He hablado sobre esto en otras oportunidades y, sospecho, voy a volver a hacerlo. Simplemente porque es uno de los temas de mi vida. La correspondencia ético-estética, bueno-bello, que la cultura occidental ha establecido desde tiempos de Platón. La ética (severa, universal) rige las formas de la conducta humana. Permite la convivencia más o menos pacífica de los hombres, arrancados a su “estado de natura” (Hobbes). La ética vigila el acatamiento a las formas morales. La estética (hedonista, individual) rige la armonía, la plenitud, la belleza de las formas sensibles.
Pero ¿no cabe decir que la ética es una estética del gesto moral, como la estética es una ética de la forma sensible? Cuando alguien dice “hiciste una muy bella acción”, o “hiciste una muy fea acción”, ¿no está transvalorando las axiologías ética y estética? Y, a contrario sensu, cuando alguien dice “esa es una mala pieza” o “esta novela es aberrante”, ¿no está transvalorando las axiologías estética y ética? ¿Habrá que concluir, con Platón, que belleza y virtud son la misma cosa?
Es precisamente lo que sostiene Wittgenstein: “Lo bello y lo bueno son una y la misma cosa”. Así pues, ética: orden del gesto moral; estética: orden de la forma sensible. Si hemos de adscribir a Platón, el quiasmo no pervierte en lo absoluto la relación simétrica y cruzada de las dos categorías: estética: orden “moral” de la forma sensible; ética: orden “estético” del gesto moral.
Las formas artísticas (sonoridades, palabras, trazos, volúmenes) armonizarían o no según un sistema de reglas que no es sino una transposición, al plano lúdico, de la ética. Los gestos morales (perdonar, agradecer, comprender, absolver) armonizan o no según un sistema de reglas que no es sino una transposición, al plano ético, de la estética. La palabra clave, en ambos casos, parece ser “armonía”, que es un concepto tan ético como estético.
Kierkegaard ha creado una escisión innecesaria entre las esferas estética y ética de la vida. El Homo aestheticus viviría en el abandono hedonista al placer, al capricho de los sentidos, refocilándose con la materia y su festín de sensaciones: aromas, colores, texturas, sabores… un perfecto sibarita, en suma. Pero muy por el contrario, ponderando los conceptos que he expuesto en el párrafo anterior, yo creo que el Homo aestheticus es ya, de suyo, un Homo ethicus.
Su apetito por la belleza física se extrapolará, inevitablemente, a la belleza moral. De ahí a la experiencia religiosa, que también es, a su manera, una forma del éxtasis estético, hay tan solo un paso. Sin la vivencia honda de lo bello, lo ético y lo religioso quedan vacíos, desustanciados, meras abstracciones.
Rousseau. La antropología avant la lettre — porque no de otra cosa se trata— de Rousseau (“el hombre nace bueno, si luego deviene corrupto ello es por culpa de la sociedad); podría transponerse al plano estético: el hombre nace sediento de belleza, aspira naturalmente a Mozart, a la danza, al lenguaje, a la poesía presimbólica de la chora materna (Kristeva), si luego se degrada estéticamente y aprende a aspirar a lo feo, lo vulgar, lo encanallado, ello es por culpa de la sociedad.
Por cierto, cuando Rousseau se refiere “al hombre”, ese que “nace libre pero por doquier están en cadenas”, no es el mito “del buen salvaje” el que debemos evocar. El cavernícola naturalmente generoso y compasivo que, en lugar de darle un mazazo en la cabeza al jefe de la tribu rival corre a socorrerlo cuando está en aprietos. Esa es una grotesca caricatura del planteamiento de Rousseau; es fácil “refutar” a un autor cuando se adultera su pensamiento.
El “hombre” de Rousseau no es el Cro-Magnon que caza mamuts y colecciona los cráneos de sus enemigos, sino el anthropos, un ser que debe ser considerado desde una perspectiva antropológica. La visión de Rousseau del hombre es esencialista, y no hay nada de malo en ello (el esencialismo no es cosa que esté de moda: buen síntoma, que lo propio de las modas ha sido, desde siempre, ser efímeras y equivocarse).
Creo en el rousseaunismo tal cual lo he extrapolado —de manera legítima, me parece— del plano ético al estético. ¿Qué decir de la inmensa mayoría de hombres que consumen bazofia artística, los que, como el perro de Le flacon, de Baudelaire, se erizan y le ladran a la más exquisita fragancia, pero se regalan en palanganas de excremento, esos que chapucean en la ignorancia porque ignoran todo lo que ignoran? Pues que son abortos de seres humanos. Potencia que nunca cuajó en acto (Aristóteles). El niño que Saint-Exupéry describe en la última imagen de Terre des hommes, el príncipe, el aristócrata del espíritu, el Mozart potencial destinado a ser triturado por la maquinaria productiva, por la incultura, por la falta de oportunidades. Arbolitos bonsáis. Los piecitos atrozmente miniaturizados de las geishas.
Apetito basura. Alas cortadas, horizontes cerrados, voces silenciadas, capacidades nunca desarrolladas, vocaciones profundas —en el sentido etimológico de la palabra: “llamados”— a las que debieron renunciar para cumplir dócilmente con sus papeles de tuercas, poleas y pistones en el siniestro engranaje social.
Seres humanos que lo tenían todo para vivir en la aspiración de la belleza, pero la sociedad creó calculadamente en ellos una demanda, un apetito por la basura, para así dedicarse, de manera inimaginablemente rentable, a satisfacerla.
Sí, el niño de rostro puro, nobilísimo, aplastado casi por los cuerpos de los obreros que vuelven del trabajo, en el último vagón del tren; el rostro en el que Saint-Exupéry cree reconocer los rasgos de Mozart: “Lo más trágico de esto no lo van a solucionar las sopas populares: lo más trágico de esto es ver, en cada uno de estos niños, a Mozart asesinado”. Y como bien dice el autor de Le petit prince, no es el individuo, sino la especie humana toda ella la que se ve aquí lesionada.
El juicio estético, el juicio ético: alguna vez confluyeron en la noción de kalokagathía: para los griegos del siglo de Pericles, la belleza física que también revelaba la bondad, la excelencia moral.
En mi íntimo, personalísimo sentir, donde hay belleza —¡pero atención: esta tiene que ser verdadera!— no puede haber nada malo. Belleza, virtud y verdad constituyen los tres términos de una ecuación perfecta. Lo bello es tal por cuanto justo y verdadero. Lo justo es tal por cuanto bello y verdadero. Lo verdadero es tal por cuanto bello y justo. Hemos de ser prudentes, sin embargo, en nuestra percepción de la belleza: el mundo — ese que, según Rousseau ha corrompido nuestra moral— ha hecho otro tanto como nuestra sensibilidad estética.
Quien gusta de lo vil, lo zafio, lo vulgar, tampoco podrá identificar lo que es moralmente bello. Y, de nuevo, la sociedad ha creado en nosotros, sabia, metódicamente, el gusto por el excremento. En las dimensiones ética como estética de la vida, hemos de buscar lo excelso, no lo que el vulgum pecus aplaude y consume.
El autor es pianista y escritor.