Roberto Sasso.   14 junio

La incapacidad de desplazarnos por las carreteras de manera ágil y a bajo costo es uno de los motivos de mayor degradación de nuestra calidad de vida. Dependiendo de nuestro temperamento, algunos nos enojamos más, pero a todos nos molestan las presas, el humo, el ruido y la mala calidad del transporte público.

El número de automóviles se ha multiplicado por diez en los últimos 30 años, el de motocicletas aumentó en los últimos 10 y en la ciudad parecen mosquitos, incrementan el ruido y el humo de manera exponencial y mantienen lleno el Hospital del Trauma.

Existen muchas tecnologías para mejorar nuestra calidad de vida. Algunas se desarrollan a propósito; otras, parecieran ser accidentales. Por ejemplo, primero, las transferencias bancarias utilizando Sinpe y, ahora, las facturas electrónicas van a eliminar el trabajo de miles de motociclistas mensajeros. Una consecuencia no intencionada sobre la cual nadie está haciendo nada.

En Costa Rica hay pocas cosas tan fáciles como procrastinar

El nuevo gobierno está preocupado por la movilidad urbana. La ley para promover los vehículos eléctricos está funcionando, la primera dama trabaja en mejorar el transporte público con buses eléctricos (de hidrógeno), pago electrónico y la sectorización, e incluso mencionó el impulso al teletrabajo para reducir el congestionamiento vial.

Ninguno de estos proyectos son técnicamente complejos. Algunos son novedosos, como los vehículos eléctricos, y otros, como el pago electrónico y la sectorización, llevan décadas de intentos fallidos. El tremendo deterioro del transporte y de nuestra calidad de vida se ha producido debido a nuestra incapacidad para poner el interés del pasajero sobre los de empresarios y burócratas.

Muchos involucrados. Este problema involucra a numerosas instituciones: Autoridad Reguladora de los Servicios Públicos, Consejo de Transporte Público, Ministerio de Obras Públicas y Transporte, Banco de Costa Rica, Instituto Costarricense de Ferrocarriles, Refinadora Costarricense de Petróleo, Instituto Costarricense de Electricidad, Ministerio de Trabajo, y se me deben escapar algunos.

Obviamente, la complejidad de un proyecto crece proporcionalmente al número de instituciones involucradas. La resistencia al cambio institucional no es malintencionado ni irracional; es lo que es, y debe ser lidiado de manera sensata y racional. Deben evitarse a toda costa las consecuencias no intencionales, debe planearse con cuidado y determinar los efectos previstos y anunciados con tiempo. Pero, sobre todo, debe dar énfasis al beneficio del usuario.

La sectorización, si se plantea aislada, sin el pago electrónico, es difícil para el pasajero entender cómo le beneficiará. Habrá menos buses entrando al centro de la ciudad, menos humo y menos ruido. El tránsito será más fluido, pero para muchos implicará un transbordo que actualmente no hacen. Pero al unirse con el pago electrónico, los beneficios son numerosos y fáciles de explicar. Por ejemplo, tarifas preferenciales (u otros beneficios, como wifi gratis) para clientes frecuentes, tarifa plana por un periodo determinado en horas no pico, etc.

Los intereses comerciales también abundan, desde los bancos que desean participar en el negocio del pago electrónico y los empresarios autobuseros, quienes han logrado descarrilar esfuerzos por décadas. También hay intereses creados en los vendedores de vehículos y de repuestos (los autos eléctricos demandan menos repuestos), vendedores de cargadores eléctricos y, ¿por qué no?, de paneles solares. También se me escapan intereses no obvios, sobre todo porque en el país insistimos en no pensar en las consecuencias de los vehículos eléctricos autónomos.

Para complicar las cosas, el gobierno solo tiene cuatro años y sus detractores saben que basta con atrasar para imponer sus intereses por encima del bien común. En Costa Rica hay pocas cosas tan fáciles como procrastinar.

El reto no es pequeño, no solo porque poner en operación proyectos multiinstitucionales es intrínsecamente difícil, sino también porque el mundo sigue cambiando a una velocidad cada vez mayor. Si no le prestamos atención a los vehículos autónomos, la Internet de las cosas y la inteligencia artificial, en cuatro años habremos resuelto un problema equivocado.

En cuatro años, las nuevas tecnologías podrían haber transformado el mercado mundial del transporte, y nosotros, preocupados por resolver problemas resueltos por otros hace décadas (como el pago electrónico), bien podríamos no estar preparados para adoptar las nuevas tecnologías, las cuales sin duda traerán cambios profundos, no solo en la eficiencia del transporte, sino también, y más importante, en la reducción drástica de los accidentes viales.

Optimismo. Hay muchos motivos para ser optimistas. Dirigir el problema del transporte desde la Casa Presidencial es un buen augurio. Asignar el mejor personal joven y capacitado y organizar el conjunto de proyectos en un programa coherente, dirigido con las normas y estándares de dirección de planes propios de cualquier organización seria, son una necesidad reconocida, que debe ser fondeada de alguna manera razonable en un lapso muy corto. Atrasos al arranque es la mejor manera de dar ventaja a los detractores.

Las tecnologías para el tren interurbano, la sectorización de buses y el pago electrónico y el teletrabajo son todas tecnologías bien conocidas y usadas en cientos de ciudades alrededor del mundo. Es imperativo resistir la costumbre de inventar el agua tibia aduciendo posibles ahorros a costa de las fechas de entrega (si lo hacemos en casa, es más barato, aunque tome más tiempo). Se debe comprar y adaptar algo ya hecho, efectuar todas las compras de la manera más transparente posible (Mer-Link mejorado con facilidad de uso) y, sobre todo, mantener el sentido de urgencia.

Desde mi punto de vista, producirá resultados más inmediatos el teletrabajo. Claro está, es mucho más complicado que simplemente decirle a la gente “trabaje desde su casa un par de días a la semana”.

Debe reglamentarse, aprender a medir el desempeño por producción en vez de por presencia física y debemos contar todos (no solo los más pudientes) con anchos de banda de primer mundo. Con buenos anchos de banda se puede masificar el uso de la videoconferencia, con tarifas locales que no consumen ancho de banda del cable submarino (lo cual representa el 90 % del costo del servicio de Internet).

Así, por ejemplo, un jefe que supervisa 20 trabajadores, podría tener 20 videoconferencias abiertas siempre en su pantalla. Desperdiciar bits por segundo es mucho mejor que gastar litros de gasolina por metro. Esto podría empezar a funcionar casi de inmediato, mientras se aprende a ser eficientes con los bits por segundo y a medir el desempeño por productividad; eso es, más que número de procesos efectuados, número de clientes satisfechos.

La sectorización y el pago electrónico también pueden empezar a ponerse en práctica muy rápido. Se necesita una dirección del proyecto que, en coordinación con todas las partes involucradas, defina los estándares técnicos, establezca los procesos de homologación de equipos, reglamente la implementación y escoja a los participantes que iniciarán la ejecución paulatinamente.

La operación completa en todo el país tomará tiempo. Pero, como todo, con el 20 % del esfuerzo se beneficiará al 80 % de los usuarios.

El autor es ingeniero, presidente del Club de Investigación Tecnológica y organizador del TEDxPuraVida.