
Vivimos un tiempo que se nos presenta como inevitable; como un destino en el que gran parte de la humanidad parece condenada solo a viajar de pasajera o, peor aún, a no ser nada más que espectadora. Todo parece avanzar con una trayectoria que no admite pausa: la tecnología se expande y los discursos sobre innovación se multiplican como mantras sin alternativa visible.
Sin embargo, no podemos aceptar esa narrativa sin detenernos a pensar. Porque cada transformación ocurre en un contexto social determinado, y ese contexto está marcado por profundas desigualdades, por intereses predominantes y por un sistema que, en muchos sentidos, no ha logrado responder a las necesidades de las mayorías.
Desde Costa Rica, esta reflexión adquiere un matiz particular. Como país, hemos construido buena parte de nuestra identidad sobre la educación y la cultura; es decir, sobre el talento. Aquí, la creatividad ha florecido en múltiples expresiones: en la literatura que nos interpela, en la poesía que nos nombra, en las artes plásticas que reinterpretan nuestra realidad, en las artes dramáticas que cuestionan nuestras certezas y en la música que acompaña nuestras luchas y celebraciones. Esa riqueza no es casual: es el resultado de una tradición que, hasta hace no mucho tiempo, entendía la cultura como un bien público y como un espacio esencial para la vida democrática.
Por supuesto, los procesos que estamos experimentando en el país y en el mundo no son neutros. Están atravesados por relaciones de poder, por estructuras económicas y por decisiones políticas –y geopolíticas– que muchas veces no responden al interés colectivo. Pensar que los cambios actuales son simplemente avances inevitables es, en el mejor de los casos, ingenuo; en el peor, peligroso. Porque detrás de cada transformación hay una lógica que responde a intereses concretos.
En un país como el nuestro, donde la literatura, la poesía, las artes visuales, el teatro y la música han sido vehículos de identidad y crítica social, el riesgo de homogenización cultural no es menor. Tampoco lo es el de la precarización de la creatividad. ¿Qué sucede cuando los procesos creativos comienzan a depender de lógicas externas, muchas veces ajenas a nuestras realidades? ¿Cómo preservamos la diversidad, la voz propia, la memoria colectiva? Estas no son preguntas menores: son el centro del debate.
Creo profundamente que la cultura no puede quedar subordinada a las fuerzas del mercado ni a la rentabilidad inmediata. La cultura es un espacio de resistencia, de memoria y de construcción de sentido. Es donde una sociedad se piensa a sí misma, donde se cuestiona y donde imagina futuros posibles y divergentes. Cuando ese espacio se debilita, no solo pierde la cultura: pierde la democracia.
La cultura no debe ser licuada por la tecnología y la inteligencia artificial. Además, no podemos perder de vista que el acceso a las herramientas tecnológicas, al conocimiento y a las oportunidades sigue siendo profundamente desigual. Mientras algunos sectores cuentan con condiciones privilegiadas para crear, difundir y participar, otros permanecen al margen, reproduciendo una brecha que no es solo tecnológica, sino estructural. En ese sentido, hablar de transformación sin hablar de disparidad es ignorar el problema de fondo.
Pero también veo una posibilidad distinta. Una posibilidad que depende de nosotras, de nuestras decisiones colectivas. Si somos capaces de fortalecer la educación, de impulsar políticas públicas inclusivas y de garantizar condiciones equitativas para la creación y la participación cultural a todo nivel, en cada estrato social y comunitario, podemos abrir caminos hacia una sociedad más justa y más lúcida.
En este punto, la responsabilidad es ineludible. No podemos delegar el futuro de la cultura en manos de unos pocos. Menos aún, en manos de nadie. Necesitamos discutir, participar, intervenir. Porque lo que está en juego es la forma en que narramos nuestras historias, forjamos pensamiento crítico y construimos comunidad.
No creo en soluciones automáticas ni en caminos predeterminados. Creo en la política, en la deliberación y en la capacidad de decidir colectivamente. Y en esa decisión, la cultura debe ocupar un lugar central. Porque sin cultura crítica, sin mentes libres, sin diversidad de voces, no hay democracia posible.
Hoy más que nunca, siento que estamos frente a una encrucijada. En Costa Rica –con su tradición intelectual, su riqueza artística y su vocación democrática– no debemos ceder el rol protagónico en nuestro destino común. Y en esa decisión, quiero situarme del lado de quienes creen que la cultura –en todas sus manifestaciones– es un patrimonio vivo que debe protegerse, fortalecerse y democratizarse. Porque el futuro no está escrito de antemano: se construye, conjuntamente, desde la palabra, la creatividad, el arte, la memoria y las decisiones que tomamos hoy.
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Abril Gordienko López es diputada electa para el periodo 2026-2030.