a la herencia de participación de las religiones en las más importantes transformaciones sociales del país.

Debe recordarse, por ejemplo, que las sensibilidades religiosas fueron clave en la creación del Estado de derecho y de la educación pública, en la promulgación del Código de Trabajo, en la creación del Seguro Social, en la aprobación del capítulo constitucional de las garantías sociales, en el nacimiento del movimiento solidarista, en el fortalecimiento de las organizaciones sindicales, en la eliminación del ejército, en la Asamblea Nacional Constituyente de 1949 y la creación de los fundamentos jurídicos de la democracia social y liberal características de la evolución del país desde 1950.

Hechos tan importantes como la creación de la Universidad para la Paz, el Plan Arias para la Paz y el liderazgo nacional en la pacificación de Centroamérica, contaron con el apoyo de acendradas sensibilidades religiosas.

Transitar desde la premodernidad del Estado confesional a la modernidad laica es un imperativo socioeconómico y ético, el cual solo ciertas cosmovisiones político-religiosas no son capaces de visualizar.

Los partidos políticos y las jerarquías religiosas deben tener presentes las glorias del ayer, inolvidables (no me refiero a glorias divinas, sino humanas, brutalmente humanas), mas no tanto como las glorias del futuro, y que el futuro se construye cuando esté enraizado en las coordenadas del presente.

Tradicionalismo y modernidad. Como dije al inicio de esta reflexión, corría el año 1965 cuando Joseph Ratzinger declaró que la religión como elemento jurídico del Estado es una circunstancia superada “por el curso de la historia”, y recurrir al Estado “desde Constantino, con su culminación en la Edad Media y en la España absolutista de la incipiente Edad Moderna, constituye una de las hipotecas más gravosas”.

Con los años, aquella declaración se profundizó. Benedicto XVI sostiene que diferenciar al Estado de la religión pertenece a la “estructura fundamental del cristianismo” y representa “un gran progreso de la humanidad”.

En el 2008, analizando la cultura estadounidense, Benedicto XVI afirmó que “el Estado debe ser laico”, y, en su visita a Francia, explicó que la religión no es “identificable con un Estado”. Estas ideas, en el caso de Benedicto XVI, obedecen a un conocimiento detallado de las vicisitudes de la historia, a una visión de conjunto de la situación contemporánea, y dan expresión a un intento peculiar por superar la ruptura entre la cristiandad y la modernidad.

Juan Pablo II, al igual que Benedicto XVI, propuso separar la religión del Estado y aconsejó no “volver a formas de Estado confesional”, puntualizando que “la no confesionalidad del Estado” propicia la cooperación y ayuda mutua entre las personas. Para Francisco, los Estados no deben “asumir como propia ninguna posición confesional”, y “un Estado debe ser laico. Los Estados confesionales terminan mal. Esto va contra la historia”.

Estas declaraciones de los papas coinciden con otras muchas provenientes de liderazgos políticos, científicos, humanistas y agnósticos del mundo. Puede afirmarse, sin temor a equivocarse, que en el marco de la civilización occidental de raíces griegas, helenísticas y judeo-cristianas existe un amplísimo consenso cultural global favorecedor de la creación de un Estado laico en Costa Rica.

El hogar común. Las declaraciones referidas sitúan en un dilema a quienes sostienen que el Estado laico es poco menos que un producto diabólico y que la confesionalidad del Estado costarricense forma parte del “plan de Dios”, como si conocieran en detalle la mente divina, sus contenidos y decisiones, y como si el dios del que hablan necesitara un texto, un protocolo, un poder, un discurso, un gesto o alguna otra minucia para existir.

En una sociedad de personas libres, desarrollada, abierta a la globalidad y socialmente inclusiva, que es el horizonte de realización histórica a la que aspiran los costarricenses, ninguna cosmovisión de mundo y de sociedad, sea religiosa o secular, debe pretender convertirse en única y obligatoria para todas las personas.

La condición plural de la vida humana es el rasgo estructural y fundacional de la historia. La diversidad es el hogar común de la vida compartida.

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El autor es escritor.