No cabe en esta columna el argumento histórico-lingüístico que demuestre un parentesco entre las palabras europeas Black, y valak o válaco. Al oído se puede adivinar que sus significados son cercanos y, por asociación, ocurrírsenos que existe la misma relación entre el nombre de Valaquia, antiguo principado y país que hoy forma parte de Rumania, y el de la mítica Nigricia inventada por un gran poeta americano. En efecto, los nórdicos veían en los válacos, por causa del color moreno de su piel, una estirpe de ”negros”. Estos detalles –tan vez rebatibles aunque según pude comprobarlo in situ son aceptados por los actuales rumanos– vienen al caso ahora cuando en las noticias del día aparece el intento de linchamiento del que fueron víctimas, en Irlanda del Norte, más de un centenar de inmigrantes rumanos. Estos trabajadores balcánicos de piel aceitunada –probablemente válacos–, tras tener que buscar la protección de la iglesia y de la policía para evitar que los non-blacks de Belfast los mataran, comenzaron a preparar su regreso a Rumania.
Dudo que sirva de algo la declaración de la alcaldesa de Belfast en el sentido de que el comportamiento de sus coterráneos es inaceptable. El racismo subyace en el alma de Europa y, al igual que en otros continentes, no pierde la oportunidad de manifestarse. Un vídeo tomado recientemente en Italia por las cámaras de seguridad de una estación ferroviaria, mostraba que ningún italiano se detuvo a prestarle auxilio a un músico rumano, derribado por una bala perdida, que agonizaba en brazos de su implorante esposa. Y los mismos rumanos obligados a huir de Belfast estarán recordando ahora el racismo del que los llamados dacorromanos de su país han hecho víctima, durante siglos, a la población roma o gitana.
En cuanto a nosotros, nunca se sabe. Un día de estos, mi casillero electrónico fue contaminado por un inaceptable texto, a mi juicio saturado de racismo y, además, torpemente versificado, que me llegó al pie de una fotografía en la que aparecen juntos dos destacados indígenas americanos: Rigoberta Menchú y Evo Morales. El remitente creyó hacer un chiste divertido, pero el tufo de su mensaje era detestable. En vez de indignarme –todo lo podre hiede– lo devolví recordando que el racista es como la zarigüeya, que por mucho que lo intente nunca puede esconder la cola, y advirtiendo que, en adelante, todo lo que venga de la misma dirección será desechado como “spam” o correo basura. Desde luego, sin hacerme ilusiones, pues estoy seguro de que mi respuesta caerá tan en saco roto como lo dicho por la noble alcaldesa de Belfast.