Siempre se discute, en un momento como el actual en el que se está conformando el gabinete del próximo gobierno de la República, qué cualidades debería tener una persona llamada al servicio público, especialmente cuando se le confían los más altos cargos de un país.
Resulta claro que no basta con la formación académica, la experiencia administrativa o la inteligencia –aunque todo ello sea necesario–. Se requiere, además, una combinación menos visible pero decisiva: sensibilidad social, humildad intelectual, vocación genuina de servicio, capacidad de escucha y una comprensión profunda de que el poder no es un privilegio, sino una responsabilidad.
No son muchas las personas que logran reunir esas condiciones. Y menos aún quienes las sostienen a lo largo de toda una vida.
La doctora María del Rocío Sáenz Madrigal fue, sin duda, una de ellas. No lo digo desde mi posición de alumno, compañero de trabajo o amigo.
Rocío no solo cumplía con esas cualidades: las encarnaba. Su historia no comienza en los cargos que ocupó, sino en su formación humana: en su familia, sus vivencias de infancia y juventud, en su formación universitaria en México –que le aportó una sensibilidad social amplia, latinoamericana– y en su posterior trabajo en las comunidades rurales de Costa Rica, donde aprendió lo que ningún posgrado puede enseñar: que la salud pública se construye en el territorio, al lado de la gente, escuchando, comprendiendo, acompañando.
Ahí, en esos espacios a menudo invisibles, forjó una manera de entender la salud que luego conduciría a los más altos niveles de toma de decisiones.
Por ello, era muy fácil encontrar en ella un don de gentes y una sensibilidad pocas veces vista en alguien que ocupó los más altos cargos de la salud pública costarricense: fue la primera mujer en ocupar el puesto de ministra de Salud y la Presidencia Ejecutiva de la Caja Costarricense de Seguro Social.
Reducir su legado a ese dato –aunque históricamente relevante– sería injusto. Porque Rocío no fue importante solo por los cargos que ocupó, sino por la forma en que los ejerció.
Entendió la política como lo que debería ser –y pocas veces lo es–: un instrumento para construir bienestar colectivo mediante la política pública. No como un espacio de protagonismo personal, sino como una herramienta para transformar realidades. De todo ello podemos encontrar testimonio en su obra autobiográfica, donde destaca el título Mujer de palabra. Porque para Rocío, decir palabra era decir hecho, realidad.
Por eso, quizá, una de las frases que mejor sintetiza su vida aparece en su libro. Se refiere a una ocasión en la que, trabajando en la sierra tarahumara mexicana, atendió a un niño de brazo agonizante cuya madre esperaba en la puerta de su casa. Rocío, contrariada, le preguntó a la madre: “¿Por qué no tocó la puerta? Respuesta: ‘Puerta cerrada’. ¿Por qué no vino antes? De nuevo: ‘Puerta cerrada’”. Por eso, decidió, como propósito de vida, que, a las personas necesitadas, “puertas cerradas, no más… por Dios, no más”. No era una consigna retórica. Era una forma de vivir.
Y Rocío fue, en el sentido más literal, una mujer de puertas abiertas. Para sus colaboradores, sus estudiantes, sus colegas y para quienes buscaban orientación. Pero, sobre todo, puertas abiertas a las ideas, al diálogo y a la construcción colectiva. Escuchaba y lo hacía de verdad. No como gesto protocolario, sino como ejercicio intelectual y ético.
Tenía, además, una virtud poco común: la conciencia de que, aunque era una de las personas más conocedoras de la salud pública en Costa Rica y Latinoamérica, no lo sabía todo. Y que precisamente por eso debía consultar, escuchar, debatir, aprender. Esa humildad –profundamente ligada a su identidad– no era debilidad, sino fortaleza.
Porque Rocío fue, probablemente, una de las mujeres más sabias que la salud pública costarricense ha tenido.
Sabia no solo por su enorme conocimiento, sino por cómo lo utilizaba. Por su capacidad de integrar niveles: lo comunitario y lo institucional, lo técnico y lo político, lo nacional y lo internacional. Haber ejercido tanto el Ministerio de Salud como la Presidencia Ejecutiva de la CCSS le otorgó una visión excepcionalmente completa del sistema. Pero, más importante aún, la había construido desde dentro, desde la práctica, desde la experiencia acumulada en múltiples espacios y redes de colaboración a lo largo de los años.
Era, además, intelectualmente inquieta. Permanentemente estudiosa. Siempre en busca de respuestas a preguntas magistralmente formuladas: una maestra de la mayéutica.
En tiempos en que el servicio público enfrenta cuestionamientos –a menudo justificados–, recordar a figuras como Rocío Sáenz no es un ejercicio de nostalgia, sino de orientación y referencia.
Porque en su vida hay, quizá, una lección urgente: que sí es posible ejercer el poder con ética, apertura, rigor técnico y compromiso social. Que sí es posible hacer política entendiendo que su propósito es servir. Y que los sistemas de salud –tan complejos, tan tensionados– requieren no solo capacidad técnica, sino también humanidad.
Rocío lo entendió. Y lo practicó. Por eso, siempre fue una mujer de mente abierta, con puertas y brazos abiertos.
juan.romero.zuniga@una.ac.cr
Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.
