Thelmo Vargas. 10 febrero

Él trabajó por las noches cargando bananos en algún puerto de Jamaica. Cuando se asomaba la aurora, solo quería irse para la casa (Daylight come and me wan’ go home) a tomar un merecido descanso. Su ocupación no requería hablar bien el inglés, solo demandaba fuerza bruta y disciplina. Era un tanto peligrosa. Con frecuencia, en los racimos que cargaba –algunos de 6, 7 y hasta 8 pies de alto– aparecía una peligrosa araña (A beautiful bunch o’ripe bananas / hide the deadly black tarantula).

Pero bien valía la pena, pues su empleo le daba para el sustento diario y hasta le sirvió para ahorrar algún dinero. Según dice, logró ahorrar $500, los que –como no confiaba en las entidades financieras, quizá por considerarlas un tanto riesgosas– guardaba celosamente en el colchón, debajo de la almohada. No se dio cuenta de que al proceder así asumía un riesgo mayor.

El salario mensual de un soldado es menos de $15, lo cual, según reconocen ellos mismos, no alcanza para cubrir el costo de dos días de comida para una familia de cuatro miembros

En efecto, un día de tantos, su amiga Matilda –que a la postre tenía unos 40 años de edad– descubrió donde tenía la buchaca, tomó el dinero y se fue para Venezuela (Matilda she take me money and run Venezuela). Pero no le bastó, pues también le cachó y vendió su gato y su caballo. El dinero ahorrado era para comprar un terreno y una casita (Well, the money was to buy me house an’lan’).

Semejante experiencia demolió a nuestro personaje jamaiquino, cuya historia, a ritmo de calipso, tan bellamente relató su coterráneo Harry Belafonte. Optó por no volver a amar jamás (Well, me friends, never to love again). Y no se cansaba de repetir Oom, ba-locka-chimba!, cuyo significado preciso no conozco, pero imagino cuál debe ser.

El paraíso. Matilda escogió Venezuela que, en su tiempo, antes de que un par de personajes de apellidos Chávez y Maduro experimentaran con lo que llamaron el socialismo del siglo XXI, era una nación próspera.

Matilda debe haber invertido lo que le quitó a su amigo en títulos expresados en moneda local, cuyo nombre no sé cuál era. Lo que sí recuerdo es que en un tiempo se llamó bolívar, más adelante bolívar fuerte y, después de una reforma monetaria que consistió en quitarle cinco ceros a los billetes, pasó a llamarse bolívar soberano, nombre que al presidente Maduro debe haberle sugerido un pajarito.

Según informa el Banco Central de Venezuela en su sitio web, “el bolívar soberano promoverá el sentido patrio y la valoración de la moneda, en el contexto del Programa de Recuperación Económica”. Como el papel aguanta lo que le pongan –y una página virtual también– el bolívar soberano comenzó a circular el 20 de agosto del 2018, y lo de soberano solo ha servido para aumentar la vergüenza ajena al oír el sermón que da Maduro de tiempo en tiempo a un grupo de serviles.

La soberanía bolivariana llevó a una hiperinflación (que actualmente ronda los 2 millones % y que tiende a subir) que hizo que los billetes no valieran nada y vuelen por las calles y avenidas de Venezuela sin que la gente se tome el costo de perseguirlos.

El salario mensual de un soldado es menos de $15, lo cual, según reconocen ellos mismos, no alcanza para cubrir el costo de dos días de comida para una familia de cuatro miembros. El de otras ocupaciones es más bajo aún. La economía venezolana se ha reducido en un 60 % desde que Maduro subió al poder. La pobreza (o miseria) ha crecido a niveles inaceptables en el mundo civilizado.

Va de nuevo. También a Matilda se le esfumó su riqueza. Entonces decidió regresar a su tierra natal, Jamaica, y buscar a su amigo de otrora, a quien ni siquiera le había escrito por varias décadas. Hasta el ritmo local, por alguna extraña razón, había trocado por el tango.

Cuando lo encontró en una casita cerca del bananal, le dijo humilde: “Si me perdonas, el tiempo viejo otra vez vendrá / la primera de nuestra vida, verás que todo nos sonreirá”. Un tanto extrañado, y con “pena de recordarle su felonía y su crueldad”, solo pudo responderle: “Mentira, mentira... las horas que pasan ya no vuelven más”.

También, dijo para sí: “Tuve miedo de aquel espectro, que fue locura en mi juventud”. Pero, un instante después, tomó un espejo, se miró y llegó a la conclusión de que “había en (su) frente tantos inviernos, que también ella tuvo piedad”.

Entonces decidió dar la bienvenida a Matilda cantando alegremente: Matilda with no money come back Venezuelaaaaa!

El autor es economista.