Si es niña, vuelan globos rosados. Si es niño, celestes. Las “revelaciones de género” están de gran moda, en parte por la facilidad que hoy tienen las parejas para saber si su bebé será niño o niña y, en parte, por el retorno político de la “familia tradicional”. Pero, ¿por qué celeste y rosado como identificadores binarios de género?
Si miramos a otras culturas y otras épocas, descubriremos que nunca hubo tal asociación de colores para distinguir niños de niñas. De hecho, era más frecuente la asociación de lo femenino con el celeste y del rosado con lo masculino. Que hoy sea al revés no hace más que evidenciar que los colores no tienen un significado masculino o femenino “natural”: las sociedades lo asignan y también las sociedades lo pueden cambiar.
En Occidente, hasta bien entrado el siglo XIX, los infantes llevaban vestidos blancos. Era práctico: permitía blanquear las prendas mediante lavado intenso –especialmente importante con los bebés– y facilitaba a las familias reutilizar la misma ropa con sus distintos hijos o hijas.
La distinción cromática se produjo mucho más tarde, recién a mediados del siglo XX, justo después de la Segunda Guerra Mundial. Establecer desde muy temprano una diferenciación simbólica binaria entre niñas y niños fue parte de una transformación mucho más amplia que buscaba reconstruir y consolidar socialmente la diferencia entre hombres y mujeres, entre la masculinidad y la femineidad, que se relativizó durante el conflicto. En esos años, muchas mujeres ocuparon puestos en áreas tradicionalmente masculinas, desde fábricas y empresas hasta los deportes.
Con el regreso de los soldados, era hora de que volvieran a casa. Había que retornar a “la normalidad” y eso significaba regresar a los roles binarios tradicionales: una masculinidad asociada con el mundo del trabajo “productivo”, con tener ingreso, ser proveedor y, claro, con ejercer la autoridad. La femineidad, por el contrario, se asocia con ser la responsable del hogar, con la maternidad y el cuido, la belleza, no tener un ingreso propio y, por supuesto, sumisión y obediencia.
La distinción temprana no se quedó en la ropa, resultando en productos infantiles diseñados para reproducir estereotipos de género. Habitaciones distintas, muebles distintos, decoraciones distintas y, claro, juguetes distintos: activos, estimulantes, dinámicos para ellos; muñecas, coches, casitas y Barbies para ellas. La diferenciación cultural servía, además, a una lógica mercantil: permitía crear mercados específicos y vender más productos, en vez de ofrecer productos neutros, que pudieran compartirse y heredarse.
Por eso, tras la apariencia inofensiva de los globos de colores, hay mucho más que un simple anuncio: ¡será niño!, ¡será niña! Más que describir a ese bebé, el rosado y el celeste le asignan un lugar preestablecido en una construcción social que define, en forma binaria, cómo deberá comportarse y a qué puede aspirar en la vida.
Los colores son el símbolo, pero tenemos que ir más allá de los colores y cuestionar los estereotipos que representan. Si los colores pueden cambiar –hoy Messi juega de rosado–, que cambie también lo que representan. Tal vez así lleguemos incluso a entender que hay más de dos colores.
leonardogarnier@gmail.com
Leonardo Garnier ha sido profesor e investigador de la Universidad de Costa Rica (UCR) y de la Universidad Nacional (UNA), ministro de Planificación Nacional y Política Económica (1994-1998), ministro de Educación Pública (2006-2014) y asesor especial del secretario general de las Naciones Unidas para la Cumbre por la Transformación de la Educación (2022-2023).
