B, con quien coincidí, hace medio siglo, en un instituto extranjero de investigación, me escribió años después para pedirme, sin estar obligado, permiso para utilizar en un artículo científico unos datos experimentales tomados de la que había sido mi bitácora de laboratorio.
En aquellas bitácoras teníamos que consignar, como si de ello dependiera el futuro del universo, todo lo que hacíamos en el laboratorio, incluidas nimiedades desechables como las que mi antiguo colega quería rescatar. Le respondí que usara los datos, puesto que le pertenecían al instituto, pero que, siendo tan irrelevantes, no tenía que citarme en el artículo. Volvió a la carga diciéndome que, por ética, tenía que hacerlo, y sentenció: “Tendrás que aceptar la relevancia de tu irrelevancia”.
Eso, no solo me advirtió sobre la inmaterialidad de las huellas que uno deja en el mundo y sobre la desconfianza que debe inspirarnos lo que escriben algunos biógrafos demasiado lisonjeros, sino que también lo tengo presente cuando me preparo para escribir esta columna semanal. Tómese, pues, la de hoy como un inane reporte experimental que comenzará por la conclusión, que es esta: en ocasiones, la inconsistencia se manifiesta bajo el disfraz de la cortesía.
Hoy, aun a riesgo de perderme el Supertazón, iré a votar después de una campaña cuya relevancia, espero, no haga juego con la irreverencia del circo de barrio montado en los debates entre candidatos. Hasta hace unas horas, este químico era parte del grupo de los que nada apetecían del menú, para algunos el peor que haya ofrecido la Segunda República; pero, azuzado por la presión de numerosos compatriotas que invocaron el voto informado, el deber cívico, la suerte de la patria, la participación responsable y muchas beatitudes, decidí intentar el experimento de abrirme las… urnas cuatro días antes, realizar mi selección y divulgarla en una de las redes sociales. “¿Por qué mi voto tendría que ser más secreto que el de ese vecino mío que, desde hace meses, tiene colgada en su ventana una ostentosa bandera?”, me dije. Todo iba saliendo bien, pero algunos trovadores del civismo criticaron, con acre cortesía, que el mío no fuera a ser un voto “uniformado” con el de ellos. En fin, es un gran alivio saber que Facebook vino a abolir los zafarranchos callejeros.
duranayanegui@gmail.com
El autor es químico.