Dijo bien don Leonardo Garnier en su artículo “¿Quién decidió que el rosado es para niñas y el celeste para niños?” (Opinión, 24/09/2026): no hay razón para que se asigne un color de ropa a las niñas y otro color a los niños. Todo depende de las culturas y las modas, y pueden intercambiarse los colores o emplear otros (verde, azul...). Los colores carecen de sexo; sin embargo, convendría ampliar el enfoque.
No existen “colores sexuales”, pero siempre hay señales sexuales o sexuadas: el largo del cabello, la forma de una prenda de vestir, la presencia de pulseras, el tipo de lentes, etcétera. También hay señales que revelan la edad, la ocupación (uniformes, vestidos de baile), el estado civil o el país de origen. Estas señales nos informan sobre cómo tratar a las personas que exhiben aquellas señales. Todos, siempre, emitimos señales.
Unas de esas señales son los colores de la ropa; así, las sotanas son negras, los uniformes de los bomberos son amarillos y los trajes de combate son moteados. Lo mismo vale para los sexos: en general, el sexo A lleva el color X, y el sexo B lleva el color Z (o, lo que es igual, “no lleva el color Z o el X”). También hay colores comunes, como el blanco. Los colores pueden intercambiarse, pero siempre habrá colores propios de los sexos.
¿Por qué es así? Porque todas las sociedades diferencian de muchas formas los dos sexos, y una forma es la apariencia: por los peinados, los tipos de prendas, los colores de la ropa, etcétera. Los hombres y las mujeres nunca se visten igual. Podemos comprobarlo viendo dibujos de la antigua China o del antiguo Egipto, la cerámica precolombina, y también fotos de las sociedades “primitivas” actuales, que muestran el uso sexuado de los brazaletes.
Durante la “revolución cultural” china, los guardias rojos, fanáticos de la igualdad, vestían del mismo color azul, pero las mujeres llevaban el cabello largo. Algunas personas que se identifican con el sexo opuesto también exhiben ropa, maquillajes u otras señales que revelan su autopercepción.
En suma, no hay cómo escaparse de la exhibición de grupo (sexual, etario, profesional, nacional, etcétera). Por tanto, siempre habrá colores asignados y vetados a mujeres o a hombres (quizá más vetados a hombres). Todo esto no es bueno ni malo, y es inútil luchar para eliminarlos: si uniformásemos los colores, aparecerían otras señales propias de un sexo o del otro.

Juguetes distintos
En cuanto a los juguetes, mencionados por don Leonardo, un mito supone que las niñas y los niños prefieren naturalmente los mismos juguetes, pero que las sociedades les imponen juguetes distintos. No obstante, el proceso es el contrario: las niñas y los niños prefieren juguetes diferentes, y las sociedades (padres, escuelas, vendedores) les ofrecen los que naturalmente prefieren. Existen juguetes comunes, como ciertas bolas, y también juegos de mesa.
Por supuesto, hay influencias: las niñas pequeñas copian los juegos de las mayores, y lo mismo ocurre con los niños y sus mayores. Empero, las niñas y los niños que no frecuentan a otros menores prefieren juguetes distintos antes de compartir juegos. Simplificando, diríamos que los niños gustarán de los carritos y las niñas preferirán las muñecas, aunque todavía no tengan carritos ni muñecas. La explicación es biológica.
Los chimpancés y ciertos monos revelan aficiones similares a las de los humanos. Cuando se los ofrecen, los machos juegan con carritos y las hembras con muñecas, si bien las hembras prestan un poco de atención a los carritos. La explicación de estas diferencias es hormonal: los machos generan más testosterona, la hormona creadora de una energía que suscita más actividad, curiosidad, lucha y afán de dominio. No es la “hormona de la agresividad”, como mal se dice, sino de la energía. Cuando los bomberos atienden un incendio, generan más testosterona, pero no agreden a nadie.
Las hormonas más características de las hembras orientan a conductas opuestas, hacia el cuidado y los acuerdos. Así pues, en los niños y los primates machos, la mayor energía se dirige a los dinámicos carritos y a juguetes semejantes. En las niñas y los primates hembras, la menor energía y el instinto de cuidado conducen a las apacibles muñecas. Hay excepciones, pero no cambian la generalidad.
Por supuesto, los primates machos no entienden qué representa un carrito, pero los aparatos y las piezas les suscitan curiosidad, y las muñecas los aburren. Los chimpancés y los humanos nos separamos hace unos seis millones de años, de modo que ciertas preferencias, como las mencionadas, derivan de un antepasado común más antiguo.
Para más informaciones sobre el dimorfismo sexual cerebral, pueden consultarse los libros El cerebro femenino y El cerebro masculino, de la neurobióloga Louann Brizendine. Asimismo, recomendamos leer el capítulo XI del libro Diferentes, del primatólogo Frans de Waal, y acceder en YouTube al video Conferencia sobre feminismo y las diferencias entre sexos, de la filósofa darwinista Helena Cronin.
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Víctor Hurtado Oviedo es ensayista.