Aun cuando no pretenda emitir juicios sobre su tiempo, es deber del escritor-narrador dejar testimonio de aquello que la historia oficial seguramente va a ignorar.
Su poder es la capacidad –siempre que la tenga– de entregar al presente y al futuro, sin estridencias panfletarias, evidencias certeras y profundas de lo que es la existencia humana, no solo la de los héroes de su cultura, la de las estrellas del momento o la de los poderosos, sino también la de quienes son como todos, aquellos que a veces son llamados despectivamente “los de a pie”.
Atenas, madrugada del Jueves Santo. Un niño despierta: “Padre, tenemos que comer algo. Nos suenan las tripas”. El hombre le dice que saldrá al amanecer y, sin saber cómo la cumplirá, le hace la promesa de volver pronto a servirle el desayuno. El niño se calma; más tarde, el padre parte y a lo largo del día recorre las calles de la ciudad en procura infructuosa de algunos euros; no es sino al filo de la medianoche que ve la puerta abierta de una iglesia y entra para encontrarse con varias mujeres y una niña que preparan –ya es Viernes Santo– el Epitafio al lado de la Cruz.
La pequeña le ruega: “¿Podría ponerle la corona a nuestro Señor? Está muy alto y no llegamos”. Él se sube en una silla y pone la corona de espinas sobre la cabeza de Jesucristo. La corona es estrecha, tiene que empujarla y las espinas se le clavan en las manos. Cuando se vuelve hacia las mujeres a pedirles algo para llevarle de comer a su hijo, ellas ven sangre en las manos del verdugo y huyen despavoridas.
La aurora lo descubre desfallecido al pie de la cruz, y en la casa el niño duerme, todavía en ayunas, con la cabeza posada sobre la mesa. (Síntesis de un relato del libro Algo va a pasar, ya lo verás, del escritor Christos Ikonomou, declarado por los críticos el Faulkner de Grecia).
Con una prosa magistral, bella y sencilla, Ikonomou nos sumerge en las angustiosas catacumbas de la Grecia urbana actual, la del desempleo agobiante, la miseria y la desesperanza, y las voces de sus personajes nos arrastran en un torrente de reflexiones sobre el desmoronamiento de una sociedad bajo el peso de la injusticia, sobre la venalidad de los políticos y sobre el heroísmo de los desheredados que se aferran a los últimos jirones de una dignidad cuyo aliento nos es imposible de identificar, a menos que pensemos en la capacidad de resistencia de ese pueblo que se las ha arreglado para seguir siendo milenario. Aquí tenemos una lección de arte, mesura y pertinencia..
Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.