
Un político se viste de mesías usando IA, un influenciador de ultraderecha dice que las mujeres no deberíamos votar, una estudiante universitaria sugiere que las feministas que asistimos a la marcha del 8M somos muy feas para haber sido acosadas, el gobierno asigna $70 millones a una dudosa plataforma de aprendizaje en uno de los momentos más críticos de la educación, más de 62 millones de hombres entraron en el último mes a un sitio web que enseña cómo drogar a su pareja para violarla.
Internet está sobrepoblado de motivos para sentirnos asqueados, rabiosos e indignados. Ese enojo es absolutamente sensato y comprensible. Sin embargo, la indignación se ha convertido en una nueva forma de parálisis y de ser controlados por provocadores.
Un duelo detrás la ira
Oxford University Press escogió “rage bait” (como decir “carnada de ira”) como la “palabra” del año en 2025 y la define como el “contenido en línea deliberadamente diseñado para provocar enojo o indignación al ser frustrante, provocador u ofensivo, publicado típicamente con el fin de aumentar el tráfico hacia una página web o la interacción con un contenido en redes sociales”.
Crear rabia en los usuarios es una táctica de manipulación emocional que ha mostrado ser tremendamente efectiva. Nos vinculamos con los contenidos que nos exasperan, damos clics y hacemos comentarios, sin saber que somos los rehenes obedientes de odiosas estrategias de marketing.
Leo comentarios en línea de personas completamente descompuestas por lo que el presidente suele hacer, con su estilo matón, en conferencia de prensa. Me pregunto si estas personas pueden ver que este es justamente su objetivo: desatar pasiones y crear una idea inventada de “ellos” (los chavistas) contra “nosotros” (las personas críticas de su mandato).
Quejarnos en línea nos da satisfacciones peligrosas. Por un lado, nos creemos mejores. Sí, pensamos que señalar esas degeneraciones y charlatanerías nos sitúa en un mejor lugar moral. Nos diferencia de los insensibles, de los desinformados, de los “apolíticos”, lo cual no dudo que sea un cumplido. Sin embargo, nos da la falsa creencia de que eso es suficiente, que hemos hecho nuestra parte, que hemos intentado “educar” a gritos a un modesto grupo de convencidos; que solo los necios han preferido no escuchar.
Por otro lado, hay que decirlo: nos tiene abastecidos de cortisol, adrenalina y endorfinas. El “rage bait” es efectivo porque el enojo tiene propiedades adictivas. La ira dispara la respuesta de lucha y eso libera hormonas y sustancias que alivian el dolor, incluyendo opioides endógenos.

Algunos metaanálisis sobre tratamientos psicológicos destacan que el enojo, en contextos experimentales, puede aumentar la tolerancia al dolor, aunque a costa de efectos negativos en la salud mental.
Tal vez ese apetito por buscar la próxima indignación revele algo más profundo: nuestra incapacidad para atrevernos a sentirnos dolidos por lo que perdimos, por el mundo que ya no está. Las reglas han cambiado: tenemos líderes sin ninguna decencia y sin consecuencias al respecto; hay una alzada fascista que amenaza derechos que pensamos que nadie podría arrebatarnos; la gente hace declaraciones dañinas en redes sociales todo el tiempo y, a veces, la gente que tendría que amarnos abusa de nosotros. El dolor es un biombo contra la tristeza.
Lo cierto es que está bien sentirnos desolados por lo que está pasando en el mundo.
Salir del juego
La libertad de expresión es un valor fundamental y entiendo la importancia de criticar a quien queramos, muy especialmente a nuestros gobernantes. Considero esto un ejercicio democrático, en especial en una administración que ha atacado a la prensa y coartado la libertad de expresión.
Mi énfasis aquí es el secuestro emocional que significa reaccionar indignados sin tomar ninguna otra acción: sin donar a las causas que nos apelan, sin vincularnos a movimientos sociales, sin ser ejemplo cuando la ocasión lo amerita.
Nuestra atención es nuestro bien más preciado y lo hipotecamos cada vez que seguimos de manera acrítica los desvaríos inmorales de políticos, influenciadores y criminales (en todas sus combinaciones).
Querer invertir nuestro tiempo en despotricar contra una estudiante universitaria que sostiene que las mujeres feas no deberían marchar contra el acoso es no invertirlo en algo más. El tiempo es finito. No dudo de que, en ocasiones, puede ser importante evitar que estos discursos lleguen a personas más impresionables, pero si esto es lo único que nos atrevemos a hacer, es del todo insuficiente.
A veces surgen discusiones sobre cómo el intentar ignorar a ciertos políticos por sus declaraciones incendiarias, contraintuitivamente, desembocó en el crecimiento de su capital político. Creo que esta es una explicación muy rudimentaria de cómo llegaron al poder.
Al contrario, es evidente que hay un esfuerzo en usar nuestra indignación como una estrategia de distracción frente a controversias que ellos no quieren enfrentar. Y que hay demasiados influenciadores que están llevando al absurdo sus discursos con tal de aumentar su número de seguidores.
Si queremos dejar de seguir el juego de los provocadores, debemos recuperar nuestra atención, mantenernos ecuánimes e invertir nuestro tiempo en aquello que más impacte. Y sí, necesitamos atrevernos a responder de otras maneras, empezando por aceptar que este es el mundo en el que vivimos hoy. Tal vez ese sea el primer paso para cambiarlo.
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Andrea Vásquez R. es comunicadora social especializada en Inclusión y Equidad.