Tal vez sea verdad que la historia rima, pero el drama económico que se desarrolla en los Estados Unidos desafía la razón histórica. Cuando los tecnócratas de la Reserva Federal estadounidense están en conflicto con una presidencia inexperta y caprichosa, las herramientas macroeconómicas convencionales pierden su utilidad.
En el pasado, cada vez que Estados Unidos enfrentó turbulencias económicas graves, el gobierno respondió con políticas macroeconómicas tendientes a reducir la incertidumbre, restablecer la confianza, estabilizar los mercados y reactivar la inversión y el consumo. Así fue tras la debacle financiera de 2008 y la crisis de la covid-19 en 2020. Si la quiebra del Silicon Valley Bank en 2023 no se convirtió en una crisis más amplia, fue precisamente por la veloz intervención del gobierno.
Pero estas crisis fueron en gran medida producto de factores exógenos: los excesos de un sector financiero mal regulado (2008) y el evento extraordinario de una pandemia (2020). En cambio, los padecimientos actuales de la economía estadounidense son consecuencia directa de las acciones del presidente, que se ha convertido en el factor más desestabilizador de la economía. En este contexto, los instrumentos de política tradicionales (refinados con la experiencia de varias décadas de gestión económica) no son adecuados.
Hasta fines del año pasado, la economía estadounidense crecía a buen ritmo. Además, tras la victoria de Donald Trump en la elección presidencial de noviembre, las bolsas y el dólar se dispararon, movidos por el interés de los inversores en aprovechar las rebajas impositivas y desregulaciones prometidas por el presidente. Al parecer, los mercados confiaban en que Trump priorizaría la economía, y que sus promesas disruptivas más extremas no eran sino bravatas de campaña.
Las cosas no salieron así. Desde la asunción de Trump, el 20 de enero, el atributo definitorio de la formulación de políticas estadounidense ha sido la volatilidad. El mejor ejemplo de esto fue el 2 de abril, cuando Trump anunció un régimen general de aranceles “recíprocos”, que imponía gravámenes altísimos a los países que tuvieran superávit comercial con los Estados Unidos. Casi de inmediato, las bolsas se desplomaron, los rendimientos de los bonos se dispararon y el dólar se depreció.
Antes de que pasaran 24 horas desde la entrada en vigor de la medida, Trump anunció una “pausa” por 90 días para dar tiempo a negociar nuevos acuerdos comerciales más favorables a Estados Unidos. Pero pensar que la administración Trump podrá cerrar tantos acuerdos comerciales en un plazo tan ajustado es ilusorio, en el mejor de los casos. Trump dice que reactivará los aranceles a cualquier país que no se avenga a las condiciones de Estados Unidos, pero no hay modo de saber qué ocurrirá cuando se cumpla el plazo, lo cual está a las puertas de suceder.
La imprevisibilidad de Trump va mucho más allá del comercio. En el área de la política internacional, Trump proclamó aspiraciones estrambóticas de soberanía estadounidense sobre Canadá, Groenlandia y el canal de Panamá. También revirtió la postura de Estados Unidos (y trastornó la unidad transatlántica) en lo referente a la guerra en Ucrania: reprendió duramente al presidente ucraniano Volodímir Zelenski en la Oficina Oval y se alineó con Rusia en la votación de resoluciones de las Naciones Unidas sobre Ucrania.
En el nivel local, el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) de Trump, que hasta hace pocas semanas dirigía Elon Musk, llevó adelante una purga generalizada de funcionarios públicos, que trastornó la burocracia federal sin conseguir más que un mínimo ahorro presupuestario. Más alarmante es el hecho de que Trump pidió a la Corte Suprema permiso para destituir a los directores de organismos independientes, de modo tal de eliminar obstáculos legales contra la destitución del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, una medida que debilitaría la independencia del banco central y generaría un grave menoscabo a la confianza internacional en el dólar.
Para Trump, la imprevisibilidad y el descaro son elementos esenciales de cualquier negociación (y de hecho, del liderazgo). El problema, por supuesto, es que la confianza de los inversores se basa en las expectativas. La incertidumbre sobre el futuro ya ha provocado una marcada depreciación simultánea de las acciones, los bonos y el dólar.
Pero lo más preocupante es que al ser la incertidumbre trumpiana endógena, nada pueden hacer contra esta las medidas macroeconómicas. Ninguna reducción de tipos de interés o inyección fiscal puede neutralizar el caos que emana de la Oficina Oval. Incluso si medidas fiscales o monetarias trajeran tranquilidad temporal a los mercados, puede ocurrir que Trump lo interprete como una licencia para insistir en sus políticas comerciales agresivas y en sus ataques a las instituciones.
Por eso, la Fed no debe tratar de compensar con medidas agresivas la volatilidad inducida por Trump. Está claro que hay límites a lo que puede hacer, por más que lo intente: puede imprimir dinero para restaurar la liquidez, pero no puede imprimir credibilidad institucional. Los inversores de todo el mundo ya están exigiendo primas más altas para cubrirse contra el riesgo político. Pero ahora mismo, cualquier medida de estabilización (por limitada que sea) puede sembrar las semillas de una mayor inestabilidad futura.
Haga lo que haga la Fed, es casi seguro que el caos trumpiano continuará. Al fin y al cabo, Trump regresó a la Casa Blanca con refuerzos: un equipo de aduladores dispuestos a poner en práctica cualquier medida extrema que ordene. Si esto sigue así, podemos esperar postergación de inversiones empresariales, menos gasto de los hogares y que los inversores globales incorporen en forma permanente una “prima de riesgo Trump” en las cotizaciones de los activos estadounidenses, todo lo cual erosionará los cimientos de dinamismo y resiliencia de la economía de los Estados Unidos.
Esto tiene importantes implicaciones para la segunda economía del mundo. A pesar de la suspensión de aranceles recíprocos contra otras economías con superávit comercial con Estados Unidos, Trump mantuvo (y luego aumentó) los aranceles a los productos chinos. Ahora es más importante que nunca que China estimule la demanda interna: además de estabilizar su economía, puede ayudar a mejorar las relaciones económicas con sus otros socios comerciales, muchos de los cuales temen que los aranceles de Trump provoquen un desvío de exportaciones hacia sus mercados.
Felizmente, las autoridades chinas parecen muy conscientes de lo que está en juego. En su “informe de trabajo” de marzo pasado, el Gobierno chino fijó como principal tarea para este 2025 la “ampliación integral de la demanda interna”. Y con un Trump más impredecible de lo esperado, es probable que China redoble sus esfuerzos en pos de este objetivo.
Qiyuan Xu es investigador superior y subdirector del Instituto de Economía y Política Mundiales en la Academia China de Ciencias Sociales. Traducción: Esteban FlaminiCopyright: Project Syndicate, 2025.
