
El pasado 13 de abril, el presidente Donald Trump sorprendió a millones de cristianos en el mundo con una imagen producida con inteligencia artificial, en la cual aparecía vestido con un manto blanco, con cíngulo en la cintura y sanando a un enfermo, mientras en la lejanía se veían tropas celestiales e imágenes nacionalistas de Estados Unidos.
Inmediatamente, Trump fue acusado de haberse representado como Cristo y, aunque lo negó, su explicación de que aparentaba exponerse como médico no convenció a nadie. Al supuestamente mostrarse como el Mesías de los cristianos, el presidente pasó una línea que ningún otro político de su país había siquiera sugerido saltar en el pasado.
Por supuesto, la religión cristiana está presente en la historia política estadounidense desde su nacimiento como nación, pero hasta no hace mucho la división entre una y otra era motivo de orgullo civilista.
El muro
La generación que luchó por la independencia de las 13 colonias tenía claro que forjar un Estado moderno involucraba reservar la religión para el espacio privado.
En 1785, James Madison se opuso a una ley que pretendía poner un impuesto para subsidiar a maestros de religión, pues pensaba que eso sería un “abuso de poder”, porque la fe no debía imponerse por la fuerza y solo debía responder a la convicción y conciencia del individuo.
Un año después, Thomas Jefferson presentó su propuesta para establecer la libertad religiosa en Virginia, al indicar que ninguna persona debía ser obligada a frecuentar o apoyar cualquier culto religioso, pues todos los ciudadanos eran libres para profesar su fe, sin que eso afectara sus capacidades civiles.
En 1802, Jefferson, después de indicar que la religión era un asunto entre Dios y los seres humanos, que nadie debía rendir cuentas a otro por su credo y que a los poderes del gobierno solo debían competerles las acciones y no las opiniones, subrayó que debía existir un muro entre la Iglesia y el Estado.
Ciertamente, la religión continuó marcando los discursos de muchos políticos estadounidenses y de sus presidentes durante el final del siglo XIX e inicios del siglo XX, pero el muro divisorio siguió siendo la norma.
Durante su campaña electoral, el catolicismo de John F. Kennedy fue utilizado por sus opositores para quitarle votos, de manera que ministros protestantes como Billy Graham y Norman Vicent Peale levantaron cortinas de miedo al advertir sobre lo “peligroso” de que un católico fuera el inquilino de la Casa Blanca.
Al respecto, Kennedy dio una lección en un discurso que pronunció en 1860 frente a la Greater Houston Ministerial Association, al afirmar que la religión no debía ser un problema para discutir en una campaña electoral, porque al votante no le debía interesar en cuál iglesia creía él, sino en cuál Estados Unidos creía.
Unos pocos años después, al enfrentar a sus críticos que lo acusaban de incitar a la desobediencia civil, Martin Luther King, Jr. dejó muy claro que, en la lucha por la igualdad, el cristianismo tenía un papel central, pues decirse cristiano y apoyar la desigualdad racial era una contradicción absoluta.
Muchos pastores blancos del sur de Estados Unidos se oponían a King y se aliaron con organizaciones racistas para impedir que los derechos civiles fueran reconocidos por el Estado federal. Allí comenzó a agrietarse el muro.
Romper el muro
A finales de la década de 1970, los pastores evangélicos se percataron de que podían influir más directamente en la política si se aliaban con esa nueva derecha estadounidense.
Para los políticos ultra eso era una “bendición”, ya que los evangélicos tenían más poder e influencia que cualquier otra denominación protestante y eran dueños de canales de televisión, escuelas, colegios y editoriales.
Líderes evangélicos como Jerry Falwell y Pat Robertson pensaban que tenían la prominencia para dictar los términos de la alianza a los políticos y forzar al Partido Republicano a prestar atención a sus posturas sobre el aborto y los derechos de los homosexuales.
Al organizarse electoralmente, se autodenominaron la “Mayoría Moral” y sus demandas se convirtieron en agenda política durante las administraciones de Ronald Reagan.
Robertson creó la Coalición Cristiana (CC), desde la cual comenzó a afirmar que los cristianos blancos se habían convertido en una minoría perseguida políticamente.
En 1998, se creó el US Senate Values Action Team (VAT), una coalición de congresistas republicanos y líderes de la CC, cuya meta era presentar legislación conservadora ante el Congreso.
En noviembre de 1999, al ser interrogado en un debate entre precandidatos republicanos sobre el filósofo o pensador con quien más se identificaba, G.W. Bush respondió: “Cristo, porque transformó mi corazón”.
La administración Bush fue, hasta su momento, la más abiertamente evangélica de la historia de Estados Unidos: se nombró fiscal general a John Ashcroft, un pentecostal que contaba con un fuerte apoyo entre la derecha cristiana.
Condoleezza Rice, quien fue consejera de seguridad nacional en el primer mandato de Bush y secretaria de Estado en el segundo, daba charlas sobre su fe en iglesias evangélicas y dirigía servicios de oración.
El secretario de Educación, Rod Paige, alababa las escuelas cristianas y el personal de la Casa Blanca participaba en estudios bíblicos semanales o en reuniones de oración.
Bush promulgó la Ley de Aborto Parcial (2003), la primera medida federal que prohibió un procedimiento abortivo.
Asimismo, su gobierno promulgó la “Ley de víctimas no nacidas de la violencia” (2004), la cual establecía que cualquiera que causara lesiones al feto de una mujer embarazada estaría sujeto a penas adicionales a las impuestas por lesionar a la mujer.
Botar el muro
En el contexto de la crisis económica de 2008, apareció el Tea Party, compuesto de individuos que afirmaban que Barack Obama había nacido fuera de Estados Unidos y no reunía los requisitos para ser presidente, así como por quienes lo consideraban un socialista y quienes creían que era musulmán en secreto.
Muchos candidatos del Tea Party ganaron puestos electorales con el Partido Republicano en las elecciones de 2010 (por ejemplo, Marco Rubio).
Una adición notable a la plataforma del Partido Republicano de 2012 fue la inclusión del lenguaje contrario a la Agenda 21, una resolución de las Naciones Unidas (ONU) que promovía el crecimiento sostenible y que algunos activistas del Tea Party creían que representaba un complot de la ONU para subvertir la soberanía estadounidense.
Heredero de todo ese trayecto, después de 2016 Trump se convirtió en el líder que aglutinó los símbolos y palabras de todas las luchas de la extrema derecha estadounidense.
Su movimiento entonces ya incorporaba ideologías como el antiglobalismo, el conservadurismo nacional, el neonacionalismo y presentaba creencias antiliberales, autoritarias y, en ocasiones, autocráticas.
Pero ha sido en su segundo mandato cuando Trump ha utilizado con más insistencia la religión para acuerpar sus políticas más polémicas.
Eso sí, el affaire con respecto a la imagen citada al inicio de este artículo traspasó todos los límites en el uso del cristianismo en la política estadounidense, haciendo parecer que el muro del que hablaba Jefferson ahora es solo escombros.
david.diaz@ucr.ac.cr
David Díaz Arias es profesor catedrático de la Escuela de Historia de la Universidad de Costa Rica (UCR).
