Eduardo Ulibarri. 6 junio

A una semana de su anuncio, huelga insistir en el efecto demoledor que tendría la imposición de aranceles a México si no frena el flujo migratorio hacia Estados Unidos. Más allá del impacto en la integridad de los migrantes, en las economías de ambos y en sus relaciones políticas, la represalia de Donald Trump será otro golpe contra el derecho internacional y el sistema comercial basado en reglas.

Pero podría ser peor. Si la amenaza se concreta, y pareciera que sí, surge otra inquietud: ¿Seguirá hacia el sur? Es decir, como la mayoría de esos migrantes —para Trump, “invasores” apestados, narcotraficantes y delincuentes— son familias que huyen de la violencia y postración en Guatemala, Honduras y El Salvador, ¿penalizará también a estos países y con qué efectos en Centroamérica?

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Los presagios no son buenos. Hace un año, el vicepresidente Mike Pence dijo a los tres presidentes que la migración desde el Triángulo Norte amenazaba la soberanía y seguridad de Estados Unidos, y les advirtió: “Este éxodo debe terminar”. En abril, por su falta de acción, Trump decidió cortarles alrededor de $450 millones de ayuda para el desarrollo. ¿Seguirá con presiones comerciales? ¿Y de qué índole: aranceles contra sus exportaciones o la exigencia de renegociar el tratado de libre comercio Centroamérica–Estados Unidos? La primera opción sería mala para todos —cualquier cosa que debilite a los vecinos nos afectará—; la segunda, catastrófica, sobre todo, para Costa Rica, el mayor exportador y receptor de inversión de Estados Unidos en el Istmo.

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Que nuestras relaciones bilaterales sean muy buenas no es una vacuna. Las de Canadá eran mejores y más importantes, y no se libraron de aranceles al acero y la renegociación del Nafta. De todos modos, debemos hacer lo posible por protegerlas y, a la vez, profundizarlas, más allá del Ejecutivo, a sectores del Congreso, el empresariado, la academia y los medios estadounidenses. Pero no basta. Es necesario, al menos, reforzar nexos más orgánicos y sólidos, como los existentes con la Unión Europea; buscar otros, como la Alianza del Pacífico, y explorar oportunidades comerciales más diversas desde los tratados que, dichosamente, hemos suscrito desde hace 25 años. Las nubes se acumulan. No descartemos otra tormenta.

Twitter: @eduardoulibarr1

El autor es periodista.